La mente humana: el campo de la batalla cognitiva
23 de octubre de 2026
Frente al avance de los algoritmos y la economía de la atención, la soberanía cognitiva es la última frontera democrática. Sin infraestructura propia ni control estatal de datos, los pueblos quedan reducidos a la colonización mental del tecnocapitalismo. Defender el pensamiento crítico, la privacidad neuronal y la alfabetización algorítmica es hoy el pilar de la seguridad nacional y la libertad.
Basadas en infraestructuras tecnológicas críticas y concentradas, las plataformas digitales disputan la atención humana y moldean hábitos y decisiones a escala global. Si los Estados y sus poblaciones no recuperan el control de estas infraestructuras, ningún sistema democrático podrá sobrevivir.
Nuestras lenguas están profundamente ligadas a la soberanía porque son el vehículo principal de la identidad, la cultura y la autodeterminación de un pueblo. Los Modelos de Lenguaje de Gran Escala (LLM), utilizados para el desarrollo algorítmico de la inteligencia artificial con fuerte impacto cognitivo, identifican la cultura de los magnates tecnológicos de Silicon Valley.
La psicopolítica y la guerra cognitiva en la estrategia por la disputa.
Cuando una persona, una comunidad o una nación puede gobernar sus propios pensamientos, atención, decisiones y recursos mentales, dispone de soberanía cognitiva. La disputa frente al control que ejercen los algoritmos, la economía de la atención y la inteligencia artificial demanda a los Estados garantizar el cuidado de su población mediante normas, regulaciones y alfabetización algorítmica que limiten el poder de las plataformas tecnológicas en el avasallamiento cognitivo de la población.
La falta de infraestructura y control estatal sobre los datos masivos pone en riesgo la autonomía cultural y democrática de los países frente a corporaciones tecnológicas.
La soberanía cognitiva implica tener autonomía frente a los algoritmos para mantener las capacidades de elegir con criterio propio qué consumir, qué pensar o qué decidir, en lugar de ceder esa potestad a sistemas de recomendación automatizados y al consumo acrítico de datos estructurados en información como respuestas de las IA generativas.
El contexto al que estamos expuestos varía según se trate de la IA, las interfaces cerebro-máquina y el análisis de la actividad cerebral, o de los algoritmos de las redes sociales, los juegos en línea, las apuestas deportivas y las plataformas de video o música por demanda para captar o «fidelizar» la atención.
Si nos acotamos a la IA y a su gobernanza, la soberanía cognitiva puede definirse como el hecho de que un Estado disponga de sus propias estructuras generadoras de inteligencia, así como de la capacidad de proteger a su población de cualquier acto de guerra cognitiva destinado a mermar su racionalidad.
En este marco, la soberanía cognitiva está fuera del alcance de comprensión de políticos que toman decisiones públicas, como los responsables de un gemelo digital presentado a la sociedad argentina el 22 de mayo de 2026 como una herramienta basada en inteligencia artificial destinada a simular escenarios sociales, anticipar impactos y optimizar el diseño de políticas públicas. El anuncio del Ministerio de Capital Humano sobre la integración de bases de datos estatales para políticas predictivas advirtió sobre la falta de control estatal; la sociedad argentina y sus representantes políticos, gremiales y civiles no estamos dimensionando lo que representa este intento de avasallamiento de la soberanía cognitiva, que, a fin de cuentas, tiene que ver con pensar por vos mismo o que te piensen.
La brecha algorítmica existente se mide por la desigualdad en la capacidad de comprender, cuestionar y controlar el funcionamiento de los algoritmos y la inteligencia artificial. Sin regulaciones estatales, va más allá de tener acceso a la tecnología: la brecha algorítmica divide a quienes saben discernir, verificar fuentes y aprovechar los sistemas automatizados de quienes quedan expuestos o marginados. La falta de comprensión crítica muestra la diferencia entre entender cómo opera un algoritmo y asumir pasivamente lo que muestra en redes sociales o buscadores.
Los modelos de datos utilizados reproducen prejuicios de género, raciales o socioeconómicos presentes en los datos con los que fueron entrenados los algoritmos. El impacto real no es solo tecnológico, sino político y económico sobre quién decide, quién se beneficia y quién es reemplazado.
