Yatasto, no Grand Bourg
15 de agosto de 2026
Se huele. Los cadáveres polÃticos se huelen antes de que sean tales, mucho antes de que algún editorialista los declare muertos.
Fate cerró en febrero y dejó novecientos despidos sobre la mesa, la única fábrica de neumáticos que quedaba con dueño argentino. Whirlpool bajó la persiana. Citroën se fue a fabricar a Brasil y a Uruguay y acá quedó el galpón vacÃo. Van casi treinta mil empresas cerradas desde diciembre del 2023, treinta por dÃa, un paÃs que se desangra puertas adentro mientras alguien en Washington aplaude la apertura de importaciones.
Y, sin embargo, mientras eso pasa, los recaudadores pretorianos de siempre (los que ponen sus empresas de fantasÃa al servicio del saqueo) vuelven a asomar la cabeza, listos otra vez para apropiarse de lo que quede del capital social de los argentinos. Ahà está, fresquito, el acuerdo por el que Vila, Manzano y Filiberti le compraron a YPF el 70% de Metrogas, ochocientos millones de dólares que se suman a Edenor, a Transclor, al avance sobre las estaciones Shell y la refinerÃa de Dock Sud, al control de Telefe, un mismo puñado de socios quedándose con la luz, el gas, el combustible y la pantalla al mismo tiempo que el paÃs pierde fábricas.
Los amanuenses del poder de turno, crónicos, no importa el color de la casaca, empiezan a advertir el desgaste. Huelen mejor que nadie. Como lobos hambrientos la carroña a la distancia, ya muestran los colmillos.
Pero por abajo algo se mueve distinto, y se mueve con una coherencia que a los de arriba les cuesta leer. La misa pagana por el Indio reunió a los barrios en un duelo desafiante en lo estético y lo ético, sin que nadie los convocara desde un atril. La bandera de Malvinas, la que dice que son argentinas, se multiplicó por miles, ayudó e impulsó ese gesto de los jugadores asaltándose las órdenes, y legitimó y legalizó la lucha y la derrota de la ley de tierras. El jueves 6, bajo la lluvia y el frÃo lacerante, con gases y balas de goma, tiroteando colectivos, taxis, pueblo, aire, con más de doscientos heridos, la Plaza del Congreso volvió a llenarse para decir que la patria no se vende.
Esa misma noche, en Callao, a cuadra y media del Congreso, unos pibes le arrancaron la bandera yanqui al Hotel Savoy y la pisaron contra el asfalto y, como dijo Fernando Gómez, la pusieron en su lugar; en el suelo y prendida fuego. Como en los setenta. Como en los ochenta. Como en los noventa. La historia argentina tiene esa costumbre de repetir el gesto cuando ya no le quedan palabras.
No hace falta la psicologÃa social para advertir que se respira otro aire. Alcanza con caminar unas cuadras. Algo se despertó de una siesta tarada, o algo se saturó, la carestÃa de la vida, lo que sea, no importa tanto la causa como el sÃntoma. Y el sÃntoma avanza de a poco, de lo pequeño a lo grande, de lo simple a lo complejo, como un proceso de degradación de este modelo de gobernanza que ya no puede disimularse con relatos de sacrificio transitorio o narrativas de éxitos con gráficos mendaces.
Nuestro pueblo, mientras tanto, sigue desarmado. Desorganizado. Cautivo de las veleidades de una dirigencia opositora que muchas veces no se opone a nada más que a cuestiones cosméticas. Y sobre ese pueblo desarmado recae la enorme responsabilidad de hacer girar de nuevo las ruedas de la historia, de abortar la reproducción de este momento de orgÃa entreguista.
Arriba, en cambio, todo sigue en su lógica de siempre. Los polÃticos que juegan al mientras tanto ya se prueban trajes para el recambio, se sumergen de cabeza en las grandes cuestiones de la polÃtica, la internita, las PASO, las candidaturas, la muñeca de tal o cual, siempre desconfiados del pueblo, siempre dispuestos a una salida complaciente con los dueños de la Argentina. Sergio Massa salta del ostracismo al centro de la escena por obra de un iluminador formidable, con posteos encriptados, una S mayúscula acá, una M allá, en la cuenta de una diputada de Cristina, y un sistema mediático que opera la interna del peronismo con el mismo entusiasmo con que opera para Milei, para Cristina o para la embajada indistintamente. Porque el peronismo, vaciado y traicionado como está, sigue siendo la plataforma donde se presupone que va a dirimirse la próxima etapa nacional.
