El turismo de la casta global y la economía del cementerio
23 de octubre de 2026
Mientras Milei pasea por Madrid promoviendo su experimento de ajuste, la economía argentina se hunde en una recesión histórica. Con la industria y la construcción desmanteladas, despidos masivos y el consumo popular en mínimos de subsistencia, el gobierno consolida un modelo de saqueo colonial donde la paz macroeconómica es la paz del cementerio.
La postal es tan grotesca que exime de mayores metáforas: mientras Javier Milei despliega su histrionismo en los escenarios de la ultraderecha europea y se codea con el empresariado transnacional en Madrid, el territorio que dice gobernar se hunde en una parálisis productiva que ya no encuentra piso. La disociación entre la agenda personal del mandatario —consagrado a su autopromoción como cruzado de un anarcocapitalismo de exportación— y la agonía cotidiana de la sociedad argentina no es una simple distracción de gestión: es la confirmación más palmaria de que el proyecto oficial concibe al país como una colonia prescindible, cuyo único destino es proveer excedentes financieros y activos estratégicos al capital concentrado.
Detrás de las fanfarrias libertarias y los premios de utilería cosechados en el exterior, los indicadores de la economía real argentina siguen cayendo en picada. No se trata del «enfriamiento transitorio» que pregonan los escribas del Palacio de Hacienda ni de las turbulencias previas a un rebote en «V» que jamás llegó: lo que está en marcha es la demolición programada del mercado interno, el estrangulamiento de la industria nacional y una transferencia regresiva de recursos que desangra a la clase trabajadora para alimentar la bicicleta financiera.
Industria y construcción: la demolición del trabajo nacional
El colapso de los sectores medulares de la producción y el empleo exhibe registros que retrotraen al país a sus peores crisis contemporáneas. El Estimador Mensual de Actividad Económica (EMAE) ratifica mes a mes una contracción que no encuentra freno, traccionada por el derrumbe coordinado de la industria manufacturera y la industria de la construcción.
En las fábricas, las suspensiones, la reducción de turnos y los despidos directos dejaron de ser amenazas para convertirse en la norma. Con caídas interanuales de dos dígitos en ramas esenciales como la metalmecánica, la textil, la automotriz y la producción de insumos para la vivienda, la capacidad instalada ociosa perfora techos históricos. Las pymes no solo enfrentan el desplome vertical de las ventas por la pulverización de los salarios, sino la asfixia complementaria provocada por la desregulación de las tarifas energéticas y la apertura indiscriminada de importaciones, un combo diseñado para liquidar al capital nacional en beneficio de los monopolios comercializadores.
En la construcción, el cuadro es directamente de tierra arrasada. La decisión dogmática y criminal de paralizar la totalidad de la obra pública nacional no significó «eliminar la corrupción», sino condenar a más de cien mil obreros a la desocupación y frenar de cuajo la infraestructura sanitaria, vial, energética y educativa de todas las provincias. La venta de cemento, hierro y materiales básicos permanece estancada en niveles de catástrofe, arrastrando a corralones, fletes y economías regionales enteras. El gobierno convirtió a uno de los sectores más dinámicos y multiplicadores del trabajo argentino en un páramo de hormigón abandonado.
La asfixia del consumo y la mesa vacía
La contracara ineludible de la destrucción del empleo y la licuación de ingresos es la agonía del consumo masivo. Los informes de ventas minoristas de la CAME y las planillas de facturación de supermercados y mayoristas confirman que las familias argentinas ya no resignan consumos suntuarios: están suprimiendo comidas elementales y recortando la compra de medicamentos recetados.
El orden macroeconómico del que se jacta el oficialismo es la paz de los cementerios. La desaceleración inflacionaria que festeja el coro mediático no es el fruto de un plan de estabilización virtuoso ni del aumento de la productividad, sino el subproducto siniestro de la recesión terminal. Los precios dejan de subir a la velocidad demencial de los primeros meses de gestión simplemente porque nadie tiene un peso en el bolsillo para validar los aumentos en el mostrador.
En las barriadas populares y en las clases medias pauperizadas, la subsistencia se sostiene mediante la liquidación de pequeños ahorros y un endeudamiento desesperado a través de billeteras virtuales y tarjetas de crédito, utilizado casi exclusivamente para comprar fideos, leche y remedios. El consumo de carne vacuna cayó a pisos que no se registraban desde hace más de un siglo, mientras la industria lechera ve desplomarse sus ventas internas. En la Argentina que produce alimentos para cientos de millones de personas en el mundo, el hambre de sus propios hijos se convirtió en la variable de ajuste fiscal.
El drenaje externo y la ilusión del rebote
Frente a este descalabro socioeconómico, el libreto oficial solo atina a exhibir el espejismo de los números financieros y la supuesta lluvia de inversiones que traería el Régimen de Incentivo para Grandes Inversiones (RIGI). Sin embargo, la contradicción es flagrante: el modelo libertario no atrae capital productivo para generar riqueza soberana; atrae capitales buitre para saquear enclaves de recursos naturales sin valor agregado, sin compre nacional y con libertad absoluta para fugar divisas al exterior sin dejar un centavo en las arcas del Estado.
El comercio exterior tampoco ofrece un salvavidas a la actividad interna. Si la balanza comercial arroja saldos positivos en determinados meses, no es por una explosión exportadora de manufacturas de origen industrial, sino por el derrumbe estrepitoso de las importaciones que demanda la producción local y por la liquidación de materias primas sin procesar. La Argentina se reprimariza a pasos agigantados, consolidando un esquema extractivista donde sobran dos tercios de la población.
El presidente viaja por las capitales occidentales para ofrecer a la patria como laboratorio de un experimento ultraliberal, mientras en el territorio nacional se multiplican las persianas bajas, las ollas populares vacías y las colas de trabajadores en busca de una changa informal. La realidad no se tapa con tuits afiebrados ni con discursos mesiánicos en cumbres foráneas. La fractura social que este modelo está incubando acumula tensiones que ninguna planilla de Excel podrá contener cuando el pueblo decida romper el cerco de la resignación y vuelva a ganar la calle.


