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El dibujo del despojo y la obscenidad colonial


26 de septiembre de 2026

Detrás del maquillaje estadístico del INDEC y la trampa del 14,8% en servicios esenciales, la pobreza real en la Argentina perfora el 60%. Mientras el pueblo se endeuda para comer bajo un modelo de saqueo y despojo colonial, Milei festeja en Wall Street que “los dólares salen por las orejas”. La miseria planificada no es un error de cálculo: es la condición necesaria para la opulencia foránea.

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La difusión de las estadísticas oficiales sobre la pobreza en la Argentina suele ser tratada por el coro mediático y la dirigencia tradicional como un parte meteorológico: una fatalidad inevitable que se computa en frías planillas, se lamenta con impostada conmoción en los paneles televisivos y se diluye rápidamente en la vorágine anestesiante del consumo digital. Sin embargo, detrás del maquillaje técnico con el que el Instituto Nacional de Estadística y Censos (INDEC) intenta amortiguar el impacto del desastre, lo que queda a la intemperie no es un traspié coyuntural ni un "costo transitorio de la estabilización", sino la radiografía deliberada de un modelo de saqueo colonial planificado para transferir ingresos de las mayorías hacia las corporaciones del privilegio.

Incluso con las cifras edulcoradas que arroja el termómetro oficial -que reconocen un salto de cuatro puntos porcentuales en apenas un semestre, arrojando a más de dos millones de compatriotas bajo la línea de flotación en un período de pretendida “paz cambiaria” e inflación a la baja-, el relato oficial cruje por sus propios términos. La falacia es insostenible: no existe orden macroeconómico posible cuando la caída del consumo, la destrucción del tejido productivo, el cierre masivo de pequeñas empresas y la precarización salvaje pulverizan el poder de compra popular. El plan de ajuste no estabiliza nada; simplemente ejecuta la demolición programada de las condiciones materiales de existencia de la clase trabajadora argentina.

 

Ficciones estadísticas

La contradicción entre la estadística institucional y la experiencia cotidiana de nuestro pueblo desnuda una manipulación metodológica que encubre la verdadera dimensión de la catástrofe social. El economista Rodolfo Treber fue categórico al desarmar la trampa contable que sostiene el relato del Palacio de Hacienda: “El INDEC muestra que hubo un aumento feroz de la pobreza, pero el índice considera que el 14% del gasto corresponde a educación, transporte, alquiler, electricidad, agua, gas y combustible. Se toma el 14,8% para esos servicios esenciales cuando la propia Encuesta Nacional de Hogares demuestra que el gasto real es de casi el 30% como mínimo. Si hoy medimos la pobreza considerando que el 30% de los ingresos se gasta en alquiler, infraestructura y transporte, nos daría que la pobreza real está por encima del 60% de la población argentina”.

La manipulación del termómetro salta a la vista en cualquier rincón del país. Mientras el INDEC asegura que una familia tipo requiere algo más de un millón y medio de pesos para no caer en la pobreza, sus propios registros de distribución del ingreso admiten que el salario promedio de los ocupados se ubica en torno a 1.100.000 pesos y que más del 50% de la población percibe ingresos mensuales por debajo del millón. El abismo entre lo que se necesita para vivir y lo que efectivamente se cobra no es una brecha técnica: es una condena al endeudamiento cotidiano para comprar alimentos.

Semejante dibujo contable no resiste el contraste con la realidad material de las familias trabajadoras. En una Argentina donde se desreguló de cuajo el mercado inmobiliario, donde se eliminaron los subsidios a la energía, se arrasó con los beneficios de las zonas frías y las tarifas de gas, luz y agua treparon a niveles confiscatorios, ningún hogar destina apenas un 14,8% de sus recursos a guarecerse y trasladarse. En las barriadas y en las grandes urbes, los costos fijos de la vivienda y los servicios absorben holgadamente entre el 40% y el 50% de cualquier ingreso formal o informal. Asumir el cálculo oficial es convalidar una ficción que solo sirve para que el gobierno festeje metas fiscales ficticias ante los auditores del Fondo Monetario Internacional, mientras el pueblo hace malabares en el mostrador del almacén.

