Montoneros, un intento
21 de marzo de 2026
Montoneros no fue solamente una organización de los años 70, sino un intento de vÃa al socialismo. Repesarlos también implica hacerlo sobre las practicas militantes del presente.
A la memoria del compañero Roberto Cirilo PerdÃa, quien partiera de este mundo un 20 de marzo de 2024.
El “escritor cabeza”, Mariano Pacheco se preguntó hace poco en Revista Resistencias: “¿Qué pasa que en la actualidad del campo nacional y popular no hay prácticamente ningún agrupamiento de peso, ningún referente polÃtico, intelectual, artÃstico o comunicacional, con amplia visibilidad, que reivindique con orgullo la herencia maldita de la izquierda peronista, de la resistencia, de su tendencia revolucionaria?”
Reivindicando a quienes, por distintos métodos y formas de acción, enfrentaron el terrorismo de la Triple A y la dictadura cÃvico-militar, esta nota se propone ir más allá de los enfoques meramente descriptivos o testimoniales. Busca correrse tanto de la catarsis como de la casuÃstica y del victimismo, asà como de ciertos revisionismos moderados que, bajo una apariencia crÃtica, terminan funcionando como justificación del statu quo.
Desde ese posicionamiento, y asumiendo —con sus aciertos y errores— la herencia de la tendencia revolucionaria del peronismo, que también marcó a quienes comenzamos a militar en los 90 frente al menemismo, ensayamos una revisión crÃtica y autocrÃtica, no ya sobre un programa en disputa, sino sobre una tradición polÃtica que se ha vuelto parte constitutiva de una identidad militante.
Los años del foquismo
En la década de 1970, en el llamado Tercer Mundo emergieron organizaciones que encontraron en la lucha armada una herramienta en el despliegue de sus estrategias revolucionarias. La violencia polÃtica dejó de ser un recurso excepcional para convertirse en una condición central del cambio social.
El foquismo, como acción militar generadora de conciencia revolucionaria, se expandió como una lógica dominante en amplios sectores de la militancia. En la Argentina, solo algunos espacios más ligados a la ortodoxia marxista, se mantuvieron relativamente al margen de esta praxis. La guerrilla no fue una anomalÃa, sino la expresión local de un proceso de alcance global. Sin embargo, el foquismo también implicó un desplazamiento de la polÃtica de masas a una dinámica de enfrentamiento militar como forma de dirimir la correlación de fuerzas ganando centralidad sobre otras formas de construcción.
Como hemos ya mencionado en otras oportunidades, la idea del enfrentamiento armado como forma de dirimir las contradicciones polÃticas atraviesa todo el proceso de conformación republicano del largo siglo XIX que puede, incluso abarcar como últimos coletazos, las revoluciones radicales de Alem e Yrigoyen y el golpe de 1930.
Hechos como el bombardeo a Plaza de Mayo en 1955, los fusilamientos de 1956, la proscripción del peronismo, la aplicación del plan CONINTES, los levantamientos populares entre 1969 y 1972 y los fusilamientos de Trelew, configuran una secuencia que revela hasta qué punto la violencia polÃtica formaba parte del entramado social y estatal argentino mucho antes de la irrupción de las organizaciones guerrilleras. Más que un fenómeno aislado, los 70 se inscriben en una genealogÃa más amplia donde la violencia no fue la excepción, sino un recurso recurrente en la disputa por el poder.
Movimiento o Partido
Bajo el concepto de “patria socialista” se condensaron los anhelos que la organización peronista Montoneros entendÃa por el cambio social capaz de garantizar la justicia social, la distribución de la riqueza y la participación polÃtica popular. Montoneros mantuvo una clave de lectura histórica que colocaba su accionar en un enfrentamiento entre “Latinoamérica y el Imperialismo” que llevarÃa, para ese entonces, “450 años de guerra” como lo expresaron desde las páginas de el semanario El Descamisado las tiras de Oesterheld y Durañona.