En la práctica, la soberanía cognitiva supone, en primer lugar, disponer de modelos de IA, centros de datos, chips e infraestructura de telecomunicaciones. También supone fomentar el pensamiento crítico de la población, con el fin de liberarla de cualquier dependencia respecto a la IA. Por último, exige ser capaz de vigilar, detectar y frenar cualquier acto de guerra cognitiva dirigido contra la racionalidad de la población, especialmente mediante la manipulación de algoritmos y modelos de IA.
No es casualidad que el Mando Aliado de Transformación de la OTAN haya designado la cognición como la sexta dimensión de los conflictos modernos, junto con el aire, la tierra, el mar, el espacio y el ciberespacio. La batalla cultural está en pleno desarrollo.
Operación Prometeo
La operación Prometeo propone, por primera vez, un plan trienal para que Francia y sus socios desarrollen un laboratorio de IA de vanguardia capaz de competir con los mejores laboratorios de Estados Unidos, con el fin de garantizar su independencia estratégica.
Proyecta desplegar una descomunal potencia de cálculo que alcance los 12 GW (gigavatios) de capacidad computacional para el año 2029. Doce GW representan una infraestructura colosal, equivalente a la demanda eléctrica de un país mediano o a varias centrales nucleares trabajando exclusivamente para alimentar computadoras.
Los centros de datos de IA más grandes proyectados o en construcción para 2026 suelen rondar entre los 100 MW y 500 MW (0,1 a 0,5 GW). Un complejo de 12 GW podría alimentar simultáneamente a unas 240 supercomputadoras del tamaño de Frontier (la supercomputadora más potente del mundo recientemente, que consume unos 23 MW) o albergar decenas de millones de chips de IA de última generación (como los Nvidia Blackwell) funcionando a pleno rendimiento.
Sobre la base de que el gasto en IA, como porcentaje de los salarios, ya supera el 10 % en las empresas más avanzadas —porcentaje que va en aumento, hasta tal punto que, con el tiempo, podría superar la parte destinada a los salarios—, la IA es ya hoy, y con diferencia, el principal motor del crecimiento estadounidense. No ser autónomos en materia de IA equivaldría a someternos a los imperialismos.
La soberanía tecnológica francesa se sostiene en que importar los flujos de inteligencia artificial equivale a depender de terceros para una parte cada vez mayor de nuestra productividad, nuestro poder industrial y nuestra seguridad.
Francia no cuenta actualmente con ningún modelo de frontera (el nivel más alto de potencia), y los recientes controles estadounidenses a la exportación sobre los mejores modelos de Anthropic ilustran el peligro de esta situación. Sin embargo, ningún laboratorio de este nivel surgirá de forma espontánea sin un esfuerzo por parte del Estado. Aparte de Estados Unidos y China, Francia es el único país que reúne hoy en día las condiciones necesarias para convertirse en la tercera potencia de la frontera, siempre y cuando lo convierta en una prioridad absoluta.
El objetivo técnico, como mencionamos, es alcanzar los 12 gigavatios (GW) de potencia de cálculo en 2029 (trayectoria: 2 GW en 2027, 7 GW en 2028, 12 GW en 2029); es decir, el nivel de los grandes laboratorios estadounidenses. Atraer a los mejores investigadores del mundo para formar parte de un equipo reducido (1.700 personas). Ser capaces, en 2029, de entrenar modelos en la frontera.
El costo estratégico de Prometeo es de 170.000 millones de dólares a partir de 2027 y más de 300.000 millones de dólares en 2029, lo que supone un total de unos 700.000 millones de dólares en tres años. Esto representaría entre el 4,5 % y el 8 % del PIB francés, de los cuales el 1,5 % correspondería a inversión pública anual, lo que constituiría, por tanto, un esfuerzo de una magnitud histórica: sería una decisión presupuestaria fundamental durante el mandato del futuro presidente de la República.
El resto de la financiación provendría de inversiones del sector privado, pero también de capital privado o público procedente de otras potencias medias interesadas en el proyecto (ya sea para obtener beneficios directos o para evitar su propia dependencia del duopolio chino-estadounidense, en un momento en el que estas dos potencias están cerrando el grifo de la IA a sus clientes).
