Todos los días del mundo existe una forma de resucitar
19 de abril de 2025
La Pascua como el centro de la fe cristiana y una mirada de liberación centrada en la Resurrección. Reflexión de la profesora en Ciencias Sagradas, Florencia Sosa.
Vivimos una sociedad sacrificial, una sociedad a la que sus gobernantes le viven exigiendo sacrificios y esfuerzos, y todo se acepta con una mansedumbre aterradora; una sociedad a la que no se le pide morir por la patria pero que muchos mueren por causas evitables o a causa de la acción criminal de los políticos que administran ocasionalmente el Estado.
¿Cuáles serán los instrumentos que posibilitan que millones de personas nos ofrezcamos en sacrificio para beneplácito de organismos internacionales de crédito y potencias extranjeras?
En los últimos tiempos se han incrementado exponencialmente las herramientas de control y sometimiento social, siendo las redes sociales las más eficaces; pero también hay tradiciones y rituales de instituciones como la Iglesia Católica, que pueden ser utilizados para condicionar o adormilar la voluntad liberadora de los pueblos. Centrar la pascua en la Resurrección y no en la pasión y muerte de Jesucristo nos puede ayudar a salir de este presente oscuro de opresión y muerte.
Florencia nos propone mirar la Pascua a través de los ojos de Cristo resucitado y encontrar allí el profundo sentido de liberación de esta fiesta.
Todos los días del mundo existe una forma de resucitar.
Para los cristianos la Pascua es la fiesta más importante. Allí está el centro de nuestra fe.
En la Pascua celebramos que Jesús resucitó. Así lo anunciaban sus discípulos: "Jesús, el Nazareno, hombre acreditado por Dios ante vosotros con milagros (...) fue entregado según el determinado designio (...) Vosotros lo matasteis clavándole en la cruz por mano de unos impíos. Pero Dios lo resucitó librándolo de los lazos del Hades, pues no era posible que lo retuviera bajo su dominio" (Hechos de los Apóstoles 2, 22b:25).
Durante la Semana Santa, que inicia el Domingo de Ramos y finaliza el Domingo de Pascua, vamos celebrando y conmemorando distintos misterios en relación a la pasión, muerte y resurrección de Jesús.
Sin embargo, la vida de fe de muchos creyentes pareciera haberse quedado detenida en un Vía crucis permanente. Nuestra experiencia de fe muchas veces se reduce a la cruz y a menudo nos encontramos peregrinando hacia el calvario con una carga que se vuelve muy difícil de soportar y de disimular porque “más sufrió Jesús y no se quejó” (así nos enseñaba alguna catequista en nuestra infancia) o “Dios le da mayores cargas a los más fuertes” y al respecto abundan los memes en redes sociales. En el mes de diciembre, pensando en el nuevo año que se avecina, miles de usuarios comparten un “me escondo antes de que Dios empiece a buscar a sus mejores guerreros para el año que viene”.
La existencia del mal en el mundo y la relación entre ese mal y un Dios que se revela como bueno y amoroso, nos deja muchas preguntas abiertas y varias confusiones. A veces, la única certeza que parece resistir es la del binomio cruz y muerte.
Sin embargo, el mismo Jesús, al recordar un pasaje del Antiguo Testamento, nos enseña que Dios no es un Dios de muertos sino de vivos (Mateo 22, 32). Estas palabras son una luz que reconfigura toda nuestra fe, porque si es un Dios de vivos, entonces el final no es la cruz. No es la muerte quien tiene la última palabra, sino la resurrección. Y es que la Resurrección de Jesús, ocurrida de una vez y para siempre, es la puerta abierta a una vida nueva para toda la creación.
Una canción de Tan Biónica reza sabiamente "todos los días del mundo existe una forma de resucitar" ¿Estarán al tanto sus autores de que sintetizaron siglos de Teología en una frase? La Resurrección de Jesús tiene un alcance universal, actual y permanente.
Como señala el teólogo Juan Luis Ruiz de la Peña, la Resurrección no es solo promesa futura, sino acontecimiento presente: en ella comienza ya la transformación de todo lo creado. El Reino de Dios no es un lugar lejano al que aspiramos llegar, sino una realidad que se ha inaugurado con Jesús y que se despliega en lo cotidiano, en cada gesto de amor, de justicia, de entrega. Vivir la fe pascual es aprender a reconocer los signos de la vida nueva que ya está brotando, incluso en medio de nuestras cruces. Porque la resurrección no es solo algo que esperamos: es también algo que habitamos.
Para reconocer los signos de la Resurrección necesitamos mirar distinto. No con ingenuidad ni negando el dolor, sino agudizando la mirada para ver esos brotes nuevos que insisten incluso en medio del caos. Jesús ya hablaba de esto cuando nos llamaba a interpretar los signos de los tiempos. No se refería a contar catástrofes o hacer pronósticos apocalípticos. Se trata más bien de estar atentos a los gestos concretos de vida, de entrega, de ternura que siguen irrumpiendo como buena noticia en medio de tanta desesperanza.
Sería, entonces, resignificar la cruz, verla cubierta de flores.


