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La guerra de Trump y el frente interno en Estados Unidos


07 de marzo de 2026

La Operación Epic Fury, lanzada en la madrugada del 28 de febrero, no es solamente una guerra en el exterior. Es también, y, sobre todo, una guerra en el interior.

Fernando Esteche

El ataque conjunto de Estados Unidos e Israel sobre Irán —que asesinó al Ayatollah Alí Jamenei, al ministro de Defensa, al comandante de la Guardia Revolucionaria y al menos otras figuras de la Revolución Islámica— abrió en simultáneo un frente de fractura interna que el trumpismo no había calculado, o que subestimó. El tablero al interior de la metrópolis imperial que emerge de esta decisión no tiene precedentes recientes, a diferencia de Irak en 2003, esta vez la resistencia más feroz no viene de la oposición no intervencionista tradicional sino del corazón del propio movimiento que llevó a Trump al poder.

 

La mentira de patas muy cortas

El primer elemento que define la situación es la fractura entre el relato oficial y lo que las propias instituciones del Estado comunicaron al Congreso de acuerdo a la Ley de guerra. La justificación central de la Casa Blanca para el ataque fue que Irán representaba una amenaza inminente, que estaba a punto de lanzar misiles contra bases estadounidenses en la región. La versión mendaz pudo sostenerse sólo 24 horas. El domingo 1 de marzo, en reuniones reservadas de más de noventa minutos con el personal de los comités de seguridad nacional de la Cámara de Representantes y el Senado, funcionarios del Pentágono reconocieron que no existía ningún informe de inteligencia ni prospectivo que sustentara que Irán planeaba atacar primero. Lo que había era una amenaza generalizada, estructural, la misma que existe desde 1979. Eso no es una amenaza inminente, es una postura de fuerza permanente que Washington conoce de memoria.

 

La distinción no es menor

La Agencia de Inteligencia de Defensa (DIA) había estimado en 2025 que Irán tardaría al menos una década en desarrollar misiles intercontinentales capaces de alcanzar el territorio continental de Estados Unidos. La propia comunidad de inteligencia norteamericana había concluido, en marzo de 2025, que Irán no estaba construyendo un arma nuclear y que Jamenei no había autorizado el programa suspendido en 2003. Trump rechazó ese análisis en junio de 2025, al igual que lo rechazó ahora. El contraste con lo que el sistema de inteligencia sostiene en privado y lo que la Casa Blanca proclama en público es una de las fisuras institucionales más serias del segundo mandato.

Lo más revelador no viene de la oposición sino de adentro. El argumento más demoledor contra la narrativa de amenaza inminente lo construyó la propia maquinaria institucional del Estado; la Agencia de Inteligencia de Defensa filtró una evaluación clasificada que contradecía directamente el relato presidencial, y el personal del Pentágono reconoció en los briefings cerrados al Congreso que no había evidencia de un ataque iraní planificado. Trump reaccionó, en su momento, despidiendo al director de la DIA, el teniente general Jeffrey Kruse, y anunciando que la administración reduciría el volumen de información clasificada que comparte con el poder legislativo. Es decir, cuando el aparato de inteligencia desmiente al presidente, la respuesta es silenciarlo y aislar al Congreso. Esa secuencia describe con precisión el estado de la gobernanza trumpista.

 

Tres versiones como causa de una misma guerra

La incoherencia narrativa dentro de la propia administración agrava el problema, aunque no es sólo incoherencia narrativa, sino que son dos posicionamientos y dos maneras distintas de pretender gestionar la cosa. Marco Rubio, secretario de Estado, un hombre más relacionado con el sistema, con el establishment de política exterior, dijo el lunes 2 de marzo que la razón del ataque era preventiva en un sentido específico: Estados Unidos sabía que Israel iba a atacar Irán, y que eso provocaría represalias iraníes contra fuerzas norteamericanas en la región, por lo tanto, fue necesario actuar primero. “Sabíamos que habría una acción israelí. Sabíamos que eso precipitaría un ataque contra las fuerzas estadounidenses”, lo que dijo sin darse cuenta es que Estados Unidos entró en guerra empujado por Israel, no por una amenaza directa sobre su territorio o sus ciudadanos.

