Dice Chomsky, las IA no son “inteligentes”, son sofisticados softwares de plagio
08 de noviembre de 2025
Noam Chomsky desmonta el mito de la inteligencia artificial como forma de pensamiento, denunciando su carácter capitalista, su vacÃo ético y su función de plagio y despojo del conocimiento colectivo
Esa “inteligencia artificial” apareció como una de las promesas maravillosas más infladas por la industria, los medios y ciertos burocratismos de la academia, al punto de ser vendida como una revolución equiparable a la imprenta, la electricidad o internet. No obstante Noam Chomsky ha desarrollado una crítica radical que no se limita a señalar fallos técnicos, sino que exhibe con fundamentos críticos y éticos que su “inteligencia artificial” tal como se concibe en el capitalismo en especial los modelos de algoritmos basados aprendizaje automático y saqueo de información, no constituyen verdadera inteligencia sino que constituye un engaño ideológico “nuevo”.
En un artículo del The New York Times, en marzo de 2023, junto con Ian Roberts y Jeffrey Watumull, Chomsky lo formuló con claridad, “Sentimos optimismo porque la inteligencia es el medio por el cual resolvemos problemas. Pero sentimos preocupación porque la vertiente más popular y de moda de la inteligencia artificial —el aprendizaje automático— degradará nuestra ciencia y envilecerá nuestra ética al incorporar en nuestra tecnología una concepción fundamentalmente errónea del lenguaje y del conocimiento”. Reconoce la capacidad técnica de esas herramientas para generar resultados “útiles”; pero, señala que sus fundamentos descansan en una comprensión burguesa de lo que es el lenguaje y de lo que significa conocer. Bajo la lógica de la mercancía.
Noam Chomsky, desde hace décadas, afirma que el concepto de “inteligencia” aplicado a las máquinas es un equívoco cargado de intereses ideológicos y comerciales. No es casualidad que las corporaciones tecnológicas, con su semiótica del “milagro digital”, se empeñen en bautizar como “inteligencia artificial” lo que, en rigor, son algoritmos de cómputo estadístico capaces de operar con grandes volúmenes de datos. Chomsky ha dicho, esos sistemas no piensan, no crean, no tienen conciencia, ni voluntad. No poseen “inteligencia” alguna; son técnicas sofisticadas de predicción que reorganizan información ya producida por la humanidad, sin añadir conocimiento genuino.
Su discurso corporativo necesita la fantasía de que las máquinas “aprenden” como los humanos. Necesita sostener la metáfora del “cerebro digital” para vender la ilusión de un futuro autónomo regido por entidades artificiales. Lo que en realidad ocurre es que se multiplican softwares de plagio sistematizado que, entrenados con textos, imágenes y sonidos humanos, devuelven combinaciones verosímiles de lo ya dicho. Chomsky denuncia la trampa semiótica, no se trata de “crear” sino de repetir con variaciones. Lo que hay detrás es la explotación capitalista del conocimiento colectivo, convertido en materia prima gratuita para corporaciones que privatizan y monopolizan sus derivados.
Bajo esta mirada, la categoría de “inteligencia artificial” se desploma como propaganda. No se trata de una inteligencia que busca la verdad, que formula hipótesis, que se equivoca y corrige. Se trata de autómatas programados para calcular probabilidades de aparición de signos en determinadas secuencias. El capitalismo digital, en su lógica de plusvalor, necesita que ese mecanismo se disfrace de “inteligente” para fascinar a inversionistas y consumidores, al tiempo que esconde la dependencia absoluta respecto de los datos humanos con los que se alimenta.
Llamar a eso “inteligencia” es un modo de colonizar semióticamente la noción misma de inteligencia, reduciéndola a estadística de correlaciones. Lo que Chomsky recuerda es que el lenguaje humano no es una cadena de asociaciones probabilísticas; es una facultad creativa, generativa, arraigada en estructuras innatas que no se reducen a cálculo. El plagio algorítmico no inventa mundos, sólo recicla residuos.
Por eso, cuando las grandes corporaciones tecnológicas celebran sus “IA” como avances civilizatorios, conviene sospechar. No se trata de emancipación, sino de nuevos modos de control, vigilancia y precarización laboral. La máquina del plagio se vuelve la máquina del despojo, se apropia de contenidos generados por millones de trabajadores intelectuales y artísticos, los reorganiza sin reconocer autoría ni procesos históricos, y los revende como “innovación”. El capitalismo informático se enriquece saqueando la inteligencia colectiva y presentándola como producto de máquinas.
