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EEUU, un pais bañado en sangre


28 de febrero de 2026

En lo que va de la década actual hemos presenciado el despliegue planetario permanente de la violencia directa o indirecta de los Estados Unidos y sus socios de la OTAN. Toda la periferia se ha convertido en su mega objetivo militar. La decadencia del sistema que se estructuró a lo largo del siglo XX constituye hoy el proceso sobre determinante. La violencia imperial es una expresión de su decadencia.

Silvio Schachter

 “La sociedad estadounidense fue construida por fanáticos religiosos que promovieron la lucha armada, el conflicto, la guerra, la violencia y el genocidio”. Paul Auster

 

El novelista Paul Auster[1] públicó en 2023  un ensayo sobre la matriz histórica de la violencia y la proliferación de armas en EEUU. Rastrea la violencia desde el genocidio de  los pueblos nativos y la esclavitud hasta los tiroteos actuales, vinculando ambos al  ADN violento del país. El texto, aunque no lo propone, habilita la reflexión de la relacion entre  las causas   de la violencia interna con la política belicista basada en la prepotencia de su  hegemonía militar.

Es un su último libro, fallecio en 2024, Auster describe el credo  sobre el que se fundó la república estadounidense como “una mentira hipócrita”. “La violencia, estuvo desde el principio arraigada en todo el proyecto de la nación  estadounidense, Estados Unidos es un país inventado, basado en la premisa del capitalismo, donde hay conflicto, competencia, ganadores y perdedores”.

Combina ensayo, historia, y fotografía documental en blanco y negro de los lugares donde ocurrieron las masacres. Ofrece una perspectiva literaria y humana a un problema a menudo visto solo desde las estadísticas, presentando el tema más tangible y doloroso. Sirve como advertencia sobre la facilidad con la que la cultura de las armas se integra en la vida estadounidense, desde el juego infantil hasta la muerte adulta.

“Concluí que muchos estadounidenses consideran las muertes por armas de fuego como accidentes de tráfico: una consecuencia inevitable, aunque horrible, de la vida cotidiana.”

Si bien la  mayoría de los estadounidenses que mueren a tiros no lo hacen en tiroteos masivos, estos son los acontecimientos  que captan la atención y movilizan a manifestantes y legisladores. Siempre que ocurre un incidente de este tipo, la urgencia de hacer algo se ve pronto eclipsada por una sensación de resignación ante la idea de que nada cambiará, porque una minoría significativa y bien organizada cree que nada debe cambiar.

 Señala: "La relación de Estados Unidos con las armas es todo menos racional y, por lo tanto, hemos hecho poco o nada para solucionar el problema. Para entender cómo llegamos aquí, debemos alejarnos del presente y retroceder al principio, a la época anterior a la invención de Estados Unidos". Existe un apego atávico a las armas de fuego en Estados Unidos que las sitúa en el centro de algunos de los mitos más preciados del país. El arma habla de autosuficiencia, habla de masculinidad y de propiedad.

En EEUU hay más armas en manos civiles  que personas. Cada año, unas 40.000 personas son víctimas del  uso de armas.  Más de 1.100 personas son asesinadas por la policía cada año en Estados Unidos, un promedio de aproximadamente 3 personas muertas por día  según análisis de datos de Mapping Police Violence .

Entre 1968 y 2017, más de 1,5 millones de estadounidenses murieron por armas de fuego. La cifra supera el número de soldados muertos en todos los conflictos militares estadounidenses desde la Guerra de la Independencia.

La población estadounidense posee 393 millones de armas: más armas que cualquier otro país del norte global.  Esto no significa que todos posean un arma. Más bien, un número determinado de  propietarios poseen múltiples armas.

En Estados Unidos hay  120,5 armas  por cada 100 habitantes. En Canadá 34/100, en Finlandia  32/100,  en Alemania  20/100 y en Francia  20 cada 100. Los estadounidenses tienen 25 veces más probabilidades de recibir disparos que las personas que residen en la mayoría de los  países europeos.