Trump, sin embargo, contradijo esa versión al día siguiente en el Despacho Oval, frente al canciller alemán Friedrich Merz. Cuando un periodista le preguntó si Netanyahu lo había arrastrado a la guerra, respondió: “No. Yo quizás les forcé la mano a ellos.” Dos versiones incompatibles de la génesis de la misma guerra, pronunciadas con pocas horas de diferencia por el presidente y su secretario de Estado.

Pete Hegseth, secretario de Defensa, añadió una tercera capa al decir que la operación “no es una guerra de cambio de régimen”, pese a que Trump en Truth Social había llamado a los iraníes a derrocar a su gobierno y había dicho “la hora de vuestra libertad está llegando”.

 

MAGA contra MAGA, la fractura no calculada

La ruptura más significativa y más reveladora de la situación interna es la que ocurre dentro del propio movimiento trumpista. Por primera vez desde 2016, figuras fundacionales del MAGA no solo cuestionan una decisión del presidente, sino que la denuncian con un lenguaje que en cualquier otra circunstancia estaría reservado para los enemigos políticos.

Tucker Carlson, el influyente analista del universo conservador norteamericano, que visitó la Casa Blanca apenas semanas antes del ataque, sostuvo que el ataque a Irán es “absolutamente repugnante y malvado”. En su podcast del lunes, fue más lejos: “Esta es la guerra de Israel. No es la guerra de Estados Unidos. Esta guerra no se libra en nombre de los objetivos de seguridad nacional de Estados Unidos para hacer a este país más seguro o más rico.” Carlson sugirió además que el conflicto “va a barajar las cartas de manera profunda” dentro del movimiento, una lectura que muchos analistas comparten. Trump parece haber perdido un intelectual orgánico.

Marjorie Taylor Greene, quien ya había roto con Trump por el manejo de los archivos Epstein meses antes, definió el ataque como “la peor traición”. Escribió: “Dijimos ‘no más guerras extranjeras, no más cambio de régimen’. Lo dijimos en mitin tras mitin, discurso tras discurso. Trump, Vance, prácticamente toda la administración hizo campaña con eso y prometió poner a América primero.” La ex legisladora fue la que más claramente articuló el eje de ruptura: “Y así, de un día para el otro, ya no somos una nación dividida entre izquierda y derecha. Somos una nación dividida entre quienes quieren luchar guerras para Israel y quienes solo quieren paz y poder pagar sus facturas.”

En el Congreso, el representante Thomas Massie fue igualmente tajante: “Me opongo a esta guerra. Esto no es ‘America First’.” Y anunció que trabajará junto al demócrata progresista Ro Khanna para forzar una votación sobre poderes de guerra en la Cámara. El senador Rand Paul dijo que los senadores deben oponerse a “otra guerra presidencial”. El representante Warren Davidson, cuando le preguntaron en X si apoyaba la acción en Irán, respondió con una sola oración: “No. La guerra requiere autorización del Congreso.”

Trump, por su parte, descartó todas estas voces con una frase contundente: “MAGA quiere ver a nuestro país prosperar y estar seguro. Y MAGA ama lo que estoy haciendo.” Carlson, dijo, “puede decir lo que quiera. No tiene ningún impacto en mí.” Pero el hecho de que el presidente sienta la necesidad de responder personalmente a Carlson dice lo contrario de lo que afirma.

 

La Constitución como campo de batalla

El choque sobre los poderes de guerra no es un debate abstracto, es el eje sobre el cual se libra ahora mismo la disputa entre el ejecutivo y el legislativo, y en la trinchera del legislativo están peleando también sus viejos aliados de MAGA. Trump no solicitó autorización del Congreso para atacar Irán, al igual que no la solicitó para los bombardeos de junio de 2025 sobre instalaciones nucleares iraníes, ni para la operación que derrocó a Maduro en Venezuela en enero de 2026. El patrón es consistente: una presidencia que opera como si los poderes de guerra del Congreso fueran obsoletos.