Para Chomsky, el problema es doble, por un lado, el engaño ideológico de suponer que esos sistemas “piensan”; por otro, la devastación ética de permitir que se normalice la explotación digitalizada del trabajo humano intelectual. En el fondo, se trata de una semiotica de la mentira, se expropia el concepto de inteligencia y se lo entrega al marketing de las grandes plataformas. Si aceptamos sin crítica esa operación, estaremos condenados a aceptar que la inteligencia es mero cálculo, que el pensamiento es copia estadística, que la creatividad es plagio refinado. Contra esa resignación, Chomsky insiste, lo que distingue a los humanos es la capacidad de generar significados nuevos, de crear gramáticas inéditas, de inventar mundos que antes no existían. Nada de eso está al alcance de un software, por más que lo disfracen de “inteligente”.
Nuestra tarea crítica, desde la Filosofía de la Semiosis, es desmontar esa operación ideológica. Se trata de rescatar la inteligencia como praxis emancipadora, como ejercicio de libertad creativa y colectiva. Nombrar a las cosas por su nombre, no son inteligencias, son algoritmos de plagio sistematizado. No son máquinas pensantes, son máquinas extractivistas de signos. Y no serán “revolucionarias” mientras sigan al servicio de la acumulación capitalista. Para comprender la crítica chomskiana conviene recordar su concepción del lenguaje humano. Desde los años sesenta, Chomsky ha defendido que la facultad del lenguaje no es un mero mecanismo de asociación estadística entre palabras, sino una capacidad creativa basada en principios estructurales innatos, lo que él llamó la “gramática generativa” y que posteriormente formuló en la hipótesis de la “gramática universal”.
Según esta perspectiva, la mente humana opera con un sistema de reglas que permite producir y comprender un número infinito de expresiones a partir de un repertorio limitado. Esa creatividad lingüística no puede reducirse al cálculo de probabilidades ni al almacenamiento de grandes cantidades de datos. Frente a esto, Chomsky observa que ChatGPT y sistemas similares se presentan como modelos lingüísticos, pero en realidad son, como él mismo escribió, “motores estadísticos pesados de emparejamiento de patrones, que se atiborran de cientos de terabytes de datos y extrapolan la respuesta conversacional más probable o la respuesta más probable a una pregunta científica. Por el contrario, la mente humana es un sistema sorprendentemente eficiente e incluso elegante que opera con pequeñas cantidades de información; no busca inferir correlaciones brutas entre puntos de datos sino crear explicaciones”. La diferencia fundamental, entonces, radica en que la mente humana se orienta a la explicación y no a la mera correlación. Esa capacidad explicativa, para Chomsky, es el núcleo de lo que llamamos inteligencia.
Este argumento lo lleva a una crítica epistemológica más amplia. Para Chomsky, la ciencia no consiste únicamente en describir regularidades ni en predecir sucesos futuros; su esencia está en explicar, en construir modelos que den cuenta de por qué ocurre algo y de qué es posible o imposible en un sistema. En sus palabras, “Su defecto más profundo es la ausencia de la capacidad más crítica de cualquier inteligencia, decir no sólo qué es el caso, qué fue el caso y qué será el caso —eso es descripción y predicción—, sino también qué no es el caso y qué podría o no podría ser el caso. Esos son los ingredientes de la explicación, la marca de la verdadera inteligencia”. Los sistemas de IA, al limitarse a correlaciones estadísticas, carecen de esa capacidad. Pueden producir frases que suenan plausibles, pero no tienen noción de verdad, falsedad, imposibilidad lógica o ley causal. De ahí que Chomsky sostenga que la promesa de estas tecnologías es falsa cuando se las presenta como inteligencia genuina.
