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La colonia de lo absurdo


22 de agosto de 2026

Un entrevero de gerentes, operadores al servicio del extranjero y postulantes a la administración de la colonia, se agolpaban frente al absurdo despliegue de un atormentado Javier Milei, que ha perdido todo anclaje con la realidad y le resulta imposible ocultar su deterioro mental. Mientras el poder real planifica el saqueo y la entrega soberana sin intermediación democrática, la política tradicional se consume en la trampa de la timba electoral.

Fernando Gomez

Hay puestas en escena que desnudan el estado de las cosas con una brutalidad que ninguna distopía podía predecir. La reciente presentación de Javier Milei en el Council of the Americas no pertenece al terreno del análisis económico convencional ni a la crónica política de salón: pertenece de lleno a la patología del coloniaje.

Frente a un auditorio colmado de CEOs de corporaciones multinacionales, banqueros de Wall Street y diplomáticos de Washington, el personaje al que simulan reconocer como presidente de nuestro país, en penumbras, volvió a desplegar su repertorio de desbordes, fórmulas marginales de manual y descalificaciones paranoicas. Sin embargo, lo verdaderamente revelador no estuvo en la exaltación desarticulada del atril, sino en la calma imperturbable de las mesas principales.

La élite económica y los operadores foráneos fingen naturalidad ante el espectáculo de una persona con grosero retraso mental, deteriorado en sus funciones cognitivas; lo contemplan con la frialdad del patrón que observa a un bufon grotesco, pero infinitamente eficaz en el objetivo que le fuera impuesto.

"Soy optimista sobre Argentina y el momento de América Latina. Nunca hemos visto una convergencia tan interesante entre lo que el mundo necesita y lo que la región puede ofrecer” dijo Susan Segal, la misma que supo aplaudir dirigentes vinculados a los distintos rincones del sistema político, sin conmoverse frente a un Javier Milei que no la pudo reconocer al ingresar al salón y quedó con el saludo pendiente.

Argentina está naturalizando más estupidez de la que era imaginable que se podría procesar. Javier Milei, ocupando los atributos presidenciales sin estar en efectivo ejercicio del gobierno, es un ejemplo nítido de la capacidad de elongación que tiene una democracia fabricada en el extranjero y para la cual, con toda evidencia, Estados Unidos ha dejado de fabricar el paquete de actualización.

Un combo explosivo de estupidez, deshumanización y vulgarización de la estética política hacen cada vez más distópico un presente que circula a una velocidad infinitamente mas rápida de lo que es factible procesar una reflexión crítica sobre los acontecimientos.

 

La demolición del Estado

"Hay empresas que la están pasando mal, hay empresas que han cerrado, se han perdido puestos de trabajo (...) Si ese es el precio que tenemos que pagar los argentinos para transformar nuestro país, para que nuestros nietos puedan vivir en un país normal y creíble, yo creo que vale la pena" dijo Mario Grinman, presidente de la Cámara Argentina de Comercio y Servicios (CAC), quien está llamado a representar a las empresas que están cerrando, pero defiende los intereses norteamericanos en el país.

El modelo de país al que aspira Grinman pretende seguir escondido detrás de un relato oficial que insiste en presentar la motosierra como una cruzada épica contra los privilegios y la burocracia. Minutos después, desde el estrado, el elogio encendido a Federico Sturzenegger no fue una simple muestra de afecto personal: fue la consagración del verdadero programa.

Sturzenegger -con su frondoso prontuario en el Megacanje de 2001 y el endeudamiento serial de 2018- no encarna el libre mercado; es la demolición quirúrgica de toda capacidad regulatoria del Estado nacional.

No hay aquí repliegue del poder estatal para liberar a la sociedad, sino una transferencia lisa y llana de soberanía pública hacia un puñado de monopolios privados. Cuando el Estado resigna la potestad de fijar tarifas, de custodiar el valor de la moneda, de administrar el comercio exterior y de planificar el uso estratégico de sus recursos naturales, lo que desaparece no es la regulación, sino la intermediación democrática. Las decisiones no dejan de tomarse: simplemente se mudan a los directorios de tres o cuatro corporaciones energéticas y fondos de inversión radicados a miles de kilómetros.

 

El pararrayos del ajuste y el descarte programado

En esta arquitectura, el sobrepasado de medicamentos Javier Milei funciona como el administrador de liquidación de un país. Al poder real no le molestan los gritos ni las sobreactuaciones ideológicas mientras el flujo de la renta extraordinaria no se detenga y la entrega del patrimonio común esté garantizada por leyes a medida como el RIGI.

El establishment tolera y utiliza el histrionismo oficial porque le permite ejecutar a una velocidad pasmosa transformaciones regresivas que, en condiciones de racionalidad política y debate institucional, demandarían décadas de conflicto y resistencia popular. El presidente absorbe el desgaste cotidiano, capitaliza la bronca social y polariza el escenario mientras el poder económico consolida posiciones estructurales.

Pero en los pasillos de organismos como AmCham o el propio Council of the Americas, la ingenuidad no existe. Mientras aplauden la desregulación total, los centros de planificación foránea ya trazan los mapas de contingencia y auditan los recambios institucionales para cuando el experimento choque contra el límite material de la miseria planificada. El administrador siempre es descartable; la renta y el control sobre el territorio deben permanecer intactos.

Se anotaban desde el público dirigentes políticos de toda calaña para ocupar el futuro de la administración colonial del país.

A Estados Unidos, en definitiva, le sobra representación política a lo largo y a lo ancho de la ocupación sistémica de la arquitectura política de una democracia en demolición.

 

La pantalla alienada y el deber de la política

Que este grotesco sea naturalizado por el sistema político y mediático no es una casualidad: es el síntoma de una democracia de audiencias anestesiada por el consumo digital permanente y la fragmentación social. Encerrada en la lógica del clip, la indignación efímera y la timba electoral, la dirigencia tradicional parece incapaz de formular una respuesta que trascienda la especulación de corto plazo.

Esperar que la catástrofe madure por su propio peso o confiar en que un mero turno electoral devolverá mágicamente la conducción del destino nacional es una capitulación encubierta. Las corporaciones no compiten en elecciones; planifican a veinte años, controlan la energía, administran los algoritmos y diseñan el enclave.

Recuperar la iniciativa exige abandonar el rol de espectadores del absurdo. La reconstrucción no vendrá de las pantallas ni de los atajos palaciegos, sino de la capacidad del movimiento nacional y popular para volver a poner los pies en la tierra, organizar la comunidad y asumir la disputa de fondo: o se convalida la condición de factoría colonial administrada por delegados de turno, o se reconstruye un proyecto soberano con poder real para planificar la patria.

 

Fernando Gomez

Fernando Gómez es editor de InfoNativa. Vicepresidente de la Federación de Diarios y Comunicadores de la República Argentina (FADICCRA). Ex Director de la Revista Oveja Negra. Militante peronista. Abogado.

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