Frente a eso, la Resolución de Poderes de Guerra —la misma legislación que desde 1973 obliga al presidente a notificar al Congreso en 48 horas e iniciar la retirada de tropas en 60 si no obtiene autorización— está siendo invocada simultáneamente en ambas cámaras. Los votos están programados para esta semana, y el resultado es incierto. En enero, el Congreso apenas evitó aprobar una resolución similar sobre Venezuela, cuando algunos republicanos retrocedieron en el último momento. Esta vez, la presión es mayor, el conflicto más amplio, y las bajas ya son reales. Pensar que un desvelo de Trump son las elecciones intermedias cuando gobierna de espaldas a la legalidad constitucional es, de alguna manera, pretencioso.

 

Tres muertos y la aritmética del dolor

El domingo 1 de marzo, el Comando Central de Estados Unidos confirmó las primeras bajas norteamericanas del conflicto; tres soldados muertos y cinco heridos graves, más varios con lesiones de metralla y conmociones. La embajada en Riad fue atacada dos veces en los días siguientes. Irán lanzó represalias sobre bases estadounidenses en Baréin, Qatar, los Emiratos Árabes Unidos, Jordania y Kuwait. Las imágenes inevitables de cajones embanderados con cadáveres de soldados norteamericanos se vuelven más recurrentes y superan con creces los fabulosos números iniciales.

La historia de la política doméstica norteamericana enseña que la tolerancia al costo humano en conflictos militares es limitada y se agota rápidamente cuando la justificación del conflicto está en disputa. Las guerras que empiezan con baja popularidad y producen bajas confirmadas aceleran su propio deterioro político. Según Reuters/Ipsos, apenas el 27% de los estadounidenses apoya los ataques, mientras que el 43% los desaprueba y el 29% no tiene una posición definida. Una encuesta de CNN/SSRS sobre los bombardeos de junio de 2025 mostró que el 56% desaprobó esa decisión, con solo el 44% a favor. El patrón se repite y se profundiza.

Para Trump, los muertos tienen una dimensión política particular. Fue precisamente él quien prometió, en campaña, cero guerras nuevas. Fue él quien criticó a los “guerreros de escritorio” de Washington por enviar a jóvenes a morir en conflictos que no eran de América. Cada bolsa mortuoria que regresa del Medio Oriente es un argumento en contra de la narrativa que construyó su segunda presidencia. Y los medios de la base —el ecosistema de podcasts, canales de YouTube y redes sociales que amplificó el trumpismo— están comenzando a reencuadrarlo de esa manera.

 

Las bombas que hacen estallar la economía, la promesa incumplida

La guerra llega en el peor momento posible para la gestión económica de Trump. El mandatario venía proclamando el fin de la inflación y preparaba el terreno para presionar a la Reserva Federal a bajar tasas de interés. En cambio, lo que el conflicto produjo en los primeros días fue un salto del precio del crudo de aproximadamente 73 dólares a más de 80 dólares el barril, con algunos escenarios proyectando posibles picos por encima de los 100. El S&P 500 cayó más del 2%, los futuros del Nasdaq y el Dow abrieron con pérdidas de más del 1%. Los bonos del Tesoro a 10 años subieron de rendimiento —lo opuesto al comportamiento habitual en crisis geopolíticas— porque los mercados están descontando una segunda ola inflacionaria sobre la economía, no un refugio.

El análisis de Bloomberg Economics lo resume con precisión: la guerra amenaza con poner a la Fed en una posición imposible, atrapada entre una guerra que empuja la inflación hacia arriba y un presidente que exige tasas más bajas. Para Europa, el impacto es potencialmente recesivo. Para Estados Unidos, el riesgo es la estanflación, crecimiento desacelerado con inflación en alza, exactamente el escenario que ninguna política monetaria convencional puede resolver bien.

El Estrecho de Ormuz, que transporta aproximadamente el 20% del petróleo que consume el mundo, ha quedado en una situación de cierre de facto. Diez tanqueros fueron dañados, unos 150 buques quedaron varados en la región, y los seguros de navegación alcanzaron su nivel más alto en seis años, haciendo económicamente inviable el tránsito para la mayoría de los operadores comerciales. Las primas de transporte se dispararon. Qatar suspendió preventivamente la producción de GNL. Las cadenas de suministro globales, que aún no habían digerido el shock de los aranceles de 2025, enfrentan ahora un segundo golpe de origen geopolítico. Los golpes a las refinerías y centros de acopio de petróleo en Arabia Saudita y Emiratos plantean no solo un colapso del flujo sino un colapso de la producción.

