Un imperio mirándose el ombligo y un mundo que no espera

07 de noviembre de 2026
Fernando Esteche y Tadeo Casteglione

La derrota electoral de Trump abrió un frente interno que lo condiciona pero no lo inmoviliza, le quedan dos meses de Congreso propio, tres portaaviones frente a Irán y una cita en Shenzhen. Mientras Washington se mira el ombligo, Moscú, Beijing y las potencias regionales ocupan el lugar de quien ordena. Y la Argentina, atada a un garante en retirada, tiene que decidir qué hace con su soberanía.

El ombligo imperial

Esta nota no vuelve sobre el escrutinio, los números del martes ni la guerra civil entre globalistas y americanistas, que desde PIA Global ya desarrollamos. Parte de ahí para preguntar otra cosa, qué hace el mundo mientras la potencia se mira el ombligo.

La respuesta incómoda para quienes siguen leyendo todo desde Washington es que el mundo no espera. Estados Unidos entra en un tramo de introspección violenta, investigaciones, pulseadas presupuestarias, una sucesión que ya empezó dentro del partido de gobierno y una opinión pública que acaba de decirle que no quiere pagar guerras en el surtidor.

Cada una de esas peleas consume atención, capital político y tiempo de decisión. Sin embargo la guerra con Irán sigue abierta, el estrecho de Ormuz sigue siendo un campo minado, las negociaciones por la “paz” en Europa del Este avanzan y la cumbre de Shenzhen se acerca con un calendario que no depende de la agenda del Capitolio.

Es la paradoja del momento, un imperio que se disputa a sí mismo conserva intacta su capacidad de dañar, pero pierde la de ordenar. Puede bombardear una isla, intervenir una moneda ajena, sentarse o no a una mesa. Lo que le cuesta cada vez más es producir un resultado que los demás acepten como estable.

Esa función de generar previsibilidad la están ocupando, con intereses propios y sin romanticismo, otros polos, Beijing como anfitrión, Moscú como articulador de seguridad regional, un cuarteto de potencias medias que se reúne en Teherán sin pedirle permiso a nadie, Qatar como mediador. Estabilidad, en un mundo desordenado, no significa paz. Significa quién tiene la agenda.

Un presidente con el frente abierto

El condicionamiento de Trump no es una cifra, es un calendario ya que hasta el 3 de enero conserva un Congreso saliente de su signo. Desde entonces enfrenta comisiones con poder de citación y la llave del gasto. Entre ambas fechas hay una ventana de unos dos meses en la que sabe que su margen se achica, y los presidentes que saben que se les achica el margen suelen apurar los hechos consumados.

Lo que la derrota agrega a lo ya descripto es una pérdida de intimidación, Trump gobernó dos años apoyado en que sus propios legisladores le temían más que a sus votantes. Esa ecuación se invirtió el martes, los candidatos que eligió personalmente perdieron, y cualquier republicano que se pregunte si le conviene seguir atado a su suerte ya tiene un dato. Hay otro todavía más elocuente. Según reportó el medio Gulf News, el presidente llegó a admitir que es en buena medida cierto que la guerra contra Irán explica el resultado, después de que su propio vicepresidente dijera algo parecido, un jefe de Estado que reconoce el costo de su guerra ya no la conduce desde la fortaleza.

Pero conviene no confundir debilidad política con parálisis, la política exterior norteamericana descansa en prerrogativas del Ejecutivo que el Congreso corrige despacio y casi siempre tarde, el mando de las fuerzas, las licencias de sanciones, los fondos de estabilización, las órdenes ejecutivas.

De ahí una asimetría que explica todo lo que sigue, el Capitolio puede encarecerle políticamente cada paso, pero no puede impedir el primero. Por eso el frente interno no inaugura una etapa de moderación automática.

Inaugura mas bien una etapa de incertidumbre sobre cuál de dos lógicas se impone en el presidente, la de quien busca cerrar un acuerdo para exhibirlo como triunfo, o la de quien busca un golpe de efecto para tapar la derrota. Las dos están hoy sobre la mesa, y lo que llama la atención es que ambas pasan por el exterior.