La arquitectura propuesta distingue dos bloques: un laboratorio científico autónomo, en el que el Estado solo tendría una participación minoritaria (25 %), pero mantendría instrumentos de control estratégico; y un amplio programa de infraestructuras (informática, energía, suelo), dirigido por las autoridades públicas, respaldado por una «ley Prometeo» excepcional para agilizar los trámites y por un componente de programación financiera.
Los principales puntos de desacuerdo: más allá del enorme costo y de la aceptabilidad política, en una democracia, de un esfuerzo financiero de tal envergadura para respaldar una tecnología que se enfrenta a una fuerte oposición, la segunda dificultad radica en el suministro de chips y, por lo tanto, en la dependencia inicial de Nvidia y del gobierno estadounidense.
La conclusión estratégica se basa en que las alternativas menos costosas (apostar por el código abierto o negociar una interdependencia con Estados Unidos y China) no ofrecen ninguna garantía de autonomía real. La pregunta decisiva sigue siendo: ¿están dispuestos los defensores de la soberanía francesa a pagar el precio?
Con el lanzamiento de Mistral Large 4, el 6 de octubre de 2026, Francia se coloca en el tercer puesto mundial en materia de IA; Mistral demuestra que, en esta carrera, todo sigue siendo posible.
El costo económico de la colonización cognitiva
Los autores de la operación Prometeo sostienen: «Si continuamos en una situación de vasallaje, la hipótesis explicitada de que el 10 % de la masa salarial sea sustituida o transformada profundamente por la IA nos llevaría, de aquí a dos o tres años, a pagar de forma duradera cada año cinco puntos del PIB en concepto de renta pura a Estados Unidos».
Esto es solo el principio, ya que, con la colonización cognitiva, también se debe renunciar al control sobre la naturaleza, la ergonomía, la interfaz y las funcionalidades de los modelos de IA que, en cualquier caso, serán utilizados cada vez de forma más masiva por la población europea.
No controlar la IA significa no poder hacer frente a sus efectos tan perjudiciales, que ya se están empezando a documentar, en una serie de puestos de trabajo denominados junior.
Esto es más grave si se tiene en cuenta que estos puestos de trabajo son indispensables para la formación de los expertos: es ahí donde se enfrentan al mundo real y adquieren la experiencia que necesitan. Ahora bien, estos expertos, que desempeñan un papel clave en numerosas organizaciones y, por tanto, en el funcionamiento de la economía, son precisamente aquellos en los que tendremos que apoyarnos para supervisar la IA, ya que contarán con los conocimientos necesarios para dialogar con ella de igual a igual.
Quien no controle la producción de la IA no podrá moldearla a sus necesidades. Sin embargo, la IA ha llegado para quedarse, no por fatalidad, sino porque los incentivos para utilizarla son demasiado fuertes. Prescindir de ella pondría gravemente en peligro nuestra competitividad, nuestra defensa y nuestra seguridad. Este contexto debe ser una alerta para Argentina y toda Latinoamérica.
Utilizarla sin producirla equivale, por tanto, a someterse a las decisiones de otros. Y, teniendo en cuenta el impacto que estas decisiones de diseño, funcionamiento y desarrollo tienen sobre nuestra cognición, someterse a ellas equivale a vivir en un estado de colonización constante.
El papel que desempeñan la naturaleza, la ergonomía y la interfaz de los modelos de IA en el ámbito de la educación se va definiendo poco a poco. Algunos diseños llevarían a los alumnos y estudiantes a deshacerse de parte de su carga cognitiva, hasta el punto de que su rendimiento se vería muy disminuido si se les privara de la IA. Del mismo modo, algunos diseños harían que, en ocasiones, la colaboración entre humanos e IA resultara subóptima: en determinadas tareas, el ser humano rendiría mejor por sí solo que con la IA, del mismo modo que esta rendiría mejor sin el ser humano en otras tareas.
Simplificando mucho, se pueden considerar perjudiciales aquellos diseños que ofrecen al humano la máxima fluidez y comodidad. De hecho, lo incitan a delegar su capacidad cognitiva en la IA, a acostumbrarse a no pensar y, sobre todo, a no esforzarse por pensar.