Para el proyecto político del trumpismo que prometía crecimiento, manufactura de regreso, inflación controlada y fin de las guerras eternas, este escenario representa una contradicción en cada uno de sus pilares. La guerra puede ganar ciertos ciclos de noticias con imágenes espectaculares de B-2 sobre Teherán, alimentar cierto patrioterismo esencialista, pero no puede sostener el consumo interno, no baja el precio de la nafta en las gasolineras de Ohio, y no ayuda al trabajador de manufactura de Michigan a quien se le prometió que el mundo sería más simple.

 

American Last

Mirada desde la perspectiva de la construcción de gobernanza, la decisión de atacar Irán sin consultar al Congreso, sin evidencia de amenaza inminente verificable, con objetivos declarados que cambian de un funcionario al otro y con una base propia que reacciona con perplejidad y rabia, revela los límites estructurales del trumpismo como sistema de poder.

El movimiento “America First” nunca fue ideológicamente coherente, contenía simultáneamente al aislacionismo de Ron Paul, al neonacionalismo de Bannon, al conservadurismo social de Greene, al oportunismo de figuras como Rubio, y al instinto de dominación de Trump. Esos componentes convivieron mientras el enemigo era el establishment liberal, la “élite global”, los demócratas de las ciudades. Una guerra de elección contra un Estado soberano pone a estos sectores en ruta de colisión directa.

Lo que Marjorie Taylor Greene articuló sin quizás pretenderlo es el mapa del nuevo fraccionamiento, ya no progresismo contra conservadurismo, sino halcones contra palomas dentro de la misma coalición. Y en ese nuevo eje, Rubio y los neoconservadores reciclados que habitan el Departamento de Estado están del mismo lado que Lindsey Graham y el Partido Republicano de siempre. Del otro lado están Massie, Paul, Carlson y el residuo del aislacionismo libertario que Trump captó en 2016 prometiendo ser diferente a George W. Bush.

El lado de los halcones agrupa a figuras que históricamente representan cosas distintas pero que en este momento convergen: Rubio viene del establishment republicano de Florida, fue candidato presidencial anti-Trump en 2016, y es ideológicamente cercano al neoconservadurismo. Lindsey Graham es el arquetipo del republicano de siempre, el que nunca vio una guerra que no apoyara. Que Rubio y Graham estén hoy en el mismo bando que Trump sobre Irán significa que Trump, al menos en política exterior, terminó siendo absorbido por el establishment que prometió destruir.

El lado de las palomas es el más interesante porque es el más contradictorio internamente. Massie, Paul y Carlson no son pacifistas, son no intervencionistas por razones muy distintas entre sí. Paul lo es por principio constitucional y libertario: el Estado no debe gastar sangre ni dinero en guerras que no son de defensa directa del territorio. Massie comparte esa tradición. Carlson es más complejo, su no intervencionismo tiene un componente nacionalista étnico y una desconfianza profunda hacia Israel como actor que arrastra a Estados Unidos a conflictos ajenos, lo que lo acerca a posiciones que van más allá del libertarismo clásico.

Y todos ellos están ahora en contradicción abierta con Trump. Trump los captó en 2016 precisamente porque prometía ser no intervencionista, crítico de las guerras de Bush, escéptico del establishment de política exterior. Esa promesa era el pegamento que unía a figuras tan distintas como Paul y Carlson bajo el mismo paraguas MAGA. La guerra con Irán disuelve ese pegamento porque demuestra que Trump, en el poder, terminó haciendo exactamente lo que prometió no hacer. Para ellos no es una sorpresa menor, es la confirmación de que fueron usados para construir una coalición cuyo destino no controlaban.