La nueva Cámara: antibélica en casa, belicista afuera

Se instaló rápido la idea de que un Congreso demócrata será un freno a las guerras de Trump. Es una verdad a medias, esa mayoría es antibélica donde la guerra se paga en la nafta de su electorado, que es el caso de Irán. En cambio es históricamente belicista en el frente que la política exterior norteamericana considera estructural, la contención de Rusia y de China.

El consenso es viejo y bipartidario el Congreso demócrata puede ser más duro con Taiwán y Xinjiang. Falta sumar lo que eso implica para la estrategia de Trump. Su apuesta exterior de este año descansa en dos distensiones personales, una con Beijing y otra con Moscú, sostenidas en la discrecionalidad del Ejecutivo.

Y justo esas dos son las que un Congreso de consenso antichino y antirruso está mejor preparado para incomodar. Hay un antecedente reciente como lo es la exención a las sanciones sobre la energía rusa y el regreso del diésel ruso al mercado, que según Reuters irritó a legisladores de los dos partidos apenas semanas después de que esas sanciones se convirtieran en ley.

La paradoja, entonces, es que el presidente que prometió terminar con las guerras eternas se encuentra con un Capitolio que quiere frenar las guerras que ya empezó y, a la vez, cerrarle el camino a las paces con los rivales.

Un antibelicismo selectivo, reclama “retirarse de Irán” y no concede nada en Ucrania ni en el Pacífico. Esa selectividad debería ser la clave de lectura de todo lo que venga desde la nueva conducción de la Cámara, incluidas las condiciones que ponga sobre el presupuesto del Pentágono.

Hay que registrar también el calendario. Los nuevos legisladores asumen en enero, de modo que cualquier votación seria sobre ayuda a Kiev, sanciones o poderes de guerra pertenece a 2027. La ventana que Trump tiene para ejecutar su diplomacia personal es, entonces, la que va de hoy a fin de año. Shenzhen cae en el medio.

Irán: la ventana de noviembre

Las decisiones recientes de Trump sobre Irán dicen más que sus declaraciones. La víspera de la elección, fuerzas norteamericanas golpearon la isla de Qeshm, pieza clave del control iraní sobre el tráfico del estrecho.

Washington lo presentó como una respuesta defensiva a un disparo contra una aeronave y el propio Trump lo calificó como un ataque menor contra una instalación antiaérea. Al mismo tiempo, medios norteamericanos informaron que el Comando Central tenía listos planes de ataque que podían empezar apenas pasada la elección, con tres portaaviones en la zona.

El presidente repitió que no tiene apuro, que no busca matar a mucha gente y que, si hace falta, lo hará. Hasta el cierre de esta nota no hay confirmación de una ofensiva mayor, y el cuadro sigue abierto.

Lo que se ve es una doble señal deliberada, por un lado Trump mantiene la amenaza militar como palanca mientras Qatar media sobre un borrador que prevé reabrir Ormuz a cambio de abrir después la discusión nuclear.

Teherán contestó que la respuesta norteamericana a sus siete condiciones no lo convence, y fijó la secuencia, primero las condiciones sobre el estrecho, después el tema nuclear. El mercado mira el reloj, porque Irán informó que cuatro petroleros se incendiaron al chocar con minas en la zona.

Hay tres caminos posibles en medio de este escenario, el primero es un acuerdo mínimo que le permita a Trump exhibir la reapertura de Ormuz antes de Shenzhen y de la etapa legislativa. Es el que mejor se ajusta a su debilidad y al reclamo del votante que paga el combustible. El segundo es la escalada limitada, un patrón que ya conocemos desde mayo, cuando el propio presidente describió una ronda de bombardeos como una caricia y sostuvo que la tregua seguía vigente lo que le permite mostrar fuerza sin asumir una guerra. El tercero es el golpe mayor, el que más teme Teherán, que arrastraría a la región y quemaría de un solo paso los puentes con Beijing y Moscú a días de una cumbre que Trump aceptó con entusiasmo.

Nuestra lectura es que lo más probable es una combinación inestable de los dos primeros, con el tercero como riesgo real y no como retórica. La razón es que un presidente derrotado y sin reelección calcula distinto que uno en campaña.

