La Teoría de la Dependencia Digital: Cecilia Rikap y su nuevo libro
11 de abril de 2026
¿Qué lugar ocupan países como la Argentina en el ecosistema digital? ¿Qué posibilidades de desarrollo genera la instalación de grandes centros de datos en países como la Argentina? ¿Quién decide el rumbo de las investigaciones y cómo se distribuye el conocimiento? Estas son algunas de las preguntas que aborda la economista e investigadora Cecilia Rikap en su nuevo libro, Teoría de la Dependencia Digital.
En su reciente libro, Teoría de la Dependencia Digital (Caja Negra, 2026), la economista e investigadora Cecilia Rikap examina el tipo de relaciones que se producen en el ecosistema digital, cómo es el funcionamiento de los denominados monopolios intelectuales y de qué manera estos grandes conglomerados logran concentrar los conocimientos y subordinar a la competencia, redefiniendo la relación entre países y grandes empresas tecnológicas. Entre otras cuestiones, en el libro Rikap se refiere a las nuevas periferias digitales (América Latina y África, pero también Europa), al extractivismo de datos y a la necesidad de pensar alternativas en busca de una soberanía digital.
Especializada en el estudio de las relaciones entre universidad, Estado y mercado, Rikap es doctora en economía por la Universidad de Buenos Aires e investigadora del CONICET, y actualmente, está radicada en Inglaterra, adonde es Jefa de Investigación del Instituto de Innovación y Propósito Público del University College de Londres e investigadora asociada del laboratorio COSTECH de la Université de Technologie de Compiègne, en Francia.
Durante años, se dedicó al estudio de la producción pública del conocimiento y de los modelos de innovación que permitieron la conformación de grandes monopolios digitales que hoy dominan el mercado mundial, como Meta (Facebook, Instragram y WhatsApp, entre otras), Alphabet (cuya principal empresa es Google) y Apple. También analizó las redes de cooperación y competencia tecnológica de las grandes empresas farmacéuticas y sus relaciones de poder, en particular con universidades y start ups.
Ahora, en su nuevo libro, reúne esa trayectoria y va más allá: revela los riesgos del ecosistema digital actual y se anima a sugerir alternativas. Por ejemplo, comienza desarticulando las narrativas, tanto progresistas como liberales, que prometen progreso y desarrollo a cambio de la instalación de grandes centros de datos de estas empresas o de la adopción acrítica de aplicaciones de inteligencia artificial.
¿Por qué considera falsas promesas a la instalación de los centros de datos?
Por varios motivos, pero incluso, ya podemos ver lo que está pasando en otros países de la región que han aceptado indiscriminadamente la instalación de estos centros de datos, que luego no generan el empleo esperado. Por el contrario, lo que se verifica es más control de los trabajadores y reemplazo de tareas cognitivas, porque el tipo de empleo que generan es principalmente de construcción, y una vez que el centro de datos ya está construido solo se necesitan unas 50 personas por edificio. Además, es posible que las empresas inviertan millones de dólares en estos proyectos pero eso no significa que esos dólares entren al país. De hecho, una gran mayoría va a ir a pagar la importación de semiconductores, que son el principal insumo de los centros de datos, y tampoco generan ningún tipo de encadenamiento productivo, no solo porque para su construcción el costo principal es un insumo importado, sino también porque, una vez construido, el centro de datos es un bloque de cemento abroquelado y quien lo utiliza puede estar en cualquier lugar del mundo. No hace falta que el centro de datos esté instalado en la Argentina para que las empresas y organizaciones del país puedan utilizarlo.
A eso se suma que estos centros de datos consumen grandes cantidades de energía eléctrica y agua para evitar el sobrecalentamiento de la infraestructura.