 

Trump actúa el guión que escribió Obama

Mientras el trumpismo procesa su fractura interna, el bloque globalista, el establishment demócrata, el internacionalismo liberal, los grandes medios de la costa este, los think tanks de política exterior que poblaron las administraciones Obama y Biden, enfrenta su propia incomodidad, aunque de signo opuesto. No es la incomodidad de quien fue traicionado, sino la de quien obtiene un resultado que en parte deseaba, pero ejecutado por quien detesta, con métodos que no puede avalar sin contradecirse.

La caída de Jamenei y el golpe al programa nuclear iraní son, en términos de objetivos estratégicos, coincidentes con lo que ese bloque sostuvo durante décadas. Fueron administraciones demócratas las que construyeron el régimen de sanciones más asfixiante sobre Irán, las que mantuvieron la arquitectura de bases militares en el Golfo, las que diseñaron el marco legal y de inteligencia que hoy Trump usa para justificar sus operaciones. Obama ordenó el asesinato selectivo de ciudadanos con drones sin declaración de guerra. Biden mantuvo prácticamente intacta esa arquitectura. La diferencia no es de objetivos sino de estética institucional y de quién firma la orden.

Eso explica la respuesta fracturada y en muchos casos incoherente del campo demócrata. El líder de la minoría en la Cámara, Hakeem Jeffries, dijo que no va a llorar la muerte de Jamenei —un hombre que “brutaliza a su propio pueblo”— pero inmediatamente agregó que la administración no tiene un plan para evitar una guerra sin fin. Es la postura perfectamente imposible, celebrar el resultado sin legitimar al autor, condenar el método sin proponer una alternativa que no sea la que ellos mismos aplicaron durante años. Bernie Sanders fue más consistente al denunciar la guerra como inconstitucional, pero Sanders representa la minoría dentro de la minoría, la misma posición que siempre ocupó en su propio partido.

Lo que el bloque globalista no puede decir en voz alta es que, en materia de Irán, comparte con los halcones trumpistas más objetivos de los que admite. No puede decirlo porque hacerlo sería validar a Trump, y porque su identidad política en este momento está construida enteramente sobre la negación del trumpismo. Tampoco puede oponerse con coherencia plena porque eso implicaría revisar décadas de política exterior propia. Queda entonces en el único lugar disponible; criticar las formas, invocar el orden institucional, pedir autorización del Congreso para una guerra cuyos fines estratégicos no cuestionan de raíz. Es una posición política, no un programa alternativo.

 

La guerra civil que no termina de declararse

Trump puede hacer la guerra en Irán. Puede destruir instalaciones, hundir buques, matar líderes, masacrar al pueblo persa. Pero la gobernanza no se construye solo con victorias militares. Se construye con legitimidad institucional, coherencia narrativa, control del costo económico doméstico y capacidad de sostener coaliciones. En todos esos frentes, la Operación Epic Fury abrió heridas que no se cierran con comunicados de prensa desde Mar-a-Lago.

Lo que la guerra con Irán expone con una claridad brutal es que Estados Unidos no tiene, en este momento, un bloque de poder cohesionado capaz de gobernar hacia adentro mientras proyecta fuerza hacia afuera. El trumpismo se fractura sobre sus propias promesas. El globalismo no tiene respuesta que no lo contradiga. El aparato de inteligencia filtra contra su propio presidente. El Congreso discute si tiene derecho a existir como poder de guerra. Y en las gasolineras de Ohio, el precio de la nafta sigue subiendo.

La guerra civil híbrida que se libra en el interior de Estados Unidos entre los distintos bloques continentalistas y globalistas, en el interior del trumpismo, entre el ejecutivo y el Congreso, entre la inteligencia y el relato presidencial, entre los que prometieron paz y los que siempre quisieron expansión imperial, es, en este momento, tan determinante para el futuro de ese país como lo que ocurra sobre el territorio iraní. Y a diferencia de las guerras externas, esta no tiene un teatro de operaciones claro, ni un enemigo que pueda ser bombardeado desde un B-2.

 

Fernando Esteche

Fernando Esteche es dirigente del Encuentro Patriótico. Doctor en Comunicación Social (FPyCS-UNLP). Director de PIA Global. 

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