Hasta 1974, Montoneros llevó una praxis polÃtica mestiza entre acciones de propaganda armada e inserción militante en frentes de masas que lo ligada a las experiencias históricas del movimiento popular.
Tras la muerte del Gral. Perón, la disputa por la conducción del peronismo se intensificó en un contexto de creciente descomposición polÃtica. En 1975, Montoneros ya casi en la clandestinidad, profundizó su giro militarista con el costo evidente de aislarse de las bases sociales perdiendo representatividad. Hacia 1977, el vÃnculo con sus frentes de masas estaba en su punto más débil, especialmente en los ámbitos territorial y universitario golpeados tanto por la represión como por la propia dinámica de repliegue.
En vÃsperas del golpe, Montoneros habÃa llegado a la convicción de que el escenario por venir estarÃa definido, ante todo, por un enfrentamiento de carácter militar. Aunque en su formulación estratégica hablaba de una “guerra popular integral”, en los hechos sostenÃa que frente a las FFAA el método principal debÃa ser la lucha armada, aparato contra aparato. A esa etapa la definieron como “defensiva estratégica”.
Esa orientación no surgÃa de la nada. Durante 1975, la organización habÃa avanzado en la reestructuración de sus frentes de masas pensándolos como embriones de un futuro Ejército Montonero. El objetivo era dar un “salto cualitativo” que lo transformara en un partido de cuadros, en lÃnea con los modelos leninistas clásicos.
Detrás de esta redefinición se encontraba una lectura polÃtica más amplia que sostenÃa la idea de que el peronismo estaba agotado como movimiento de liberación y que la conciencia de la clase trabajadora habÃa evolucionado más allá de sus marcos tradicionales. De allà se desprendÃa la necesidad de que su vanguardia acompañara ese avance con una transformación equivalente. La conclusión caÃa de maduro: construir una nueva sÃntesis polÃtica que se presentara como continuidad y superación del peronismo: el montonerismo. En su arquitectura, la centralidad de lo militar no solo organizó la táctica inmediata, sino que termino moldeando la concepción misma de la polÃtica.
Esta orientación no estuvo exenta de tensiones internas. Desde las Columnas Norte, Sur y La Plata se observaron crÃticas a la conducción de la organización advirtiendo que el enfrentamiento entre aparatos armados desplazaba a las masas y se desarrollaba en una correlación de fuerzas claramente adversa. Sin embargo, el contexto de persecución y clandestinidad acotó el alcance de esas objeciones que terminaron empujando a muchos a retiradas individuales y silenciosas.
Las únicas crÃticas sistemáticas provinieron de Rodolfo Walsh, oficial 2º de Montoneros y fundador de Agencia de Noticias Clandestina (ANCLA). Entre noviembre de 1976 y enero de 1977 elaboró una serie de notas e informes en los que cuestionaba el viraje militarista e ideológico tomado por la organización. Al mismo tiempo, proponÃa una estrategia alternativa de resistencia de largo plazo basada en la descentralización y en la reconstrucción de vÃnculos con las bases. Estos documentos pasaron a ser conocidos como “Los Papeles de Walsh”.
Los anteojos de Walsh
Para Rodolfo Walsh, la idea de construir el montonerismo como fase superior partÃa de un equivocado análisis teórico que postulaba la existencia del desarrollo de una “guerra de liberación nacional” de tipo anticolonial, cuando en verdad se estaba ante la agudización de un conflicto de clases que no podÃa ser definido bajo un escenario de guerra.
Su crÃtica se apoyaba en una lectura histórica donde a diferencia de los modelos clásicos del marxismo, en la Argentina no era la vanguardia la que crea al movimiento, sino el movimiento el que engendra a su vanguardia. Por eso, alertaba que si Montoneros, en tanto vanguardia surgida del peronismo, rompÃa con ese origen, corrÃa el riesgo de desconocer su propia trayectoria y abrir la puerta a desviaciones estratégicas que podrÃan aislarlo de las bases al mismo tiempo que era cercado por la dictadura.
