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Cuando Maradona cruzó los Andes: la historia que une a San Martín con el Diez


31 de octubre de 2026

Un genealogista sanjuanino descubrió que el linaje de Maradona nace en las cadenas de la esclavitud y se forja en la gesta libertadora de América. El progresismo blanco primer mundista nos exigía que tengamos negros en la Selección, sin recordar que tuvimos al negro más grande del mundo; se llamó Maradona.

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Hay historias que no las escribe el azar, sino algo parecido al destino. Esta comienza en 1810, cuando el fuego de la Revolución de Mayo empieza a recorrer un continente entero, y termina, doscientos años después, en los pies descalzos de un pibe de villa que le daría al mundo una nueva forma de nombrar la belleza.

El archivo que dormía

Guillermo Collado Madcur no buscaba una leyenda. Buscaba papeles, actas, listados amarillentos. Pero a veces la historia se esconde justamente ahí, entre el polvo de los archivos coloniales de San Juan. Tardó seis meses —los mismos seis meses en que el mundo entero estuvo detenido por la pandemia— en desenterrar un secreto que llevaba dos siglos en silencio: Diego Armando Maradona desciende de un esclavo africano que cruzó los Andes junto al Libertador José de San Martín.

Todo nace con José Ignacio Fernández Maradona, hombre de peso en la élite sanjuanina, dos veces gobernador de la provincia, cuyo nombre Sarmiento se encargó de inmortalizar en Recuerdos de Provincia. Cuando San Martín convocó a los hombres para forjar el ejército que liberaría a medio continente, Fernández Maradona no cruzó personalmente la cordillera: en su lugar, envió a quienes consideraba de su propiedad. Y en esa época cruel, quien era esclavizado cargaba, además de las cadenas, el apellido de su dueño.

Entre los nombres anónimos del Ejército de los Andes, uno quedó registrado para la posteridad: Luis Maradona, violinista. Un hombre nacido en Kenia, desarraigado de su tierra, que había llegado hasta Mendoza atravesando Chile encadenado a la condición de esclavo. Y sin embargo, cruzó la cordillera más alta de América —ese muro de piedra y hielo que parecía imposible— no solo por obligación, sino, quizás sin saberlo, hacia su propia liberación.

Del otro lado de la montaña no lo esperaba solo la guerra: lo esperaba la redención. Luis Maradona conquistó su libertad y se instaló en Corrientes, lejos de las cadenas, dueño por fin de su propio nombre. Allí, en el silencio de las generaciones que pasan sin hacer ruido, el destino volvió a tejer su hilo invisible. Cinco generaciones después, en una villa humilde, nacería un niño llamado Diego Armando Maradona.

Dos libertadores, un mismo linaje

Collado Madcur entregó toda la documentación a Dalma y Gianinna Maradona, hijas del astro, devolviéndole a la familia un capítulo que la historia oficial había silenciado durante dos siglos.

Es la crónica perfecta de dos gestas que parecían no tener nada en común y que, sin saberlo, marchaban juntas desde hace doscientos años: la de un ejército que atravesó el techo de América para liberar un continente, y la de un pibe de barrio que, generaciones más tarde, liberó con la zurda la alegría de todo un pueblo.

Diego Maradona, el negro de Fiorito que en el 86 hizo el gol más justiciero de la historia del fútbol argentino y después, como si con eso no alcanzara, hizo el mejor gol de de todos los Mundiales. Maradona, el negro que enfrentó en Italia un estadio lleno "tifosis" que puteaban nuestro himno. Maradona un negro imperfectamente perfecto, tan humano y digno como para ganarse el amor de sus compatriotas.

Nos piden negros, pero cuando apareció uno que quiso organizar un sindicato internacional de futbolistas y se oponerse a las arbitrariedades de la FIFA lo rechazaron y condenaron... Demasiado negro para tanta blancura institucional. Nuestros negros no son complacientes, no son como el Tío Tom, los nuestros no zapatean ni sonríen para un público rico en los cabarets. El Diego, nuestro negro como su tatarabuelo fue un negro peleando por su libertad y nuestra argentinidad. Diego, un negro que no era solo un negro, era un negro que albergaba multitudes en su corazón. Un negro real y orgulloso, un negro orgulloso de ser argentino.

San Martín y Maradona. Los libertadores. Uno con la espada; el otro, con la pelota. Y en el medio de ambos, latiendo silenciosa durante doscientos años, la sangre de un hombre que un día fue esclavo y terminó siendo, sin saberlo jamás, el origen de una leyenda.

Opinadores del mundo correcto, tengan cuidado con lo que piden, no vaya ser que les presentemos otro negro como El Diego.

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