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Los algoritmos de la muerte del Silicon Valley


04 de abril de 2026

Las grandes tecnológicas ya no pueden leerse como actores neutrales. En la intersección entre inteligencia artificial, geopolítica y negocios, emerge un entramado donde los datos se convierten en armas y la innovación en herramienta de dominación.

Alfredo Moreno

Foto: Militares de EE.UU usando software de Palantir en el centro de coordinación civil-militar de Kiryat Gat en Israel, en noviembre de 2025. / Wikimedia

Los gigantes tecnológicos no son innovadores neutrales: constituyen el arsenal sofisticado —y ensangrentado— del poder estadounidense. Entre ellos, Palantir Technologies ocupa un lugar destacado. En Gaza, donde más de 72.000 palestinos han muerto desde octubre de 2023, así como en ataques sobre universidades iraníes, los sistemas de inteligencia artificial no solo acompañan la guerra: la organizan.

Los algoritmos procesan datos obtenidos de múltiples fuentes —metadatos, redes sociales, drones— para elaborar listas de objetivos. Identifican viviendas civiles, seleccionan blancos y orientan drones hacia encuentros familiares. La guerra, así, se convierte en una operación de datos.

La relatora especial de la ONU, Francesca Albanese, ha señalado a Palantir como cómplice de un «crimen colectivo» de genocidio. Su director general, Alex Karp, reivindica sin matices la alianza con los aparatos militares de Estados Unidos e Israel. Este es el núcleo del modelo: la automatización de la violencia.

 

Silicon Valley en el frente de batalla

El regreso de Donald Trump al poder consolidó el vínculo entre corporaciones tecnológicas y aparato militar. La primera cumbre Defense Tech en Israel explicitó esta convergencia: ejecutivos de Silicon Valley, capitales de riesgo y fuerzas armadas promovieron sin reservas la guerra basada en inteligencia artificial.

Palantir, financiada en sus inicios por la CIA por medio de In-Q-Tel, nació como herramienta para la «guerra contra el terror». Hoy es pieza central del engranaje militar estadounidense e israelí. Su software integra y analiza enormes volúmenes de datos para producir objetivos en tiempo real.

En Gaza, esto implicó el pasaje de una lógica militar convencional a una forma de eliminación industrializada, donde la supervisión humana es marginal y la muerte de civiles se asume como costo operativo.

El sistema se replica globalmente: desde Venezuela hasta Irán, articulando vigilancia, análisis y decisiones en el campo de batalla. La ecuación es directa: beneficios corporativos y víctimas humanas.

 

La red tecnológica global

El entramado excede a Palantir. Google y Amazon, a través del Proyecto Nimbus, proveen infraestructura en la nube al ejército israelí. Microsoft, NSO Group con Pegasus y Cellebrite completan el ecosistema.

Estas empresas se integran en una economía de ocupación donde las vidas palestinas se transforman en datos. La vigilancia se expande más allá de Medio Oriente: en 2026, la fiscalía italiana confirmó el uso de software espía contra periodistas y activistas europeos.

La Unión Europea, mientras tanto, externaliza crecientemente su ciberseguridad a firmas israelíes, consolidando una dependencia tecnológica que redefine la soberanía.

Este complejo tecnológico-militar articula innovación, capital y violencia en una estructura global sostenida por gobiernos occidentales.

 

De la geopolítica a la Argentina

La dimensión del conflicto se amplía. El Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica (CGRI) de Irán declaró como «objetivos legítimos» a empresas tecnológicas estadounidenses, señalándolas como actores centrales en la planificación de ataques.

La lista incluye a gigantes como Cisco, Intel, Oracle, Microsoft, Apple, Google, Meta, IBM, Nvidia, Tesla y Boeing, entre otros. La guerra, cada vez más, se define por datos, algoritmos e infraestructura tecnológica.

En la Argentina, la posible llegada de Palantir se inscribe en esta lógica. La relación entre Javier Milei y Peter Thiel abre la puerta a la integración de sistemas de inteligencia en el aparato estatal.

El decreto que fortalece a la SIDE y crea la Comunidad Informativa Nacional (CIN) centraliza datos de múltiples organismos públicos, habilitando un esquema de vigilancia de alcance inédito.

 

Riesgos y tensiones internas

Los antecedentes son claros. Durante la gestión de Patricia Bullrich se impulsó un acuerdo con Palantir para tareas migratorias, inspirado en experiencias como las redadas del ICE en Estados Unidos.

El uso de inteligencia artificial en seguridad plantea riesgos evidentes: sesgos algorítmicos, discriminación y potencial persecución de opositores. La evidencia internacional muestra que estos sistemas tienden a reproducir desigualdades.

A su vez, las tensiones internas por el control de estos negocios revelan que no solo está en juego la seguridad, sino también el acceso a mercados millonarios de datos.

 

Ciencia, política y narrativa

El modelo impulsado por el gobierno de Milei también impacta en el sistema científico-tecnológico (SCT) argentino, con recortes que debilitan la producción de conocimiento local.

La idea de innovación se desplaza hacia negocios financieros tecnológicos alineados con agendas externas. En paralelo, el discurso político construye una narrativa que disocia percepción y realidad.

La desinversión en ciencia, educación y empresas estratégicas aleja al país de los circuitos de innovación global, profundizando la dependencia.

 

La disputa por el futuro

En este contexto, las palabras del presidente de Brasil, Luis Lula da Silva, en la cumbre sobre el impacto de la inteligencia artificial en Nueva Delhi resuenan como advertencia. La inteligencia artificial, señala, tiene un carácter dual: puede ampliar el bienestar o profundizar desigualdades. El problema no es solo tecnológico, sino político. Entonces, cuando unos pocos controlan los algoritmos, no se trata de innovación sino de dominación. Los datos producidos por sociedades enteras son apropiados por grandes corporaciones sin retorno equivalente. Mientras tanto, millones de personas siguen fuera del sistema digital. La gobernanza de la inteligencia artificial aparece, por tanto, como uno de los grandes desafíos globales

En resumen, la maquinaria tecnológica de guerra no es inevitable. Es una construcción histórica, económica y política. Desmontarla implica intervenir en cada nivel: códigos, infraestructuras, financiamiento. Porque en ese entramado —línea por línea— se juega algo más que el futuro de la tecnología: se define el horizonte mismo de la humanidad.

 


Articulo publicado originalmente en Esfera comunicacional

Alfredo Moreno

Alfredo Moreno es profesor en Tecnologías de la Información en Univ. Nac. de Moreno. Ingeniero TIC en ARSAT.  Integrante de la red PLACTS

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