A esta distorsión se suma la farsa del índice de precios al consumidor. Tal como advierte Treber, “están tocando permanentemente el índice de inflación, porque si tuviéramos las cifras reales que vemos en la calle, el ingreso promedio alcanzaría para que la pobreza no se dispare; pero como el poder adquisitivo se desploma mes a mes frente a los aumentos continuos de combustibles y servicios, el arrastre a precios destruye el salario y disfraza una realidad: el modelo de saqueo colonial de Milei y Caputo está dejando heridas profundas con aumento de marginalidad e indigencia”. El combustible vuelve a aumentar en los surtidores, encareciendo fletes y alimentos de primera necesidad, pero la estadística oficial seguirá exhibiendo números mágicos para anestesiar el conflicto social.

 

“Dólares por las orejas”: la obscenidad en Wall Street

La violencia material de estos números adquiere un carácter directamente criminal cuando se la contrasta con las declaraciones del presidente de la Nación en el extranjero. Mientras millones de familias argentinas suprimen comidas diarias y hacen colas interminables en comedores comunitarios desabastecidos por el propio Estado, Javier Milei se presentó en Wall Street para celebrar ante banqueros y especuladores globales que a la Argentina "le salen los dólares por las orejas".

La frase no es un desborde retórico aislado: es la confesión más descarnada de la naturaleza del régimen. A la timba financiera, a los fondos buitre extranjeros, a los bancos tributarios de la deuda y a las multinacionales extractivistas que operan en los enclaves coloniales efectivamente les rebosan las divisas. Les rebosan los dólares generados por la bicicleta del carry trade, por las tasas de interés usurarias, por las leyes de blanqueo hechas a medida de evasores y lavadores de activos, y por la garantía de libre remisión de utilidades hacia las casas matrices.

No hay escasez de recursos en la Argentina; lo que hay es un drenaje colonial milimétricamente organizado. La miseria de las mayorías es la condición biológica y necesaria para que esa minoría parasitaria acumule ganancias obscenas. Como demuestran los informes sobre el imperio de los milmillonarios a nivel global, la riqueza no se crea mágicamente en el vacío: la acumulación desmedida en la cúspide de la pirámide es la contracara exacta de la desposesión de las mayorías populares. Cada dólar que se fuga a los paraísos fiscales o que engrosa las carteras de inversión en Nueva York se descuenta directamente de los medicamentos de los jubilados, de los presupuestos universitarios y del plato de comida de las infancias en nuestro territorio.

 

La miseria planificada como arquitectura colonial

La miseria en nuestra tierra no es una fatalidad inevitable, ni el error de cálculo de un elenco gubernamental improvisado, ni una deuda pendiente de la democracia representativa. Es un dispositivo disciplinador. Hundir a un pueblo en la precariedad absoluta, empujarlo a la informalidad laboral sin derechos, obligarlo a endeudarse para pagar la comida diaria y fragmentar sus lazos colectivos mediante la alienación de las pantallas busca un objetivo eminentemente político: quebrar la dignidad nacional y clausurar cualquier expectativa de rebeldía organizada.

El poder económico no necesita convencer a las mayorías populares de las bondades del libre mercado; le basta con sumergirlas en el agotamiento cotidiano de la supervivencia para que no puedan articular una respuesta política. La resignación es la herramienta de dominación más barata que tiene el coloniaje.

Aceptar que más de la mitad de la patria esté condenada a la pobreza estructural para que un puñado de corporaciones foráneas y sus capataces locales festejen en Wall Street es una capitulación moral y política inaceptable. El debate de fondo no se agota en discutir las décimas adulteradas de un índice del INDEC ni en mendigar partidas asistenciales en los pasillos de una administración colonial.

Frente a la obscenidad de un país inmensamente rico que engorda monopolios mientras condena a sus hijos al hambre, la tarea ineludible del movimiento popular es llamar a las cosas por su nombre: lo que enfrentamos es un modelo de saqueo integral y despojo de la soberanía. A ese plan sistemático no se lo contiene con estadísticas de salón ni con la especulación de la rosca electoral; se lo enfrenta reconstruyendo la fuerza material, la claridad ideológica y la organización comunitaria capaz de recuperar el control sobre nuestros recursos, nuestro trabajo y el destino de la Patria.

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