Auster señala también que si por algún milagro mañana se dejaran de fabricar armas, aún habría casi 400 millones en circulación en Estados Unidos, suficientes para armar a todos los hombres, mujeres y niños. No es que el control de armas basado en el sentido común no importe. Sí importa. Pero al final,  sugiere: “se trata de nosotros, de nuestro carácter, de quiénes somos como nación. O, dicho de forma más acertada, de quiénes no somos.”

Los tiroteos han afectado a las escuelas más que a otras instituciones.  Ha  habido 228 episodios de violencia armada en escuelas y universidades de todo el país en la última década.   El cine abordó este tema. Bowling for Columbine, el documental escrito y dirigido por Michael Moore en 2002, explora las causas principales de la masacre de la escuela secundaria de Columbine en 1999 donde resultaron asesinados 12 estudiantes y un profesor, y heridas otras 21 personas, y ofrece incontrovertibles imágenes de lo simple que es adquirir todo tipo de armas y municiones.  Gus Van Sant dirigió el multipremiado  film Elephant (2003) basado en los mismo hechos. Luciano Giletta realizó en 2006 un conmovedor  documental  con imágenes de las habitaciones vacías de los niños asesinados en las sucesivas masacres en escuelas. Sólo en este nuevo milenio se registraron 132 homicidios de niños y niñas. Pero nada puede contra el lobby de los fabricantes de armas. Tras la masacre en la escuela secundaria Marjory Stoneman Douglas de Florida, en febrero de 2018, donde murieron 17 estudiantes y maestros, políticos y líderes cívicos ofrecen plegarias vacías y planes cínicos, incluyendo la absurda sugerencia de que se debería armar a los maestros.

Las masacres han ocurrido en diversos escenarios: escuelas, supermercados, iglesias, eventos culturales, pueden suceder en un hotel, en una discoteca o en un cine. Son omnipresentes en la vida de los estadounidenses.

Las estadísticas no consideran a los heridos ni el  profundo daño psicológico que traumatiza a los niños y adultos que lograron sobrevivir a las matanzas. Muchos de estos jóvenes abandonaron la escuela, se automedican, se aíslan, pierden contacto con la sociedad y se vuelven más vulnerables y propensos a la ira. Por ejemplo, durante  el aislamiento forzoso en la pandemia las tasas de homicidios se redoblaron. En 2020, los asesinatos aumentaron un 30% con respecto al año anterior. Hubo 88 tiroteos masivos en comparación con los 42 en el mismo mes de 2019.

En Las Vegas, el 1 de octubre de 2017 durante la celebración del festival de música country Route 91 Harvest, Stephen Paddock, disparó contra la multitud desde su habitación en el piso 32 del hotel Mandalay Bay, y causo  59 muertes y 851 heridos. En los días precedentes a la matanza, Paddock depositó un total de veintidós maletas en la suite de su hotel, que contenían un total de catorce fusiles AR-15 equipados con acelerador de disparos y cargadores de cien balas, ocho fusiles tipo AR-10, un fusil de cerrojo y un revólver, que fue el arma que utilizó para suicidarse. Era como los otros protagonistas de estas masacres:  hombres blancos, racistas, desequilibrados que, cargados de odio,  deciden vengarse contra la sociedad sin que les importe demasiado quiénes serán sus víctimas.

Los defensores de la muerte se basan una y otra vez en la Segunda Enmienda de la Constitución, aprobada en 1789,  que  dice: “Una milicia bien organizada, es  necesaria para la seguridad de un estado libre, el derecho del pueblo a poseer y portar armas no será vulnerado”. Millones  consideran que poseer armas es esencial para el estilo de vida estadounidense.

 En plena campaña electoral Eric Greitens, durante su candidatura a la nominación republicana al Senado por Missouri, produjo un anuncio en el que posaba con un rifle en la mano, acompañado de cuatro hombres armados con uniforme militar.

La violencia del ICE que persigue y ataca a los inmigrantes es una milicia brutal que recuerda a    las patrullas cazadoras de esclavos de los siglos XVIII y XIX Un nativismo racista que se remonta desde los inicios de EEUU hasta nuestros días, lo cual no deja de ser paradójico en un país fundado por inmigrantes. Las patrullas fueron la base sobre la  que se creó  la policía que  tiene en su ADN ese patrón racista.

