Quién decide qué se investiga: Hacia un mapa del financiamiento científico
18 de abril de 2026
Un investigador de la Universidad de Valencia presentó en la UNSAM los primeros resultados de un estudio que analiza cómo fluye el financiamiento científico desde los países más ricos hacia América Latina, África y Asia, y qué condiciones impone sobre las agendas de las investigaciones locales.
Hay decisiones en la ciencia que definen qué temas reciben atención, qué enfermedades se estudian, qué problemas sociales se analizan y cuáles quedan relegados. Gran parte del dinero que financia la ciencia a nivel mundial se concentra en los problemas que preocupan a los países más ricos, aunque no sean los más urgentes para el resto del mundo: “Hay mucha investigación en cáncer de próstata, que es lo que afecta a los hombres mayores y ricos del norte, y hay poca investigación en Chagas o en ciertas dolencias de la mujer como la menopausia”, explicó el investigador Ismael Ràfols, del Centro INGENIO (CSIC–Universidad Politécnica de Valencia) y titular de la Cátedra UNESCO en Diversidad e Inclusión en la Ciencia Global, durante una exposición en el CENIT, de la Escuela de Economía y Negocios de la UNSAM.
El proyecto, financiado por el Centro Internacional de Investigaciones para el Desarrollo (IDRC) de Canadá y desarrollado junto a CLACSO (Consejo Latinoamericano de Ciencias Sociales), busca medir cómo circula el dinero científico desde el norte hacia el sur global y de qué manera ese flujo influye en las agendas de investigación locales. Para entenderlo mejor, Ràfols, que es doctor en Biofísica y se especializó en política científica y problemáticas sociales relacionadas con la investigación científica, usa una idea del sociólogo Michel Callon sobre las “tres traducciones” de la ciencia. La idea es que investigar no es un camino recto, sino un proceso con tres pasos fundamentales donde algo se transforma.
En primer lugar, se produce una traducción cuando un problema del mundo real, como una plaga en los cultivos o una nueva enfermedad, se convierte en una pregunta científica que alguien decide que vale la pena estudiar. En segundo lugar, esa pregunta se transforma en un proyecto concreto, con un método, un equipo y, sobre todo, un presupuesto asignado. Finalmente, en un tercer momento, los resultados de esa investigación vuelven a la sociedad en forma de políticas públicas, nuevas tecnologías o publicaciones académicas.
Ràfols señala que casi todo el debate sobre la equidad en la ciencia se concentra en el tercer paso (que podría responder a la pregunta: ¿quién publica y quién lee?), pero ignora el primero: (¿quién decide qué preguntas se hacen? Su hipótesis es que, si bien el financiamiento externo es un mecanismo muy poco estudiado, tiene influencia en esa decisión. Si las agencias que ponen el dinero están en los países del norte global, sus prioridades reflejarán sus necesidades y no las urgencias de los países que reciben los fondos. La ciencia abierta, tal como la define la UNESCO, debería garantizar que esa primera traducción (la que convierte problemas sociales en preguntas científicas) también sea equitativa, diversa e inclusiva. Pero, actualmente, ese principio rara vez se aplica antes de que la investigación empiece.
A nivel internacional, estamos ante una reducción sostenida de los fondos de cooperación científica, dice Ràfols. En ese marco, las organizaciones se encuentran con una necesidad particular: “Tendríamos que entender mejor la financiación que hay, especialmente teniendo en cuenta que en los últimos años hubo una crisis importante en la financiación desde el norte, en especial en África”. En países africanos como Kenia o Uganda, se concentró durante años una porción enorme del dinero para investigación en salud que generó críticas cada vez más fuertes sobre cómo estos financiadores estaban decidiendo la agenda de investigación. La pregunta que Ràfols y su equipo intentan responder es si esa dinámica ocurre también en otras regiones, incluida América Latina.
El problema de los datos: ¿Qué se puede medir y qué no?
Para responder a esta pregunta, el equipo recurrió a Dimensions, una de las bases de datos de proyectos científicos más grandes del mundo, con registros de 25 años, cuatro millones de proyectos y 44.000 financiadores identificados. Lo primero que emerge de ese volumen de información es que el 99% del financiamiento científico mundial no cruza fronteras y el intercambio norte-sur global que tanto se debate representa apenas el 1% del total. Dentro de ese margen, África Subsahariana, la región que más fondos externos recibe, vio caer esa cifra casi a la mitad entre 2010 y 2024, precisamente cuando la cooperación científica internacional se instaló como bandera en todos los foros globales.