Este concepto de esfuerzo es fundamental: al igual que el esfuerzo físico es indispensable para la salud del cuerpo —algo que la llegada del motor térmico no ha cambiado—, el esfuerzo cognitivo es indispensable para la salud del cerebro. Las IA que permiten obtener el fruto de un trabajo cognitivo sin realizar el más mínimo esfuerzo están, por tanto, acabando con la cognición humana.
Por el contrario, las Cognitive Forcing Functions (funciones que fuerzan el proceso cognitivo) son intervenciones de diseño que interrumpen el pensamiento rápido e intuitivo para forzar una deliberación lenta y analítica. Reducen el sesgo de automatización y la dependencia excesiva de sugerencias incorrectas de la IA mediante la introducción de elementos de fricción como avisos de reflexión, retrasos forzados o recomendaciones iniciales ocultas; estos diseños reintroducen la fricción cognitiva en el núcleo de la interacción con la IA.
La fricción cognitiva consiste en formular la propia respuesta antes de poder consultar la de la IA, responder a preguntas que demuestren que realmente se han leído los documentos presentados y repreguntar a partir de una elaboración propia. Estos diseños resultan beneficiosos, ya que estimulan el esfuerzo cognitivo al tiempo que aprovechan la aportación de la IA.
Los diseñadores de los LLM tienen total libertad para introducir en ellos modificaciones que puedan afectar a la cognición de los humanos que utilizan la IA. Estas modificaciones son tanto más perniciosas cuanto más sutiles son. No se trata de cambiar el nombre del Golfo de México o del Lago Nahuel Huapi, sino de introducir en un modelo matices que modifiquen, de forma muy localizada, la percepción que tienen los usuarios de un concepto. Optar por la vasallización cognitiva supone, por tanto, renunciar también a ejercer control sobre la lengua con la que interactúa una parte cada vez mayor de la población, y dejarla expuesta a una forma de manipulación intrínsecamente difícil de detectar a tiempo.
La decisión de qué modelo de diseño utilizar está en «manos del mercado». Los directivos de las corporaciones del sector tecnológico donde se crean los LLM, sometidos a una enorme presión financiera debido a sus colosales inversiones, se deciden en su gran mayoría por los diseños nocivos, que son mucho más rentables comercialmente que los diseños beneficiosos, pero que generan fricción.
Lo harán por la misma razón por la que las cadenas de comida rápida han prosperado gracias a menús hipercalóricos en lugar de menús saludables.
Sin embargo, cabe destacar que, cuando el debate público se centró en los efectos tan perjudiciales de esta comida chatarra para la salud, la percepción del público fue cambiando poco a poco. Algunas empresas de comida rápida se vieron entonces obligadas a modificar su oferta y a destacar su calidad nutricional.
La superioridad comercial de la comodidad sobre la fricción no es, por tanto, una fatalidad. Pero para ello hay que ser capaz de desarrollar y promover diseños beneficiosos, que asuman esa tensión política y económica.
La feudalización cognitiva es la certeza de que algún día habrá que pagar para intentar contrarrestar los efectos nocivos de los diseños en el sistema educativo y universitario, pero también de ver cómo se merman la productividad y la competitividad de las empresas que utilicen la IA de forma subóptima.
La falta de opciones es, en realidad, una elección
En pocos años, la IA de vanguardia ha pasado de resolver problemas del nivel de las olimpiadas de matemáticas para estudiantes de secundaria a la producción masiva de resultados de investigación significativos, hasta el punto de que el matemático francés Hugo Duminil-Copin, especializado en teoría de las probabilidades, ha podido afirmar que «la IA ha aniquilado su campo de investigación». Y esto, mientras que algunos matemáticos de primer orden parecen apenas empezar a vislumbrar lo que está sucediendo, no porque estén mal informados, sino porque todo ha ido extremadamente rápido.
