infoNativa

Crónicas de junio


13 de junio de 2026

El bombardeo de Plaza de Mayo en 1955 y los fusilamientos de peronistas en 1956, dejaron una huella profunda en el alma de la militancia popular que atravesó generaciones como signo de lucha y resistencia.

David Acuña

La muerte llegó del cielo

El 16 de junio de 1955, la Marina de Guerra argentina tuvo su bautismo de fuego. Pero no fue en defensa de la soberanía nacional ni frente a una amenaza extranjera. Aquella fría jornada de otoño, 34 aviones de la Armada surcaron el cielo de Buenos Aires para descargar toneladas de bombas sobre el corazón de la ciudad. La Plaza de Mayo y sus alrededores se transformaron en un escenario de destrucción y muerte: más de 300 personas fueron asesinadas y cientos resultaron heridas.

La operación, que evocaba los métodos utilizados por la aviación nazi en el bombardeo de Guernica, constituyó uno de los ataques más sangrientos contra población civil en la historia argentina.

Aunque el intento golpista de aquel día fracasó, marcó el comienzo de un proceso que culminaría tres meses después con el derrocamiento del presidente. Perón iniciaría entonces un exilio que se prolongaría durante dieciocho años, mientras el peronismo, el mayor movimiento político de masas de la Argentina del siglo XX, sería proscripto de la vida institucional del país.

Fusilamientos

El 9 de junio de 1956 estalló el levantamiento encabezado por el general Juan José Valle. La insurrección buscaba restaurar el gobierno peronista derrocado por la autodenominada Revolución Libertadora. Sin embargo, la suerte de la rebelión parecía sellada desde el comienzo: limitada fundamentalmente a sectores militares y carente de una participación popular decisiva, avanzó bajo la vigilancia de un Ejército que ya conocía de antemano los principales detalles de la conspiración.

Esa misma noche en un paraje oscuro y desolado de la provincia de Buenos Aires, los basurales de José León Suárez, se consumó el fusilamiento de un grupo de militantes peronistas detenidos por orden directa del almirante Isaac Rojas. Víctimas que se sumaban a las asesinadas en Lanús tras intentar tomar una comisaría. Ni en un caso ni en el otro las autoridades militares se preocuparon por preservar siquiera una apariencia de legalidad mediante consejos de guerra o juicio alguno. El día 12, el General Valle era fusilado en la Penitenciaría Nacional de la avenida Las Heras.

Décadas más tarde, aquellos crímenes serían reconstruidos por Rodolfo Walsh en su libro Operación Masacre.

El historiador Norberto Galasso señala que el mismo 12 de junio, cuando todavía no había trascendido públicamente el fusilamiento de Valle, Perón le comunicó a Cooke su evaluación sobre la intentona insurreccional. Desde su exilio, el líder consideraba que el levantamiento había sido prematuro, excesivamente dependiente de los cuadros militares y sin conexión con la resistencia obrera, por lo tanto, condenado al fracaso.

Posiblemente su juicio estuviera atravesado por la desconfianza que aún sentía hacia buena parte de los militares que se habían proclamado leales durante la crisis de septiembre de 1955 pero que, a la hora decisiva, no habían impedido el derrocamiento de su gobierno.

 

Conclusiones

El bombardeo de Plaza de Mayo y los fusilamientos dejaron una huella profunda en el alma de la militancia popular. Ambos episodios se convirtieron en emblemas de la violencia estatal desplegada contra amplios sectores de la población y marcaron el inicio de una etapa signada por la proscripción política, la persecución y la represión.

El objetivo que buscaban transmitir sus responsables era inequívoco: sembrar el terror y advertir sobre las consecuencias que acarrearía cualquier intento de desafiar el nuevo orden liberal. Sin embargo, allí donde los verdugos pretendieron sembrar el miedo y la resignación, germinó una memoria colectiva que atravesó generaciones de militancia, lucha y resistencia.

David Acuña

David Acuña, historiador, profesor y militante peronista. 

Compartir esta nota en