Las patrullas de esclavos comenzaron alrededor del año 1700 para vigilar y controlar a los negros esclavizados. Formadas por hombres blancos, tenían una función de control racial para mantener el modelo de producción económico sostenido sobre el esclavismo. Las patrullas buscaban alojamientos de esclavos, cazaban fugitivos, detenían a esclavos en las carreteras y disolvían sus reuniones para evitar que organizaran conspiraciones y revueltas. Eran  patrullas conocidas por su brutalidad,  aterrorizaban, torturaban, violaban y humillaban tanto a los negros esclavizados como a los libres.

El pensamiento de la América profunda, esa porción inmensa del territorio interior, alejado de las grandes urbes y que vive en comunidades pequeñas y aisladas, apegadas a confesiones evangelistas,  que desconfían del sistema y de los políticos de Washington que, según ellos, intentan cercenar sus sagrados derechos, y para quienes llevar un arma de fuego es algo que no admite discusión, es  donde la derecha conservadora y puritana obtiene sus mejores resultados electorales. En ellos se nutre MAGA,  Make America Great Again, el eslogan racista popularizado por Donald Trump en su campaña presidencial.

 

Los crímenes  de origen y el ICE.

“Nadie es ilegal en tierra robada”.

Los dos crímenes que están en la base de la fundación de la Nación estadounidense  son el genocidio de indígenas nativos y la esclavitud.

Desde su fundación, Estados Unidos ha privado sistemáticamente a los indígenas de su derecho a la vida y de sus derechos políticos, económicos y culturales básicos mediante asesinatos, desplazamientos y asimilación forzada, en un intento por erradicar física y culturalmente a este grupo.

 Desde que los colonos inmigrantes pusieron pie en América del Norte, se dedicaron a masacrar a los nativos americanos. Las estadísticas revelan que, desde su independencia en 1776, el gobierno estadounidense ha lanzado más de 1500 ataques contra tribus indígenas, apoderándose de sus tierras y cometiendo innumerables crímenes. En 1814, el gobierno estadounidense decretó que otorgaría entre 50 y 100 dólares por cada cráneo indígena entregado. En 1830, Estados Unidos aprobó la Ley de Traslado de los Indios, que institucionalizó la reubicación forzada de los indígenas del país. Esta ley privó legalmente a las tribus indígenas del derecho a vivir en sus tierras. La apropiación privada de tierra, junto a la mano de obra esclava   constituyeron un pilar esencial en el desarrollo capitalista de EEUU

Antes de la llegada de los colonos blancos en 1492, había 5 millones de nativos, sin embargo, para 1800, la cifra se desplomó a 600.000. Según la Oficina del Censo de Estados Unidos, el número de nativos americanos en 1900 era de tan solo 237.000. Entre 1800 y 1900,, la proporción de americanos nativos sobre la población total  de Estados Unidos se redujo del 10,15 % al 0,31 %.

La política de exterminio continuó durante el siglo XX. En 1930, la Oficina de Asuntos Indígenas de EE. UU comenzó a esterilizar a mujeres indígenas a través del programa del Servicio de Salud Indígena. La esterilización se realizaba con el pretexto de proteger la salud de las mujeres indígenas y, en algunos casos, incluso sin su conocimiento. Las estadísticas indican que, a principios de la década de 1970, más del 42 % de las mujeres indígenas en edad fértil eran esterilizadas. Esto provocó la casi extinción de muchas pequeñas tribus. Para 1976, aproximadamente 70 000 mujeres indígenas habían sido esterilizadas a la fuerza.

Para encubrir este genocidio,  los historiadores,  junto al  cine y la televisión, han glorificado la conquista del oeste como la búsqueda del desarrollo económico del pueblo estadounidense con una épica de buenos colonos hostilizados por salvajes.   

Roxanne Dunbar-Ortiz,[2] historiadora estadounidense dedicada al estudio de los pueblos indígenas, concluyó que los cinco actos de genocidio enumerados en la Convención para la Prevención y la Sanción del Delito de Genocidio se encuentran en los crímenes que Estados Unidos cometió contra los indígenas americanos. Ningún gobierno   ha admitido oficialmente que las atrocidades cometidas contra los nativos americanos constituyen actos de genocidio.