El argumento principal de Duminil-Copin no es que la IA produzca pruebas ilegibles; él admite que muchas de las pruebas que genera la IA en realidad son cortas y elegantes. En cambio, sostiene que el proceso del descubrimiento humano en matemáticas ha sido vital para desarrollar las matemáticas como una fuerza que impulsa el pensamiento cognitivo humano, como una forma de compartir conocimiento y colaborar entre disciplinas, como algo que ayuda a construir disciplina personal y aprender de los errores, y como una fuente de inspiración para las futuras generaciones de matemáticos. La preocupación de Duminil-Copin es que la IA «petrifica» en vez de empoderar a los matemáticos, dejando vacío un campo de búsqueda intelectual. Desde esta perspectiva, la IA enfrenta las matemáticas contra los matemáticos, y los resultados matemáticos contra las matemáticas como campo de estudio.
En este contexto, «tomarse su tiempo» para decidir si hay que recuperar la soberanía cognitiva equivale a optar por la colonización. Mientras se delibera, los modelos siguen avanzando y la facturación de las big tech sigue aumentando. Tanto los jóvenes como las empresas europeas, chinas y norteamericanas ya utilizan masivamente la IA, y el mercado laboral ya está notando sus efectos.
El camino que se sigue por defecto conduce a una dependencia total de la hegemonía chino-estadounidense en materia de IA, una dependencia con alternativas diferentes en la relación geopolítica. Nuestra región tiene que decidir entre las iniciativas Pax Silica y WAICO.
La primera es una alianza estratégica, una iniciativa impulsada por el gobierno de Estados Unidos para contrarrestar la influencia y el dominio tecnológico de China en sectores clave como la inteligencia artificial (IA), los semiconductores, la energía y los minerales críticos. Firmada por varios países de la región, Argentina entre ellos, muestra cómo la política de Trump fue interfiriendo en los procesos electorales de los últimos dos años.
La segunda, WAICO, es la iniciativa Organización Mundial para la Cooperación en la Inteligencia Artificial, presentada en julio de 2026 durante la Conferencia Mundial de IA (WAIC) en Shanghái, con 29 países miembros fundadores de Asia, África, América Latina y Europa. Con WAICO, China propone un apoyo al Sur Global ofreciendo 5.000 plazas de formación en IA a países en desarrollo en cinco años y crear centros de aplicación para la ASEAN, la Liga Árabe, la Unión Africana, la Organización de Cooperación de Shanghái y los BRICS. Los países de la región firmantes son Brasil, Cuba, Nicaragua y Venezuela.
Recomendaciones sobre la ética de la neurotecnología
El Comité Internacional de Bioética de la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (Unesco) alertó en 2021, con un llamado extendido en 2025, sobre los problemas éticos de la neurotecnología, y recomendó explícitamente reconocer nuevos derechos humanos denominados «neuroderechos», lo que incluye la protección de la privacidad mental y la libertad de pensamiento. El documento aborda expresamente la privacidad mental, los datos neuronales, la autonomía, la identidad y la libertad de pensamiento. La Organización considera particularmente importante que no solo los datos directamente neuronales estén protegidos, sino también datos que permitan inferir estados mentales. Además, señala que la preocupación no se limita a «leer pensamientos» literalmente: también incluye la posibilidad de inferir emociones, intenciones o estados mentales a partir de datos neuronales, o incluso de otros datos biométricos.
Si la batalla por el sentido puede intervenir sobre lo que se ve, escuchamos y creemos, los «neuroderechos» plantean la cuestión de qué ocurre cuando la tecnología puede acceder directamente a las condiciones neuronales de nuestra experiencia y decisión. Un concepto relacionado es la privacidad mental, que apunta específicamente a la protección de la información obtenida de la actividad cerebral.
La manipulación algorítmica es el modo operacional de los equipos de guerra cognitiva en manos de la ultraderecha; el caso brasileño es el laboratorio inmediato sobre la decisión electoral del domingo 25 de octubre. Eso hace doblemente importante estar atentos en pleno siglo de las guerras por el sentido.
Frente a la manipulación algorítmica, las democracias no rendidas a los pies del tecnocapitalismo debemos desarrollar escudos cognitivos basados en alfabetización algorítmica avanzada, higiene de datos y verificación criptográfica del origen de la información. Esto consolida la protección de la autonomía psicológica y la privacidad neuronal como el pilar absoluto de la seguridad nacional del siglo XXI.