Exacto, y eso no solo afecta a las poblaciones aledañas, también impide cualquier posibilidad de pensar en el uso de esos recursos para otras industrias y sectores, o de hacer un uso más racional de acuerdo con los límites planetarios. Incluso, cuando los centros de datos usan energías renovables, siempre necesitan reservas de energía fósil. Y aún así, imaginemos un futuro donde el centro de datos funcione con energía renovable y con agua de de descarte, ¿queremos que la energía renovable se use prioritariamente para que funcionen centros de datos y no para generar una transición ecológica del sector de transporte, por ejemplo, o para que todos los hogares accedan a energía renovable y barata? Claramente, eso no está en discusión, simplemente se cree que instalar un centro de datos es sinónimo de que se produzcan los modelos de inteligencia artificial dentro de la Argentina, cuando una cosa no está conectada con la otra.
¿Por todo esto es que se refiere a que los centros de datos son enclaves extractivos, similares a la actividad minera o a la producción de soja?
Claro, porque también es una forma de extractivismo de la naturaleza, que además pone al servicio de seguir expandiendo lo que en el libro y en mis investigaciones en general llamo “el extractivismo de los intangibles”, para englobar tanto el extractivismo de los datos como el del conocimiento, enfatizando que hoy la producción de conocimiento de frontera no se realiza exclusivamente en los centros del capitalismo mundial, sino en sistemas de innovación corporativos que son globales y que involucran a universidades, organismos públicos de investigación y empresas de un montón de países del mundo, pero que después quienes se benefician de ese conocimiento producido colectivamente son unas pocas empresas.
¿Por ejemplo?
Está el caso de las redes de producción de conocimiento de gigantes farmacéuticos junto con miles de instituciones públicas, que luego no se traduce en que compartan la propiedad de las patentes que registran a partir de ese conocimiento. También hay dinámicas más nuevas, específicas de las tecnologías digitales, como la inversión en capital de riesgo en empresas pequeñas o start ups que no obtienen ingresos suficientes para tener ganancias pero reciben inyecciones de liquidez de gigantes tecnológicos. A cambio, estos no solo acceden al conocimiento que están desarrollando las start ups, sino que también pueden influir sobre qué tipo de conocimiento producen, de la misma manera en que influyen sobre el conocimiento que producen las universidades y organismos públicos de investigación que realizan investigaciones con ellas y, por su intermedio, con un montón de otras instituciones de producción de conocimiento público con las que no se vinculan directamente.
¿Esta apropiación de conocimiento también se produce en el caso de “los pibes que programan” que menciona en el libro?
Absolutamente, porque el pibe programando va a trabajar en una pyme desarrollando aplicaciones que después se van a insertar dentro de los ecosistemas o de la nube, o de aplicaciones para celulares, que siempre dominan los gigantes tecnológicos, principalmente de Estados Unidos. O bien van a ser parte de una empresa de Estados Unidos, a veces subordinadas, pero trabajando desde sus casas. Entonces, esas capacidades locales no terminan puestas al servicio de mejorar las condiciones de la mayoría. Esto no debe entenderse como algo peyorativo contra las personas que trabajan vendiendo su capacidad de desarrollo de software, no se trata de ir en contra de trabajadores que están en mejores condiciones que otros, sino de entender la forma estructural de dependencia y la responsabilidad que tienen, tanto los gobiernos, de ofrecer soluciones y pensar creativamente alternativas, como las grandes empresas de tecnología o farmacéuticas, que yo llamo monopolios intelectuales, que orquestan estos sistemas en donde el conocimiento se produce entre muchos pero los beneficios quedan para unos pocos. Esto determina quién desarrolla las aplicaciones que usamos, quién piensa los modelos fundacionales, quién va a hacer un software de ciberseguridad y quién va a estar conceptualizando el futuro de la inteligencia artificial. Todas estas decisiones terminan estando en las manos de estas grandes empresas y no hay un ámbito democrático donde se decida qué tecnologías usamos.
En este ecosistema digital, ¿qué rol ocupa América Latina y la Argentina en particular?