Su crítica también se adentra en el terreno ético. Un modelo estadístico que genera respuestas a partir de correlaciones no distingue entre verdad y mentira, ni entre lo moralmente aceptable y lo aberrante. Chomsky lo expresa así, “Estos sistemas o bien sobregeneran (produciendo tanto verdades como falsedades, avalando decisiones éticas y no éticas por igual) o bien subgeneran (mostrando falta de compromiso con cualquier decisión e indiferencia ante las consecuencias)”. Ese déficit ético no es menor, pues implica que la delegación de decisiones a estos sistemas puede tener consecuencias desastrosas en ámbitos sensibles como la medicina, la justicia o la política. En otro pasaje, Chomsky alerta, “Obsérvese que, pese a todo el pensamiento y lenguaje aparentemente sofisticados, aparece la indiferencia moral nacida de la falta de inteligencia. Aquí, ChatGPT exhibe algo parecido a la banalidad del mal, plagio, apatía y evasión”. La referencia a la “banalidad del mal” de Hannah Arendt no es casual, Chomsky denuncia que la apariencia de racionalidad en estos sistemas oculta su incapacidad para asumir responsabilidad moral, lo que los hace potencialmente peligrosos cuando se los reviste de autoridad.
Esa crítica ética se enlaza con otra política y social. Chomsky advierte que la fascinación con la IA sirve a los intereses de las grandes corporaciones tecnológicas, que promueven una imagen inflada de estos sistemas para atraer inversión, obtener legitimidad pública y consolidar su poder. El discurso de que la inteligencia artificial es una revolución que transformará todas las dimensiones de la vida humana funciona como estrategia ideológica que normaliza la dependencia hacia esas corporaciones. De hecho, en entrevistas recientes, Chomsky ha calificado a ChatGPT como “básicamente un plagio de alta tecnología” y “una forma de evitar el aprendizaje”. Estas expresiones condensan una advertencia, al confiar en sistemas que producen textos sin comprensión, corremos el riesgo de degradar el proceso educativo, fomentando la pasividad y la superficialidad en lugar del pensamiento crítico y la construcción de conocimiento. El peligro, entonces, no es sólo cognitivo sino también político, pues alimenta una cultura de consumo acrítico de información controlada por pocos conglomerados.
Tal crítica chomskiana se entiende mejor cuando se la sitúa en diálogo con otros debates filosóficos sobre la inteligencia artificial. Desde Alan Turing, la pregunta por la posibilidad de que una máquina “piense” ha sido formulada en términos de comportamientos observables, si una máquina puede engañar a un observador haciéndole creer que es humana, entonces se puede decir que “piensa”. Chomsky rechaza esa equivalencia. Para él, la inteligencia no puede reducirse a la apariencia externa ni al comportamiento lingüístico simulado, porque lo esencial está en la capacidad interna de generar explicaciones racionales. Más allá de los debates conceptuales, Chomsky insiste en que la fascinación con la IA puede desviar la investigación científica hacia caminos estériles. Al confiar en modelos que sólo correlacionan datos, se corre el riesgo de relegar la búsqueda de explicaciones causales, que es el corazón de la ciencia. En sus palabras, “El meollo del aprendizaje automático es la descripción y la predicción; no postula ningún mecanismo causal ni leyes físicas”. La paradoja es que cuanto más éxito tienen estos sistemas en producir resultados útiles, más aumenta la ilusión de que estamos entendiendo la inteligencia, cuando en realidad la estamos confundiendo con estadística de alto rendimiento. Para Chomsky, esa confusión puede “degradar nuestra ciencia” al trivializar el objetivo de la explicación.
El lugar central de la explicación en su crítica revela la continuidad de su pensamiento, así como en lingüística defendió que las teorías deben buscar la elegancia y la simplicidad explicativa más allá de la acumulación de datos, en filosofía de la mente sostiene que la inteligencia requiere la capacidad de generar hipótesis que puedan dar cuenta de lo posible y de lo imposible. La IA, en su estado actual, carece de esa capacidad. Esto no significa negar la utilidad práctica de los sistemas de aprendizaje automático. Chomsky no descarta que puedan ser herramientas valiosas en campos como la traducción automática, la búsqueda de información o la asistencia en tareas repetitivas. Pero lo que rechaza es la pretensión de que esas herramientas constituyan un modelo de la inteligencia humana o que puedan reemplazar la función del pensamiento crítico y creativo. El peligro es confundir un artefacto de ingeniería con una teoría científica de la mente, y peor aún, con una instancia de autoridad epistémica y moral.