En medio de esa fauna llega, desde su residencia en Miami, el mismo operador de prensa que conducÃa el noticiero con agorerÃas restauradoras en el 2001. El mismo que en 1995, todavÃa en la mesa chica del menemismo, sentó al almirante Massera frente a una cámara junto a Longobardi y le tendió el micrófono con una amabilidad que a un genocida no se le puede tender, entrevista que le costó crÃticas por blanquear a uno de los responsables de la ESMA y que no fue casualidad, porque venÃa cultivando esa cercanÃa desde los pasillos de la Católica, donde se hizo amigo de los hijos del almirante mucho antes de ser dueño de nada.
Y ahora coquetea con la polÃtica mientras exhibe un video hecho con inteligencia artificial donde recrea el abrazo improbable entre San MartÃn y Sarmiento en el exilio de Grand Bourg, como fórmula para la Argentina que viene. Los candidatos de cotillón no fueron invitados, porque el cotillón es solamente eso. Los que sà estuvieron fueron los actores reales de la institucionalidad, convocados por el protocolo no escrito de la embajada, jueces de la Corte y camaristas con peso propio, Macri haciendo el esfuerzo de llegar temprano, dirigentes radicales, peronistas bonaerenses de distintas generaciones, funcionarios de gestiones enfrentadas compartiendo el mismo salón, y hasta un guiño que le llegó al anfitrión, según deslizó, aunque no se moviera de su casa. Con picardÃa, el convocante recordó que dos de los primeros cuatro presidentes habÃan sido periodistas, un guiño que no necesita traducción para nadie que sepa leer entre lÃneas.
¿Qué necesidad polÃtica tienen los hombres y las mujeres que dicen representar lo popular de ir a mezclar la biblia con el calefón, cosa que en general solÃa hacerse solamente para limpiarse el culo? No encuentro explicación para esas reuniones, ni con el embajador de turno, ni con la sombra siniestra de un Peter Thiel, y mucho menos hay razón para dejarse usar como “tragodo” de esta tragedia donde el protagonista, el Ulises de la función, no es más que Hadad o eventualmente el hijo de Brito que a esta altura ya es Brito.
Y sin embargo, hay algo que a los agobiados, a los intoxicados de derrotismo, les cuesta ver. Muchos pensaban que no quedaba tiempo para que la historia los convocara de nuevo a montarse en una partida, como le pasó al viejo López Jordán, que se creyó terminado y la historia lo fue a buscar igual. Porque la historia vuelve a convocar, y convoca doble. Llama a los que venimos de experiencias de lucha anteriores, a los que pudimos aportar algo en el amasado de derrotas y de victorias populares, y convoca también a esos que la propia dirigencia, con una suficiencia inexplicable, subestimaba o trataba de boludos. Esa generación nueva, la que le arrebató la bandera yanqui al Savoy sin que nadie se lo ordenara, está llamada a organizarse, a reconocerse entre sÃ, a ensayar repertorios de protesta, a formarse, a encontrarse en la Patria.
Si hay que recordar abrazos para ponerse a tono con el tiempo polÃtico de este sujeto perpetuo que es el pueblo en lucha, conviene recordar Yatasto y no esa entrevista que cuenta en su video, en Grand Bourg. El pueblo recupera músculo, insolencia, y sobre todo sabe con precisión creciente qué es lo que no quiere. En pleno momento de historicismo malvinero aparece el mismo operador de siempre para proponernos un abrazo entre proyectos irreconciliables, con el pueblo real convidado apenas como paisaje de fondo de una foto pensada para otros ojos. A ese pueblo, a esta altura, no le hace falta que nadie lo convoque. Ya se está convocando solo.