Bueno, no podemos hablar de la Argentina como un paquete cerrado. La teoría de la dependencia ayuda a analizar esto porque, por ejemplo, en ella ya aparece la responsabilidad de actores locales cómplices del subdesarrollo, que en aquel entonces se beneficiaban de una matriz productiva extractiva de productos primarios, dependientes de la tierra. Hoy, no se trata de que esa matriz haya sido reemplazada por completo, sino que la Argentina y América Latina siguen siendo países que en la división internacional del trabajo proveen fundamentalmente materias primas y sigue habiendo complicidad en las oligarquías del campo, pero también aparecen otros cómplices locales que sí producen frontera tecnológica, que lo hacen dependiendo, en parte, de las tecnologías de las gigantes desde la nube y no pudiendo funcionar sin esas empresas.
En el libro se citan algunos ejemplos…
Sí. Me refiero a los Mercado Libre, los Globant o los Despegar, pero también podríamos pensar lo mismo de una empresa como Rapi en Colombia o de otras en Brasil, que también alcanzan la calificación de unicornios y ninguna tiene como vocación mejorar las condiciones de vida de la mayoría, sino de hacer un negocio. Y, por supuesto, una empresa no tiene por qué buscar el beneficio de las mayorías pero, por eso mismo, si queremos pensar en un desarrollo tecnológico distinto, las decisiones no pueden quedar en manos de las empresas. Y eso no solo ocurre al depender estratégicamente de la nube de Amazon o de Google, también pasa cuando esas grandes empresas utilizan esa dependencia y sus capacidades para extraer la mayor cantidad de valor posible del resto de las organizaciones y de los individuos que participan en sus plataformas.
¿Y China, qué lugar ocupa en este ecosistema digital, presenta alguna alternativa diferente?
No. Se repite el mismo tipo de estrategia en la que las gigantes tecnológicas chinas subordinan a las start ups, utilizan el conocimiento público de las universidades chinas, con el beneplácito y la promoción del gobierno chino que también les facilita acceso a datos y espera, obviamente, como contraparte, acceso también a datos de las propias empresas chinas. Entonces, más allá de que en la división de poderes el gobierno chino pueda controlarlas un poco más, eso no redunda en una sociedad más democrática ni más abierta, en donde se produzca tecnología al servicio de las necesidades de las mayorías ni dentro de los límites planetarios.
Entonces, frente a esta dependencia digital que venimos conversando, en tu libro sugerís la necesidad de buscar la soberanía digital. ¿Podrías ampliar este concepto?
Sí. Soberanía es poder decidir de manera democrática qué presente y qué futuro queremos, y llevada a las tecnologías digitales, que son tecnologías de gobierno, tecnologías que procesan información y por lo tanto informan a los que gobiernan, decididamente, no podemos tener Estados que dependen de las tecnologías de estas empresas. Es súper importante empezar a pensar alternativas que vayan más allá de lo defensivo. No alcanza con regular, con esperar que las oficinas de defensa de la competencia le cobren tal o cual multa o limiten tal o cual comportamiento. Además, estas tecnologías son demasiado importantes para que las decisiones sobre qué se produce, cómo, para qué y qué datos se pueden recuperar queden en manos privadas, como sucede hoy.
La idea de soberanía también está asociada a la producción local, sin embargo, en este caso no sería suficiente.
Exacto. En eso, el ejemplo de los centros de datos es muy ilustrativo: podés tener un montón de centros de datos pero van a ser enclaves extractivos, van a ser militares de un país extranjero en tu territorio y no vas a tener ninguna capacidad de injerencia. De hecho, por medio del Cloud Act, el gobierno de Estados Unidos puede tener acceso a los datos que estén almacenados en nubes de empresas estadounidenses, en centros de datos de empresas estadounidenses, no importa adónde estén alojadas físicamente. Y China tiene una regulación análoga. Pero no se trata solamente de la seguridad, de preservar los derechos personales y las libertades civiles, sino de cómo desde la Argentina y desde los distintos países de las periferias podemos pensar e imaginar una producción de tecnología digital distinta, y eso no significa que sea peor o de segunda, significa utilizar capacidades de frontera para decidir de manera democrática y colectiva qué tecnología queremos, para qué, para quién, quién la va a producir, cómo se va a producir.
