Jirones de nuestra historia
20 de junio de 2026
¿Qué queda de Belgrano en la memoria cotidiana de un pueblo sometido a la dependencia material, moral y digital que condiciona hasta el hueso de sus sentimientos? La historia sigue doliendo en cada una de las vueltas que nos traen hasta la actualidad.
Duele la historia en las entrañas de la memoria. Duela la historia sacrificada en el fango del cinismo y la hipocresía. Duele la historia en el vacío de sentido que ofrecen los desiertos ideológicos.
Un 20 de junio de 1820, atacado por una agobiante enfermedad, murió Manuel Belgrano. “Pienso en la eternidad, adonde voy, y en la tierra querida que dejo…” susurró con los últimos esfuerzos.
“Soldados de la Patria: en este punto hemos tenido la gloria de vestir la escarapela nacional. La América del Sud será el templo de la Independencia y de la Libertad. En fe de que así lo juráis, decid conmigo ¡Viva la Patria!” dijo Belgrano un 27 de febrero de 1812 de cara a sus hombres, integrantes de las dos baterías, Libertad e Independencia, que ocupaban las barrancas y las islas a la vera del Río Paraná.
Mil quinientos hombres juraron por primera vez sobre lo que sería la bandera de nuestra Patria. Amucharon una esperanza colectiva, la de ser libres, e hicieron propia, en carne y hueso, la prepotencia ideológica de ese culto guerrero que los llamaba a luchar por la independencia.
A la vera del Río Paraná, Manuel Belgrano forjó una pieza determinante de nuestra historia.
214 años después, ¿qué nos queda de aquella guerra por la independencia y la libertad? ¿Qué nos queda de la esperanza colectiva que lograba amalgamar historias tan diversas como la de Belgrano y sus soldados? ¿Qué queda de Belgrano en la memoria cotidiana de un pueblo sometido a la dependencia material, moral y digital que condiciona hasta el hueso de sus sentimientos? ¿Algo más que jirones de una historia ajada?
Cuando ésta nota comience a circular, la agenda política de la Argentina, postrada en el espectáculo como impostura de la democracia liberal que enfermó la dinámica de la producción de las tensiones políticas de una buena parte del mundo, estará discutiendo los encuentros y desencuentros del circo de subnormales que simula gobernar el país, que se mostrará sin vergüenza en un acto en Rosario, a la vera del Río Paraná.
Lo harán un día después de haber concretado una nueva privatización del Río Paraná a la multinacional del dragado Jan de Nul. En efecto, a través de la resolución 36/2026 de la Agencia Nacional de Puertos y Navegación, se confirmó la concesión por 25 años de la Vía Navegable Troncal sobre el río Paraná a la misma empresa que tuvo a su cargo la concesión de la hidrovía por 25 años, desde 1996 a 2021, y desde entonces siguió con un contrato provisorio hasta el presente.
Desde hace 30 años y por 25 años más, se asegura al control al extranjero de la vía navegable por la que circula la enorme mayoría del comercio exterior de nuestra Patria. Y se concreta el despojo sin acto de resistencia nacional equivalente, y se lo convalida un 20 de junio, en la tierra donde Belgrano hizo jurar la bandera en nombre de la Independencia y la Libertad.
Ni jirones de esa historia ajada.
Los miserables
Según el comunicado firmado por la Bolsa de Comercio de Rosario (BCR), la Cámara de la Industria Aceitera de la República Argentina – Centro de Exportadores de Cereales (CIARA-CEC), la Cámara de Puertos Privados Comerciales (CPPC), la Cámara de Actividades Portuarias y Marítimas (CAPyM), la Unión Industrial Argentina (UIA), y la Comisión Permanente de Transporte de la Cuenca del Plata (CPTCP), la decisión representa “el inicio de una nueva etapa con gestión privada y a riesgo empresario”.