En esa clave, Walsh proponÃa una relación distinta: la vanguardia no debÃa sustituir ni negar al movimiento, sino conducirlo en un proceso de transformación ligado a la lucha por el poder y el socialismo. Más que fundar algo completamente nuevo, se trataba de inscribirse en la dinámica real de la experiencia polÃtica argentina reconociendo en el peronismo el terreno desde el cual esa transformación podÃa desplegarse.
24 de marzo
A contra mano del accionar de Montoneros que lo llevaba a alejarse de las bases y demás sectores polÃticos, Walsh sostuvo que el golpe del 24 de marzo ofrecÃa, paradójicamente, la posibilidad de recomponer una intervención polÃtica más amplia y “hablar con todo el mundo”. La tarea no era superar al peronismo, sino disputar su conducción por ser el espacio real donde se jugaba la posibilidad de una transformación polÃtica efectiva. “Nuestras formas organizativas deben ser la organización o el Partido Montonero –que incluye todo lo que genéricamente llamamos fuerza propia- y el Movimiento Peronista. Eso es lo que existe y a partir de ahà debemos construir”.
El diagnóstico apresurado sobre el supuesto agotamiento del peronismo se apoyaba, según Walsh, en una lectura parcial de las movilizaciones obreras del Rodrigazo. Estas habÃan sido interpretadas únicamente como un enfrentamiento de la clase trabajadora contra un gobierno peronista sin advertir una dinámica más compleja donde los sectores más activos del movimiento obrero podÃan, en determinadas coyunturas, desbordar al peronismo en su lucha contra un gobierno percibido como antipopular. Sin embargo, esa misma base social tendÃa a replegarse nuevamente hacia el peronismo frente a escenarios de represión abierta, como el que impondrÃa la dictadura. Ignorar esa oscilación implicaba, en los hechos, subestimar la persistencia del peronismo como referencia polÃtica de masas y sobrestimar las posibilidades de reemplazarlo de manera inmediata.
“Forzadas a replegarse ante la irrupción militar, se están replegando hacia el peronismo que nosotros dimos por agotado (...). En suma, las masas no se repliegan hacia el vacÃo, sino al terreno malo pero conocido, hacia relaciones que dominan, hacia prácticas comunes, en definitiva, hacia su propia historia, su propia cultura y su propia psicologÃa, o sea los componentes de su identidad social y polÃtica. Suponer, como a veces hacemos, que las masa pueden replegarse hacia el montonerismo, es negar la esencia del repliegue, que consiste en desplazarse de posiciones más expuestas hacia posiciones menos expuestas”
Si las masas tendÃan a replegarse hacia su identidad, también lo hacÃan hacia su experiencia histórica acumulada. La experiencia no era sobre una memoria abstracta, sino que remitÃa a la primera resistencia peronista, que funcionaba como un repertorio concreto de prácticas, sÃmbolos y formas de organización al que las bases podÃan volver en momentos de adversidad. De aquà que la propuesta de Walsh fuera la de descentralizar la organización para dar una resistencia más efectiva desde las masas populares.
En definitiva, la crÃtica de Walsh se sostenÃa desde un profundo conocimiento de la historia argentina y del accionar de las masas trabajadoras. El poder identificar aciertos y errores dentro del accionar táctico-estratégico, siguen haciendo de él un cuadro estratégico para el presente.
Respuesta
Retomando la pregunta de Pacheco sobre por qué hoy no existen actores que asuman abiertamente la herencia de la tendencia revolucionaria del peronismo, la respuesta que aquà se ensaya apunta a una dimensión menos explorada: la dificultad para reconocer que la derrota polÃtica-metodológica no impugna para nada la insistencia en una vÃa al socialismo en la Argentina.
Por el contrario, supone hacerse cargo de esa historia en toda su complejidad sin clausurar la experiencia, intentando reponerla en términos que permitan, volver a pensarla en este momento presente. A fin de cuentas, Montoneros fue un intento.