Pensar en esas alternativas no parece sencillo, pero en su libro propone pensar en estas tecnologías como bienes públicos. ¿Podría ampliar esta idea?
Sí. La propuesta de avanzar en alternativas y no solo quedarse en la pata defensiva es difícil. Muchas veces, hay una tentación a tratar de encontrar una solución, una aplicación, un subsidio, una ley de promoción de la industria o algo por el estilo. Eso no va a funcionar. Hace falta reconocer que hay eslabones dentro de la cadena de valor de la producción de tecnologías digitales que necesitan ser bienes públicos. Habrá otros eslabones en donde puede haber competencia y mercados, por ejemplo, en las aplicaciones y en el desarrollo de software específico, pero es necesario que los eslabones fundacionales sean gestionados como bienes públicos, incluso internacionales. Ese gobierno de la tecnología es indispensable, no solo para que no sigan robando con la apropiación de conocimiento y de bienes comunes, sino también para poder decidir sobre cómo estas tecnologías impactan en nuestro día a día y, principalmente, en el mundo del trabajo, en el control de las y los trabajadores, en qué trabajos reemplazan y cuáles no queremos que se reemplacen, en los modelos que van en detrimento de la capacidad de pensamiento de la humanidad. Me parece que el riesgo más grande que enfrentamos hoy es el de tercerizar en modelos estadísticos nuestra capacidad de pensar y que solo quede una minoría que tiene capacidad de pensamiento propio, que son los que deciden la producción de estas tecnologías.
¿Qué parte, por ejemplo, consideraría como bien público?
La nube y los modelos fundacionales de inteligencia artificial. La nube como ámbito donde se producen y donde se consumen las tecnologías, donde se conecta un software como servicio con otro software como servicio, donde se conecta la infraestructura con el software, donde se conectan los datos con el software. Ese ámbito debería ser público, para que no pueda haber una empresa que dicte cómo producir tecnología y se quede una tajada de cada desarrollo que se haga. Para que también se promueva más la colaboración y no tanto la apropiación privada y se pueda marcar a largo plazo el direccionamiento de la tecnología. El Estado debería hacer licitación de las tecnologías que utiliza y conectarlas unas con otras en una nube verdaderamente pública. Eso no significa que todas las tecnologías que tenga que usar el Estado vayan a ser abiertas. Podrá haber una compra de software de alguna empresa que le ofrece un servicio al Estado, pero este siempre tiene que poder auditar el código, el Estado siempre tiene que poder decidir qué tipo de software comprar.
¿Y los modelos fundacionales de inteligencia artificial?
En materia de modelos fundacionales de inteligencia artificial, hace falta pensar cuáles hacen falta, cuáles no, para qué y para quién. Por ejemplo, contar con plataformas del estilo de las redes sociales que funcionen como un bien público es sumamente importante. Si no, cuando hay olas en contra de una empresa, la gente se va de la empresa A a la empresa B, que no es sustancialmente diferente. Por ejemplo, hoy asistimos a un crecimiento de LinkedIn, en parte porque la gente se quiso ir de las plataformas de Meta por asociarlas a la promoción de publicidad dirigida que genera sentimientos como la depresión y comportamientos nocivos, pero LinkedIn es bastante parecida, opera exactamente igual y es de Microsoft. Hay algunas pocas alternativas que operan de manera distinta y me parece que hay espacio para pensar en poder auditar los algoritmos en sus funciones fundamentales. Peo para eso es necesario que la solución permanezca pública. Lo que no significa dominada por un gobierno de turno ni que sea nacional, significa que tiene que ser gestionada y gobernada como bien común, colectivo, y que tiene que ser posible el acceso completo al conocimiento. Insisto, podrá haber aplicaciones y desarrollos que queden en secreto, pero los eslabones fundamentales, que llevan a una concentración de una parte de estas cadenas de valor, deberían ser abiertos y pasibles de ser utilizados colectivamente.