Ya no tiene una elección que ganar, pero sí un relato de fortaleza que reordenar, y la política exterior es el único terreno donde todavía puede disponer sin pedir permiso.

Del lado iraní la ecuación inversa también corre. El líder supremo Mojtaba Khamenei dejó escrito esta semana que no debe haber ni la menor inclinación a la sumisión ante Estados Unidos. No hay allí un gobierno dispuesto a ceder bajo presión, y menos cuando su principal funcionario de seguridad sostiene que Trump perdió dos veces, en la guerra y en las urnas.

En este mismo contexto, el jueves 5 de noviembre, Putin recibió en el Kremlin a Mohsen Rezaei, secretario del Consejo Supremo de Seguridad Nacional de Irán, en una visita sin anuncio previo. Según la prensa iraní, Rezaei llevó una carta de Mojtaba Khamenei. El Kremlin informó que participaron además el asesor Yuri Ushakov y el jefe del GRU la inteligencia militar, Igor Kostiukov. Es el segundo encuentro entre ambos en cinco semanas y llega tres días después de una llamada telefónica. Un jefe de espías en la sala no es un detalle de protocolo.

Lo que trascendió, casi todo de boca iraní, combina tres capas. La primera es política, Rezaei dijo que Putin condenó a Estados Unidos y se ofreció a ayudar a terminar la guerra. El Kremlin no detalló esa oferta, de modo que corresponde tomarla como la versión de una de las partes. La segunda es de arquitectura regional. Hablaron del periodo de posguerra, de mecanismos de seguridad propios de la región y de la inadmisibilidad de la injerencia de potencias externas. Rezaei además le informó de la reunión que a fines de octubre reunió en Teherán a Irán, Arabia Saudita, Turquía y Pakistán, un cuarteto que Putin recibió con buenos ojos. La tercera es una cuestión material, un gasoducto de Rusia a Irán, que cubriría el déficit de gas iraní y habilitaría la venta de gas ruso a los vecinos.

El gasoducto importa más que cualquier declaración. Una frase se retira, una infraestructura obliga. Convertiría a Rusia en proveedor energético en el Golfo, justo cuando la región discute cómo se ordena después de la guerra, y vincularía a Teherán con Moscú por décadas.

A eso se suma la doctrina de fondo, seguridad regional hecha por los países de la región, sin tutela de Washington. Es una propuesta que le suena a medida a Riad, a Ankara y a Islamabad, y que compite directamente con la mediación qatarí que los norteamericanos acompañan.

Shenzhen y la alfombra roja que puede desteñirse

Beijing recibirá el 18 y 19 de noviembre a las veintiuna economías del APEC y lo hará como vitrina de su rol en la región. China confirmó que hay contactos con Washington y Moscú por una reunión trilateral al margen de la cumbre, aunque no confirmó que vaya a realizarse ni su formato ni su agenda.

Según reportes, Beijing sopesó que un encuentro de ese tipo podría opacar su papel de anfitrión, aunque también le daría a Xi el lugar de mediador. El contraste con el año pasado es instructivo. En Gyeongju, Trump dejó el foro un día antes y le regaló a Xi el escenario como defensor del multilateralismo. Ahora viaja al territorio de Xi, con un Congreso perdido y una guerra a cuestas.

De ahí la imagen de la alfombra roja. La alfombra es de Beijing, el protocolo, el escenario, la coreografía de quién llega, quién recibe y quién se sienta primero. Una alfombra teñida con el color de la ceremonia puede, sin embargo, desteñir sobre el invitado y también sobre el anfitrión. Trump tiene varias formas de hacerla desteñir.

Puede llegar con una escalada en Irán fresca o inminente. Puede tratar la cumbre como una foto para tapar la noche del martes y no como una negociación. Puede intentar partir a Moscú de Beijing con promesas que no controla. Puede levantarse antes de tiempo, como hizo en Corea. Y puede pretender que Xi pague, con una concesión, el dossier ucraniano de Putin. Cualquiera de esas conductas convertiría el esplendor de Shenzhen en una pulseada de egos, y el costo de ese desgaste lo pagaría quien llegó pidiendo.