Lo dicen en medio una paradojal crisis de racionalidad que no permite contemplar este “nuevo inicio” como una continuidad que se arrastra en los últimos 30 años de la historia reciente. Lo dice, lo celebra y lo naturaliza el sistema político, la misma élite oligárquica que se puso del lado realista contra los héroes de la Independencia, que alentaba a los ingleses al derrotero de invasiones con la que pretendían sojuzgar nuestra Patria y que hoy se arrodillan frente al decadente Estados Unidos en su pretensión colonial sobre la riqueza que produce nuestro suelo.
“Se han elevado entre los hombres dos clases muy distintas; la una dispone de los frutos de la tierra, la otra es llamada solamente a ayudar por su trabajo la reproducción anual de estos frutos y riquezas o a desplegar su industria para ofrecer a los propietarios comodidades y objetos de lujo en cambio de lo que les sobra. El imperio de la propiedad es el que reduce a la mayor parte de los hombres a lo más estrechamente necesario", escribió Manuel Belgrano, en “La Gaceta”, del primero de setiembre de 1813.
“Nosotros dividimos el país en dos categorías: una, la de los hombres que trabajan, y la otra, la que vive de los hombres que trabajan. Ante esta situación, nos hemos colocado abiertamente del lado de los hombres que trabajan” dijo el general Perón en el año 1944 en un discurso ante los obreros carniceros.
Hoy se empujan en el sistema político los que pretenden reducir las grandes epopeyas del Movimiento Nacional a la mera administración sensible de una colonia que sólo prospera al abrigo de las migajas que abandanan al paso de la gestión de su propia crisis de la potencia decadente de Estados Unidos.
Crisis y disputa de sentido
Corría el año 1996, la larga noche neoliberal se asomaba eterna, la traición al peronismo encabezada por Menem había castigado duramente a un pueblo acostumbrado a buscar al peronismo para encontrar un arma adecuada para dar pelea y que se conmocionaba en la desorientación de un presente oprobioso.
La privatización del Río Parana se concretaba por aquellos años en los que la apatía social y la extravagante construcción de sentido de la prosperida de un modelo que algún día derramaría sus virtudes sobre los millones de excluídos de ese mismo modelo, dejaba apretada en la apatía la vocación de resistencia de un pueblo apaleado en su dignidad.
26 de junio de 1996, 400 gendarmes atravesaron el desierto para llegar a desalojar cortes de ruta que se habían extendido a lo largo de la ruta 22 en Cutral Co y Plaza Huincul.
Agua de fuego, eso significa Cutral Co en lengua mapuche. Ahí mismo, con trabajadores de la privatizada YPF como protagonistas y un pueblo sublevado ante el desmoronamiento económico de su vida cotidiana, había estrenado un 20 de junio una nueva forma de resistencia. Y una semana después, cuando la pelea parecía que iba a ser sofocada, se juraron vencer.
Cinco kilómetros separaban el primer primer piquete de la mitad del pueblo movilizada en medio de la ruta. Todo ese trayecto fue tapizado con piedras, troncos, tachos de aceite, caños y pertrepchos pertoleros fueron arrojados al paso de la partida represiva. Aquel miércoles 26 de junio, las mujeres y los hombres, los niños y ancianos de una Patagonia que padecía neoliberalismo, darían un testimonio de dignidad.
En la ruta 22 se paría el piquete como forma de resistencia y dignidad. Nadie que luchara a lo largo y ancho de nuestra Patria, se sentiría sólo en su quijotesca batalla.
“Que no se oiga ya que los ricos devoran a los pobres, y que la justicia es sólo para aquéllos” nos enseñó alguna vez Manuel Belgrano, que desde algún lugar nos demanda desandar el tiempo presente, en el que su memoria sigue interpelando un futuro de crisis inexorable.
Enfrentar el saqueo, desafiar complicidades, exhibir la impotencia y los fundamentos de la crisis que autorizaron éste doloroso presente y, sobre dichos fundamentos, pensar el futuro de la Patria que seguimos soñando.
Como en Cutral Co y Plaza Huincul hace 30 años. Como en la vera del Río Paraná hace más de dos siglos. Decidirnos a nuestra Independencia, y dar batalla por nuestra dignidad.
Porque, en definitiva, como nos enseñó Manuel Belgrano: “El miedo sólo sirve para perderlo todo.”