Actualmente existen alrededor de 310 reservas indígenas en Estados Unidos, que representan aproximadamente el 2,3 % del territorio estadounidense. Estas reservas se ubican principalmente en zonas remotas y áridas, con precarias condiciones de vida y acceso inadecuado al agua y otros recursos vitales, donde el 60 % de la red vial es de tierra o grava. A primera vista, los indígenas ya no son objeto de "exterminio", sino simplemente "olvidados", "invisibles" y "discriminados"; sin embargo, en realidad, simplemente se les abandona allí para que se  extingan.

No se puede entender a Estados Unidos sin los 250 años de esclavitud que siguieron al primer desembarco de cautivos en Jamestown, en agosto de 1619. Eric Foner, en su manual de historia americana Give Me Liberty, explica que entre 1492 y 1820 más de diez millones de hombres, mujeres y niños capturados violentamente en África fueron llevados como esclavos al llamado nuevo mundo. De ellos el 6 % fue al norte de América.  El noventa y cinco por ciento de los esclavos  vivían en el Sur, representando un tercio de la población de esa región. El trabajo de los esclavos fue un factor importante en la acumulación de riqueza en los Estados Unidos en la primera mitad del siglo XIX. Según el censo de 1860 la  población esclava en los Estados Unidos había crecido hasta los cuatro millones.

Esta violencia arraiga en la ontología de la sociedad supremacista, la violencia del Sur bajo las leyes de Jim Crow que rigieron entre 1877-1965, las leyes que   impusieron una segregación racial sistemática. Prohibían la mezcla de blancos y afroamericanos en escuelas, transporte, restaurantes y lugares públicos. La  violencia donde  la pobreza es  aplastante. La violencia armada que sacude a los  barrios económicamente desfavorecidos y aislados,  los lugares donde la ventana de oportunidades se ha reducido. La violencia en  la retórica política que se ha vuelto particularmente generalizada y peligrosa en estos tiempos trumpianos. Hoy persiste en el sobre policiamiento de  barrios, donde los  sesgos racistas  implícitos se transforman en  patrullajes agresivos y un menor margen de tolerancia hacia los afrodescendientes. Prácticas que continúan  la larga historia  de violencia y  criminalización racial. Como señala Loic Wacquant [3]  "los afroamericanos constituyen aproximadamente 13 % de la población total de EE. UU. sin embargo en las prisiones estatales y federales, son el 33 % de la población carcelaria" Esto indica que la proporción de afroamericanos en prisión es más de dos veces y media mayor que su proporción en la población general .Las estadísticas indican no sólo que los negros son la mayor población carcelaria en el país sino que son también las principales víctimas de los asesinatos policiales a quemarropa.

La racialización supremacista blanca  para justificar los horrores de la esclavitud no se agotó con su abolición, los actos de violencia recrudecieron en el siglo XX, las masacres de afrodecendientes  se reiteraron impunemente. Una de las peores se dio en Greenwood, Oklahoma entre 1921,  cuando una multitud de blancos armados, con apoyo de oficiales, atacó a residentes, incendió y destruyó hogares, negocios, iglesias y escuelas. Las  investigaciones confirmaron  que 300  afroamericanos fueron asesinados y miles quedaron sin hogar. El episodio fue ocultado durante décadas por autoridades locales y federales.  Dos años después, en enero de 1923, turbas blancas atacaron el pueblo de Rosewood, destruyendo casi todas las viviendas y desplazando a la población negra. El pueblo fue prácticamente borrado, y sus habitantes nunca regresaron. Organizaciones como la Equal Justice Initiative han documentado que entre 1877 y 1950 cerca de 4 000 afroamericanos fueron linchados,  lo que muestra la magnitud del racismo letal. Las estadísticas modernas muestran que entre 1976 y 2008 hubo unos 329 825 homicidios de afroamericanos en EE. UU. La abundancia de armas fue una de las causas que hicieron  posibles ambos fenómenos brutales. Pero a pesar de la evidencia, Estados Unidos se niega, como señala Auster,  a aceptar la sangre derramada.

