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Apuntes sobre el contexto


21 de septiembre de 2024

Mientras la dirigencia se autopromociona como gestora de políticas públicas enlatadas, o como fabricantes de retórica vacía en actos para medirse el aceite con otros dirigentes, nuestra Patria sufre las consecuencias de una fase de redespliegue que nos condena a las graves consecuencias de un modelo de acumulación económica y de reproducción política que exhibe colonialismo hasta la médula.

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En el año 2015, apenas unos meses antes de su desaparición física, Umberto Eco lanzaba una advertencia sobre las redes sociales que bien merece revisarse. Hablaba de “la invasión de los idiotas” y con su habitual mordacidad, retrataba que “las redes sociales le dan el derecho de hablar a legiones de idiotas que primero hablaban sólo en el bar después de un vaso de vino, sin dañar a la comunidad. Ellos eran silenciados rápidamente y ahora tienen el mismo derecho a hablar que un premio Nobel”.

En aquella conferencia, Eco recordaba que si “la televisión ha promovido al tonto del pueblo, con respecto al cual el espectador se siente superior” y alguien en Argentina encendía el reflejo de Susana Giménez alertada por los dinasaurios aún vitales; sostenía que la situación era aún mas grave ya que “el drama de internet es que ha promocionado al tonto del pueblo al nivel de portador de la verdad” y entonces, uno cae en la cuenta del llamado telefónico de la secretaria de la presidencia de Argentina, a la misma Susana Giménez, para pedirle disculpas por demorar su estreno televisivo para que el presidente Javier Milei presente un presupuesto digno de aquella “invasión de los idiotas” sobre la que Eco alertaba en forma oportuna.

La democracia que el liberalismo nos legara como tabla inquebrantable para sostener una caricaturezca República, es capaz de retorcerse hasta el paroxismo de esta distopía orwelleana, en la que el tonto del pueblo, logra ser reconocido como un emergente válido para liderar los destinos políticos y económicos de  ésta, nuestra Patria. Al menos en la ficción del sufragio, en la impostura de las instituciones, en la ficción de los atributos.

Alguien le dejó redactar a Javier Milei un presupuesto imposible, un extravío de números tan demencial como la película mental en la que cree el Presidente que transcurre la realidad. Un proyecto de ley que requiere de la sumisión del parlamento a la decisión de hacer desaparecer el Estado que los amamanta para cumplir con el objetivo de aprobarlo, o rechazarlo y autorizar que los grupos económicos sigan planificando la economía nacional desde las normativas nacidas en los estudios jurídicos que representan multinacionales que se lotean la riqueza nacional para beneficio geopolítico de los Estados Unidos.

En eso, en definitiva, se redujo la ficción democrática con la que se alimentan las fuerzas políticas que prefieren tensionar en las propias redes sociales con videos fabricados en inteligencia artificial, antes que asumir el conflicto como única herramienta constitutiva de los desafíos que se plantan en el horizonte de las urgencias y emergencias sociales que nacen de éste trágico tiempo.

Milei aprovechó la ocasión para semblantear en el vacío sobre su ideología extravagante. “La justicia social, no solo no es justa, sino que es extremadamente violenta, porque la justicia social implica sacarle a unos para darle a otros, basada en un principio inconsistente que dice que donde hay una necesidad nace un derecho” repetía para regocijo de las clases dominantes, que están legitimando el saqueo de nuestra Patria y su programa de miseria planificada, romantizando el delirio discursivo del gobierno, lanzado sobre una inocultable indiferencia social.

 

Acerca de la Justicia Social

“Ustedes tienen que ser custodios de la Justicia Social” sostuvo ayer nomás el Papa Francisco en un mensaje a los movimientos populares, a quienes les reclamó que “nadie les quite esa convicción a ustedes, que nadie les robe esa esperanza, que nadie apague los sueños” puesto que su tarea es “trascendente” en la medida que “si el pueblo pobre no se resigna, el pueblo se organiza, persevera en la construcción comunitaria cotidiana y a la vez lucha contra las estructuras de injusticia social, más tarde o más temprano, las cosas cambiarán para bien”.

La palabra de Francisco repercutió fuerte en la coyuntura nacional. Es cierto, es el primer Papa argentino, pero más aún repercutió por la orfandad ideológica de una clase dirigente más preocupada por sostener la vida institucional que le acomoda el bolsillo, a representar genuinamente el dolor social de un pueblo que ha decidido forjar una descoumunal crisis de representación que autoriza este tiempo horrible y ensombrece el futuro cercano de crisis inevitable.

Mientras la dirigencia se autopromociona como gestora de políticas públicas enlatadas, o como fabricantes de retórica vacía en actos para medirse el aceite con otros dirigentes, nuestra Patria sufre las consecuencias de una fase de redespliegue que nos condena a las graves consecuencias de un modelo de acumulación económica y de reproducción política que exhibe colonialismo hasta la médula.

Alzar la voz de una tarea militante, de fortalecimiento comunitario, de organización popular que legitime su existencia con el compromiso de los mas humildes, resulta una tarea militente ineludible de éste tiempo. Es el terreno donde tiene que parirse un programa que se proponga una restauración urgente de la Justicia Social como reparadora del dolor de las mayorías.

Alzar la voz de una política radicalmente soberana, que recupere la escencia de un nacionalismo popular que se proponga la reapropiación nacional de la riqueza que produce nuestra Patria, es la tarea indispensable para acompañar el peregrinar militante que vuelva a dotar al movimiento nacional del sentido y la escencia necesaria de éste tiempo plagado de oscuridad.

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