Pero el hallazgo no está en los números sino en sus límites, y ahí el trabajo expone también la falta de transparencia en la infraestructura de datos disponible para estudiar el problema. Las principales agencias del norte global publican sus datos de proyectos de manera abierta, como el NIH (National Institutes of Health) estadounidense, el UKRI (UK Research and Innovation) británico o la Fundación Nacional de Ciencia de Suiza, pero la mayoría de los países del sur global no lo hacen, e incluso tampoco buena parte del sur de Europa. Por ejemplo, España no publica qué financia en salud, y lo mismo ocurre con países de América Latina como Brasil o Chile, que están en la base de datos pero sin los montos de sus proyectos, lo que los vuelve invisibles para cualquier comparación cuantitativa.
Frente a ese panorama, Ràfols encuentra también una oportunidad en el mismo tipo de material disponible. Aunque muchos financiadores no revelan cuánto dinero dan, sí publican el texto descriptivo de los proyectos que financian, y eso abre una vía alternativa para mapear el sistema. Con herramientas de inteligencia artificial es posible analizar esos textos en masa, identificar patrones temáticos y construir una imagen de qué se está investigando en cada región y con qué énfasis, incluso cuando los números no están disponibles: “Lo que podemos hacer es crear mapas y a partir de eso ver los temas que nadie financia y dónde se duplican esfuerzos”, explicó.
El equipo también intentó usar los agradecimientos de financiamiento que aparecen en las publicaciones científicas como fuente alternativa, pero esa vía resultó igualmente problemática porque confunde flujos de colaboración con flujos de financiamiento. Cuando un investigador chino trabaja con un colega africano y publican juntos, el paper registra financiamiento chino en África, cuando en realidad se trata de un investigador financiado por su propia agencia nacional que simplemente colabora con alguien del continente, y los agradecimientos no permiten distinguir quién financia a quién, sino apenas quién trabaja con quién.
Hay una tercera fuente que podría ser importante y que el equipo todavía no pudo explorar en profundidad: los datos de asistencia oficial al desarrollo. Según estimaciones de la OCDE (Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico), el monto destinado a ciencia y tecnología a través de esos canales alcanzó los 1.700 millones de dólares en 2022, más del triple de lo que la base de datos de agencias científicas logró capturar. Un colega de la Universidad de Stellenbosch (Sudáfrica) estima que el 40% de los fondos que llegan al Sur provienen de ayuda al desarrollo y no de agencias de investigación formales. La parte más grande del financiamiento Norte-Sur, en otras palabras, circula por canales que la cienciometría convencional directamente no puede ver. Existen iniciativas internacionales para sistematizar esa información, como la International Aid Transparency Initiative, pero por ahora carecen de la estandarización necesaria para hacer comparaciones a escala global.
El rol del investigador local: ¿socio o ejecutor?
El modo en que el campo trabaja con datos de financiamiento replica la lógica con que siempre se trabajó con publicaciones científicas, donde el actor central del análisis es el investigador. Pero en el financiamiento el actor principal es el financiador, y ese desplazamiento cambia completamente las preguntas que se pueden hacer: “El modo como se están utilizando los indicadores de ciencia y tecnología es absolutamente positivista, como si hubiera una ciencia que se pueda medir. Pero si reconocemos que hay muchos conocimientos, ¿cómo podemos desarrollar miradas del sistema científico que sean más plurales?”, se pregunta Ràfols.
Esa pregunta no es solo metodológica. Francesco Obino, Director de la Unidad de Programas de Investigación del Global Development Network (GDN) e integrante del comité asesor del proyecto había planteado una objeción que Ràfols incorporó a su propio análisis: saber cuánto dinero hay y en qué temas se gasta dice muy poco si no se sabe en qué condiciones se transfiere. ¿El proyecto está diseñado para resolver un problema local o para responder una pregunta formulada en el norte global? ¿El investigador que recibe los fondos co-diseña la agenda o simplemente la ejecuta? Esas preguntas, que son las más relevantes desde el punto de vista de la equidad y para un análisis detallado de la problemática, no tienen respuesta en ninguna base de datos disponible hoy.
La consecuencia práctica de esa ausencia es que los investigadores del sur global pueden participar en proyectos internacionales de alto prestigio y aun así hacerlo como ejecutores técnicos de preguntas definidas en otro lugar: “No puede continuar habiendo una relación tan paternalista como ha habido hasta hace poco en las colaboraciones científicas”, afirmó Ràfols, señalando que esa percepción es compartida hoy incluso por los propios financiadores del Norte. Participar no es lo mismo que co-diseñar, y las bases de datos actuales no permiten distinguir entre una cosa y la otra.
La agenda que se abre a partir de este trabajo es que los financiadores publiquen sus datos de manera estandarizada y comparable, que se desarrollen infraestructuras de información que permitan rastrear no solo los montos, sino las condiciones en que se llevan a cabo los proyectos, y que los países del sur participen no solo como receptores de fondos, sino como diseñadores de los instrumentos que los regulan: “Lo importante no es sólo cuánto dinero hay, sino a qué se lo destina y en qué condiciones”, explicó Ràfols.


