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Teteras y glory holes: cuando chocan la exploración sexual y la resistencia con las subjetividades violentadas


13 de abril de 2024

El caso del glory hole de Lanús se volvió completamente viral en los últimos días, inundando las redes y los medios de comunicación. Su tratamiento giró alrededor de la estigmatización y el espanto sin tomar en cuenta los matices del caso. De un lado, un joven trans que vive una situación de violencia; del otro, un joven de 19 años explorando su sexualidad; de fondo, una serie de prácticas de ocupación del espacio público desarrolladas por la comunidad LGTB a modo de resistencia en la clandestinidad y opresión más absolutas.

Noelia Ferrario

El caso del glory hole de Lanús ha inundado las redes sociales los últimos días. Un joven trans de 23 años fue al baño de un supermercado acompañado por su amigo que lo estaba asistiendo ante un malestar. Mientras el amigo le sostenía el pelo ante las ganas de devolver, por un agujero en la pared aparece un miembro masculino. El joven le pega una patada, y en el cubículo de al lado un chico de 19 años se sube los pantalones a toda velocidad e intenta escapar y es interceptado.

Este caso, que podría haber quedado en un incidente local sin demasiada trascendencia, inundó completamente la agenda de la discusión pública, pero ¿Por qué tanto interés por estos hechos? ¿Cuáles son las cuestiones que se ponen en juego en esta situación?

 

Teteras y glory holes: ¿Espacios de resistencia?

Cuando hablamos de glory holes, hablamos de agujeros abiertos en una pared o tabique de madera para mantener relaciones sexuales exponiendo el pene solamente. En esta ocasión, el glory hole se encontraba en lo que es conocido como tetera, un baño público reconocido por la comunidad gay como un espacio para mantener relaciones sexuales.

Las teteras tienen un lugar importante en la historia de la comunidad gay. Surgen como espacios de encuentro clandestinos en un contexto de represión y persecución. Estos espacios en lugares públicos, permitían vivir la sexualidad de manera anónima, en momentos donde la homosexualidad podía ser motivo de cárcel o castigos peores. En los 70s, las teteras argentinas empiezan a cumplir otra función, se vuelven también en espacios de propaganda política dirigida a la comunidad.

Hoy en día las teteras (algunas de las cuales tienen glory holes) se difunden a través de grupos en redes sociales y mensajería. Su función sigue siendo la de los encuentros anónimos y clandestinos, en muchos casos por morbo, pero en otros tantos por la dificultad que la comunidad sigue teniendo en determinados sectores para poder expresar su sexualidad. Para estos individuos, que no pueden o quieren asumir su sexualidad en su vida cotidiana, las teteras siguen siendo un espacio donde poder vivirla sin consecuencias. Estos espacios, conocidos por los miembros de la comunidad ¿Pero ¿qué pasa cuando son habitados por otras masculinidades?

 

Resistencia vs. violencia

Este caso presenta varias complejidades que, dejando de lado el tratamiento superfluo y que raya en la homofobia y estigmatización de algunos medios, hacen difícil el abordaje del tema. Si bien es cierto que las teteras son espacios de ocupación y resistencia de la comunidad gay, también lo es que la manera de abordar estos espacios por parte de los miembros de la comunidad toma unas formas que son vividas como violentas por quienes no son parte del juego.

El joven denunciado declaró a los medios que él había visto entrar a los dos chicos al baño, e interpretó que iban a tener relaciones. Lo que está implícito en esta declaración es que, si bien no había interactuado con ellos previamente, estaba implícito que compartían ciertos códigos de comportamiento. Pero ¿Son realmente compartidos por todos? ¿Qué pasa cuando, como en este caso, son individuos ajenos a la comunidad quienes ingresan al espacio? Y yendo un paso más allá ¿Es válido cuestionar desde afuera prácticas que se perciben como violentas y se desarrollan en un espacio compartido con individuos que están fuera de la comunidad que las lleva adelantes?

Está claro que los titulares que hablan de “vecinos aterrados” y “prácticas aberrantes” no tienen nada para aportar al debate; pero ¿Cómo garantizamos el consentimiento de una práctica que es clandestina, y además completamente anónima al punto de que no se ve la cara del otro? ¿Cómo resguardamos a aquellas masculinidades que, como lo hizo este jóven trans que realizó la denuncia, viven estas experiencias como violencia y acoso no como una exploración de la propia sexualidad?

Estas son las cuestiones que pone sobre el tapete el glory hole de Lanús, y que la mayoría de los medios parecen dejar de lado en favor de inventar una epidemia de hombres que buscan acosar a otros abriendo agujeros en baños públicos.

Noelia Ferrario

Noelia Ferrario es periodista e historiadora. 

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