 

EEUU y la globalización de la guerra

Paul Auster no se propuso relacionar la  violencia letal que atraviesa la historia constitutiva  de la sociedad estadunidense con su política bélica hacia el resto del mundo, pero resulta claro  cómo una subjetividad permeada por la naturalización del uso de las armas, en todos sus registros, unido a sus relatos del destino manifiesto y el supremacismo racial, salvo excepciones como la guerra de Vietnam,  tiende a justificar las acciones del mayor iniciador de guerras en el último siglo, desde Monroe a Trump, que mantiene un gasto bélico que excede al de los siguientes 10 países combinados y posee bases militares alrededor de todo el planeta pasando por encima de la soberanía de los países. el derecho a la portación de armas fue inyectado ideológicamente en el inconsciente estructural de los EE.UU., de tal modo que los hombres blancos se creen con el derecho otorgado por Dios de que pueden demonizar y conquistar naciones presuntamente inferiores. Un espejo donde el sionismo se siente reflejado para avanzar en el genocidio palestino.

Paul Auster acusa como  causantes de tanta muerte y desgracia, a los que obtienen obscenos beneficios de la tenencia de armas y constituyen un lobby importantísimo que muchas veces decide la elección del presidente de la nación, la ANR y los fabricantes de toda clase de artilugios letales que no consentirá que ninguna ley restrinja su comercio.

La industria armamentista, como parte de un complejo industrial militar mucho más amplio, que factura miles de millones de dólares, cumple una función específica para proteger y asegurar los intereses del capital, del imperialismo de EE.UU. y en favor del racismo, y todo ello funciona de manera conjunta para apoyar la acumulación de capital de la clase transnacional capitalista.

En los Estados Unidos se fabrican armas para dos mercados principales: el militar y el consumo civil. Las armas forman parte del gran complejo militar industrial que incluye al ejército, al sistema carcelario, a la institución policial,  las escuelas de entrenamiento y los programas de seguridad privada y el enorme comercio de armas y municiones para civiles .

EE.UU. produce más armas que cualquier otra nación. Lidera el armamento mundial, exportando el 38,6% del total global,  representando más del 40% del gasto militar mundial en 2025. Posee cerca del 45% de todas las armas civiles en el mundo.

En lo que va de la década actual hemos presenciado el despliegue planetario permanente de la violencia directa o indirecta de los Estados Unidos y sus socios de la OTAN. Toda la periferia se ha convertido en su mega objetivo militar. La decadencia del sistema que se estructuró a lo largo del siglo XX  constituye  hoy el proceso sobre determinante. La violencia imperial es una  expresión de su decadencia. Como sostiene John Bellamy Foster, “La pérdida de legitimidad del aparato militar occidental aparece como un rasgo decisivo de esta  decadencia, pero la reproducción imperialista continúa y el ejercicio de la violencia contra la periferia retoma la vieja tradición de los ejércitos mercenarios”.

 


[1] Paul Benjamin Auster (Newark, Nueva Jersey; 3 de febrero de 1947-Nueva York, 30 de abril de 2024)? fue un escritor, guionista y director de cine estadounidense. Sus textos han sido traducidos a más de cuarenta lenguas.[2]? Fue nombrado Caballero de la Orden de las Artes y las Letras de Francia en 1992 y recibió el Premio Príncipe de Asturias de las Letras en 2006. Entre sus obras más destacadas figuran: La trilogía de Nueva York, El palacio de la luna, Leviatán, Brooklyn Follies y La noche del oráculo. Obras teatrales: Escondite y Laurel y Hardy van al cielo. Realizo el guion y codirigió las películas Smoke (Cigarros) y Heridas de amor.

[2] Roxanne Dumbar Ortiz:La historia indigena de Estados Unidos. Editorial Capitan Swing libros, 2015

[3] Loïc Wacquant: Las carceles de la miseria. Editorial Manantial

Silvio Schachter

Silvio Schachter es arquitecto, periodista, ensayista, investigador de temáticas urbanas. Miembro del consejo de redacción de Herramienta

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