Las agendas son asimétricas, Trump busca una foto sobre armas nucleares y comercio, y dijo que Ucrania no sería el eje. Putin busca alivio y reconocimiento de sus términos. Xi busca estabilidad, tras Gyeongju, ambos gobiernos proyectaron unos catorce meses de previsibilidad, un horizonte que se agota hacia fin de año, y este año se vieron en mayo y en septiembre.

Hay además un invitado que no figura en el protocolo, el Congreso que asume en enero. Xi sabe que lo que firme con Trump puede ser desarmado por un Capitolio hostil con China, de modo que tiene incentivos para quedarse con lo simbólico y evitar compromisos que cuesten caro y duren poco. El pato rengo llega urgido, y el anfitrión sabe que su firma vale lo que valga la voluntad de quien venga detrás.

Ucrania: la guerra como política bipartidaria

La elección dejó en Washington dos políticas hacia Ucrania. Una la ejerce la Casa Blanca, que efectivamente suspendió parte de la ayuda directa, negocia con Moscú y volvió a decir que otro debería sentarse a la mesa en lugar de Zelenski. La otra empieza a gestarse en el Capitolio, donde los demócratas prometen reactivar el flujo. El congresista Jim Himes dijo, antes de la elección, que su partido movería rápido un nuevo paquete si ganaba la Cámara y exigiría una política más afirmativa y consistente hacia Kiev. Según Reuters, un paquete así tendría apoyo bipartidario suficiente para superar un veto con los dos tercios necesarios y esto gracias en parte al lobby armamentista.

Si bien esta promesa tiene en si misma dos limites, el primero es el calendario, ningún dólar llega antes de 2027, y la guerra se decide también en el tiempo que queda hasta entonces. El segundo es político. Los dos tercios requieren votos republicanos, y no está claro cuántos estarán dispuestos a desafiar a Trump en un voto que él considere personal. Pero la tendencia es nítida en donde el Congreso va a ser garante de la continuidad de la guerra, no de su final.

El efecto sobre la mesa de Shenzhen es perverso. Moscú sabe que mientras Trump negocia, el Capitolio prepara fondos y sanciones. Esa doble política le da a Rusia dos incentivos contrarios en estos momentos, apurar un acuerdo con un presidente debilitado antes de que se cierre la ventana, o endurecer su posición militar antes de que vuelva el dinero.

El régimen de Kiev, por su parte, vive una contradicción propia. En septiembre le pidió a Trump que involucrara a Xi, a quien considera influyente sobre Putin. Ahora su canciller, Andrii Sybiha, advierte que una trilateral entre Rusia, China y Estados Unidos alentaría a Putin a seguir. Pide una mesa y teme a la mesa que no controla. Es lo que ocurre cuando un conflicto se internacionaliza más allá de las posibilidades de su protagonista.

Europa: el alivio atlantista y su apuesta peligrosa

Para las capitales atlantistas de Europa, el resultado es un respiro, y no hace falta mucha imaginación para describirlo. Después de dos años de volatilidad trumpista, un Congreso de otro signo parece prometer un presidente más contenido, un canal parlamentario amigo en Washington y un Capitolio que bloquea cualquier alivio de sanciones a Rusia. Es una lectura comprensible y es una apuesta peligrosa.

Peligrosa, primero, porque convierte la política exterior europea en función del ciclo interno de otro país. En vez de usar la oportunidad para construir autonomía estratégica, el atlantismo espera que Washington se normalice. Pero Washington no se está normalizando, se está fragmentando, y un socio fragmentado es un socio impredecible.

Peligrosa, segundo, porque Europa quedó fuera de la mesa que importa. Kiev y líderes europeos ya advirtieron contra cualquier negociación sobre Ucrania sin ellos, y la sola idea de un encuentro entre Washington, Beijing y Moscú alimenta el temor a un reparto de influencias sobre sus cabezas. Su único recurso es confiar en que el Congreso se interponga.

Peligrosa, por último, para el mundo, porque la suma de una mayoría demócrata dispuesta a financiar la guerra, una Europa que la respalda y un Kiev que la necesita es la coalición con menos incentivos para negociar. Un frente que se siente fortalecido por el voto norteamericano puede leer la elección como una licencia para prolongar el conflicto.

