El patio trasero como trinchera: EEUU y su redespliegue sobre nuestra América
19 de septiembre de 2026
Frente al ocaso de su hegemonía en Eurasia y Medio Oriente, Estados Unidos se repliega sobre América Latina. Con militarización de la región, fondos buitre a la caza de activos a precio de remate y la complicidad de derechas serviles, el imperio busca convertir al continente en su botín de consuelo.
El orden internacional unipolar nacido tras la caída del Muro de Berlín se desmorona a cielo abierto. La pretensión de un Occidente hegemónico, articulado bajo la tutela indiscutida de Washington y la primacía financiera del dólar, ya no resiste el contraste con los hechos materiales. En Eurasia y Medio Oriente, los pilares de esa dominación crujen: la firmeza estratégica de Rusia frente al cerco de la OTAN, el avance tecnológico y comercial indetenible de China estructurando los BRICS, la resiliencia iraní que expone los límites militares del Pentágono, el declive de la subordinación monárquica del Golfo y el aislamiento diplomático y moral de Israel marcan el agotamiento definitivo del siglo americano.
Sin embargo, los imperios en declive no se retiran en silencio: se repliegan sobre sus fronteras inmediatas para atrincherarse y saquear lo que tienen a mano. Ante la pérdida irremediable de su hegemonía global, Estados Unidos vuelve la mirada sobre América Latina bajo una reedición salvaje de la Doctrina Monroe, concibiendo a la región no como un espacio de cooperación, sino como una base de contención defensiva y una despensa obligada de recursos estratégicos.
La diplomacia de las armas y la contención periférica
Este viraje estratégico explica las recientes reasignaciones de asistencia y cooperación militar promovidas por Washington. La decisión de desviar y concentrar fondos de asistencia en materia de defensa hacia gobiernos aliados en Sudamérica no responde a hipótesis de conflicto reales de los pueblos latinoamericanos ni a la lucha contra el crimen organizado. Su propósito es estrictamente geopolítico: disciplinar militarmente a las fuerzas armadas locales, securitizar los enclaves territoriales donde se extraen hidrocarburos, litio, agua y tierras raras, y construir un cordón sanitario que impida el desembarco comercial y financiero de China en la cuenca del Atlántico y del Pacífico.
El Pentágono ya no puede sostener simultáneamente frentes abiertos en el este europeo, el estrecho de Taiwán y el Golfo Pérsico. La respuesta táctica es tercerizar la vigilancia en sus protectorados del Cono Sur, cooptando cúpulas castrenses y de seguridad mediante ejercicios conjuntos, radares y financiamiento atado, para garantizar que la retaguardia continental permanezca dócil mientras el centro imperial cruje.
Parasitismo financiero: la diplomacia del dólar familiar
En simultáneo al cerco militar, el proceso de descomposición hegemónica alimenta una arquitectura de negocios parasitarios que medran sobre la liquidación del patrimonio público. La diplomacia corporativa del Departamento de Estado se ha fusionado de manera obscena con los fondos de inversión privados, tal como lo exhibe el accionar de figuras como Jared Kushner y los vehículos financieros que operan en los márgenes de Wall Street.
Esta "diplomacia del dólar" no genera infraestructura productiva, desarrollo industrial ni empleo con derechos. Es capital golondrina y especulativo que compra activos estratégicos a precio de remate, aprovechando el estrangulamiento de la deuda externa y la desregulación total impuesta a los países periféricos. El modelo opera como una aspiradora: los fondos buitre y las firmas de capital de riesgo canalizan utilidades extraordinarias hacia el exterior, dejando en los territorios inflación, precarización laboral y soberanía fracturada. La decadencia del imperio se monetiza en las bolsas de valores a costa del despojo de las naciones dependientes.
El cortoplacismo de las derechas subordinadas
Este esquema de subordinación imperial no funcionaría sin la complicidad activa de las clases dominantes autóctonas y los proyectos políticos que hoy administran diversos Estados de la región. Las derechas latinoamericanas carecen de un proyecto de nación; su horizonte es el cortoplacismo puro y la entrega de recursos a cambio de validación externa.
En lugar de aprovechar el tránsito hacia un mundo multipolar para diversificar socios comerciales, negociar transferencia tecnológica y defender los precios de los bienes comunes, estas administraciones se arrastran voluntariamente a la órbita de un imperio en retirada. Aplauden el desmantelamiento de sus propios Estados, ceden jurisdicción a tribunales extranjeros y celebran la llegada de capitales que vienen a vaciar el subsuelo como si fuera un acto de modernización.
Frente a la fractura de la hegemonía occidental, la integración soberana y la defensa irrestricta de los recursos naturales dejan de ser una consigna ideológica para transformarse en una necesidad biológica de supervivencia nacional. Convertir a la Patria Grande en el botín de consuelo de un Washington en decadencia es una condena histórica que nuestros pueblos no pueden aceptar.


