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El pueblo de los milagros sencillos


18 de julio de 2026

Una edición que sale a la luz en las vísperas de la final de un Mundial, la segunda final consecutiva que disputa nuestra selección. El fútbol, ese maravilloso capricho que nos hermana y nos define, nos devuelve una certeza que la política parece haber olvidado: que cuando salimos a pelear, lo imposible sólo tarda un poco más.

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Una edición que sale a la luz en las vísperas de la final de un Mundial, la segunda final consecutiva que disputa nuestra selección. Aún con el corazón encendido tras una semifinal con sabor a mucho más, en la que dejamos atrás a los ingleses, como nos impone la historia, como nos demanda nuestro orgullo, como lo deseaba el Diego, como lo vivieron jugadores, cuerpo técnico y cada uno de los millones de compatriotas que no encuadran en el cipayismo mental con el que unos pocos atraviesan esta vida.

Unas líneas, apenas, que no tienen otra pretensión que dar forma al puñado de emociones que el nudo en el estómago deja aflorar. Una mezcla entre ansiedad contenida que a poco de andar se transformará en extremo nerviosismo, una ilusión que no se apaga con la tercera copa conquistada y un manojo de emociones que no se contienen del todo en la epopeya contra los piratas. Juega la selección argentina, y hay un sueño que permanece intacto.

Somos un pueblo de milagros sencillos. De esos que se gestan con mucho sacrificio, que se forjan en emociones colectivas, que no necesitan la convalidación de nadie, que no aceptan imposturas ni maquillaje para disfrutarse.

El fútbol, ese maravilloso capricho que nos hermana y nos define, nos devuelve una certeza que la política parece haber olvidado: que cuando salimos a pelear, lo imposible sólo tarda un poco más. Y en esa certeza, hay una lección que trasciende la cancha: que la organización colectiva, la fe compartida, el amor por lo que somos, es la única forma de vencer a cualquier adversario.

Por eso, cuando mañana los pibes salten a la cancha, no va a ser solo un partido. Va a ser la confirmación de que la alegría no es un lujo, es un derecho. Que la alegría compartida no es una excepción, es un horizonte que precisamos remontar más allá del fútbol.

Mañana, cuando empiece a rodar la pelota, un grito colectivo demandará la felicidad de obtener la cuarta copa del mundo. Como dijo el capitán, esa alegría para los que la pasan mal, los que no tienen laburo, los que no llegan a fin de mes. Alegría cargada de identidad nacional, que no acepta que lo llamen "patriotismo berreta" como lo hizo el colonizado subnormal que ocupa la presidencia.

Un respiro de felicidad para aquellos millones que la pasan para la mierda. Una postal de la grandeza de una Patria que necesita reencauzar su destino político en ese camino.

Somos eso, en definitiva, un pueblo de milagros sencillos. Que hoy se esperanza con que Lío y sus muchachos, como alguna vez lo hizo Diego, nos regalen una nueva alegría con tan poco como una pelota. Mientras otros, que con tanto, nos traen siempre tanta tristeza y no están dispuestos a darnos tregua.

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