La otra cara de esa apuesta es el costo económico, Europa soporta el peso energético de dos crisis simultáneas, Ucrania y Ormuz, y no tiene el margen político para sostener ambas si la factura sube. Lo que hoy se vive como alivio puede ser, dentro de un año, la prueba de que se postergó una decisión: definir qué hace Europa cuando Washington, cualquiera sea su signo, deja de ser garante.

La estabilidad de los otros

Puestas en fila, las piezas de esta semana forman un cuadro. Un imperio con el Congreso perdido y una guerra abierta. Un anfitrión chino que prepara una vitrina con el calendario en la mano. Un Kremlin que recibe a Teherán y propone un orden regional sin tutela externa. Un cuarteto Irán, Arabia Saudita, Turquía y Pakistán que se reúne por su cuenta. Un Qatar mediador que no pide autorización para hacerlo. Es el síntoma de un mundo donde la capacidad de producir orden ya no se concentra en un solo punto.

No hay que idealizarlo, esos polos tienen intereses propios, a veces contradictorios entre sí, y ninguno actúa por altruismo. Rusia vende gas y gana un aliado, China quiere previsibilidad para sus negocios, Turquía y Arabia Saudita cuidan su margen.

Pero esa es justamente la diferencia con la etapa anterior, el orden ya no lo define quien tiene la voluntad más fuerte sino quien sabe tejer más acuerdos. Y en esa tarea Washington, hoy, llega tarde y dividido.

Los desafíos locales

Mientras Washington se mira el ombligo y los otros polos ensayan órdenes propios en Shenzhen, en Moscú, en Teherán y en el Golfo, Nuestra América enfrenta una pregunta que ninguna elección norteamericana va a responder por ella, si será mesa, o menú.

La región llega a este reordenamiento con ventajas que pocas veces tuvo juntas, porque tiene energía, alimentos, minerales críticos, agua, un Atlántico Sur que vuelve a importar y un mundo que ya no tiene un único comprador ni un único prestamista.

Pero llega fragmentada, con gobiernos que corrieron a ofrecerle a Washington una lealtad que Washington hoy no puede garantizar, y con un Escudo de las Américas que convierte la cooperación en subordinación militar.

La Argentina es el caso más expuesto, porque ató su programa, su moneda y su relato a la suerte personal de un presidente que acaba de perder el Congreso y que seguirá siendo imprevisible hasta enero. Cuando la apuesta a un garante se vuelve apuesta apalancada sobre su destino, el país deja de decidir y pasa a esperar.

Esa espera no es neutral y como todos sabemos se paga en riesgo país, en deuda, en recesión y en soberanía. Frente a eso no alcanza con celebrar la derrota ajena ni con resignarse a un nuevo patrón.

Hace falta una política de Estado que ordene lo propio antes de que otros lo ordenen por nosotros, que la renta energética financie desarrollo y no solo balances, que el comercio y las finanzas se diversifiquen sin pedir permiso, que Brasil y el resto de Sudamérica dejen de ser una hipótesis para convertirse en una coordinación concreta sobre energía, deuda y defensa de recursos.

El mundo que viene no premiará a quien mejor se alinee sino a quien mejor se plante, y en ese mundo la Argentina y Nuestra América tienen una opción que no es cómoda pero sí clara, seguir siendo el territorio donde otros resuelven sus disputas o pasar a ser, por fin, un polo con voz propia. El imperio se mira el ombligo. Nosotros no tenemos ese lujo, y tampoco tenemos excusa.

Trump llega a Shenzhen con la alfombra ajena bajo los pies y un Congreso en las espaldas. Putin acaba de mostrar que Irán tiene a quién llamar. Xi decidirá cuánto de su vitrina está dispuesto a arriesgar. Europa espera. Kiev teme. Y en el Sur nos toca elegir si seguimos prendiéndole velas a un garante en retirada o si usamos la fisura para construir algo propio. El imperio se mira el ombligo. El mundo, entretanto, ya está haciendo otra cosa.