Testigo de medio siglo de amor
Dicen que todos estuvieron ahí, que lo vieron, que lo conocieron y compartieron un instante con él. Pero una sola presencia estuvo desde su primer día: en el barro, en el potrero y en la cancha de Argentinos Juniors, en Paternal. Hoy cuenta su historia la pelota y su historia con el diego y esa zurda intratable.
Su primer regalo fui yo. No una camiseta, no unos botines: yo. Una pelota de trapo, pobre, apretada, como todo lo que había en la casa. Él me agarró con esas manos chiquitas y no me soltó más. Desde ese día supe que había encontrado a alguien. O mejor dicho: supe que él me había encontrado a mí.
Iba al colegio haciendo jueguitos. Iba a todos lados haciendo jueguitos. La calle era su cancha y yo era su bandera. Los vecinos lo miraban pasar con la pelota pegada al pie y movían la cabeza. No entendían cómo un pibe tan chico podía hacer eso. Tampoco lo entendía. Solo sabía que no me quería bajar de ahí.
En Fiorito jugaba con su amigo Goyo. Yo estaba en el medio, siempre en el medio, escuchando las risas, los gritos, las discusiones por un gol dudoso. Goyo era su sombra, su hermano de barrio. Los dos pibes, la pelota y el barro. No había mucho más. No hacía falta mucho más. Eran felices sin saber que lo eran.
Y un día apareció Cornejo. Lo vio jugar y no lo podía creer. Le dijo algo que nunca voy a olvidar: "Si vos tenés ocho años, yo soy Gardel". Lo dijo en serio, medio en broma, pero se lo dijo. Y esa frase la escuché desde el pie de ese pibe, desde abajo, desde el lugar donde siempre estoy. Ahí supe que algo grande estaba por empezar.
Después vinieron los Cebollitas. Ganaban todo. Todo, todo. No había equipo que les pudiera ganar. Rodaba de pie en pie, cansándome de tanto festejar. Era un equipo de pibes que jugaba como si fueran grandes. Y él era el más chico, el más flaco, el más pobre, y el más terrible de todos. Lo sabía. Los rivales también, aunque no lo querían aceptar.
Una vez el Mono Rodríguez contó que lo vio bajar la casa del hornero. Sí, así como suena. La bajó. No me acuerdo bien cómo fue, pero la bajó. Estaba ahí, en el medio de esa tarde, viendo cómo ese pibe hacía cosas que no se le ocurrían a nadie. Ese barrio era su reino. Y yo era su trono.
La primera nota periodística llegó antes del debut. Cinco años antes, nada menos. Clarín escribió sobre él y le erraron el nombre. Pusieron "Diego Caradona". Caradona. Me reí por dentro. Las pelotas nos reímos así, para adentro, sin que nadie se dé cuenta. Él todavía no sabía que ese nombre iba a estar mal escrito durante años. Después lo escribirían bien. Y después lo escribirían en todos lados.
Hay un video de él haciendo jueguito. Un video viejo, de esos que se ven mal, con la imagen saltando. Ahí está él, con la pelota en el aire. Yo saltando en el aire, sin dejarme caer. Y en ese video se lo escucha decir dos cosas que quería: jugar en Primera y ganar un Mundial. Dos sueños. Nada más que dos sueños. Los dos los cumplió. Los dos los cumplió, y yo estuve en los dos.
Después llegaron las divisiones inferiores de Argentinos Juniors. Ahí empezó todo de verdad, aunque todavía no hubiera debutado. Con su primer sueldo llevó a su mamá, Doña Tota, a comer pizza. Fueron a "La Rumba", en Nueva Pompeya. Se gastó los 80.000 pesos que ganaba por mes. Él mismo lo contó: "Me gasté todo el sueldo con mi vieja. Nos comimos todo y nos tomamos todo". Y desde algún lugar, lo escuché.
En el entretiempo de los partidos de Primera, los pibes de las inferiores entraban a la cancha a hacer malabares. Los Cebollitas, entre ellos. Y él era la atracción principal. Íbamos de arco a arco, charlando, mientras la gente miraba y se quedaba callada. Un pibe de barrio, en el medio de una cancha grande, haciendo jueguitos para un estadio entero. Volaba de su pie al aire y del aire a su pie. Y sentía, por primera vez, que éramos importantes.
El debut casi llega antes. En 1975 hubo una huelga de futbolistas y el técnico Francisco Campana lo necesitaba. Con 14 años, casi lo pone. Pero apareció Francis Cornejo, el mismo que lo había descubierto, y se plantó: "No, todavía no". Y no debutó. Y también hubo una suspensión de cinco fechas por burlarse de un árbitro en Séptima División. Le dijo: "Juez, usted es un fenómeno, tendría que dirigir partidos internacionales". Esa frase la escuché completa, desde el pasto, y me pareció genial.
Y llegó el 20 de octubre de 1976. Paternal. Argentinos Juniors contra Talleres de Córdoba. Estaba ahí. Estaba desde mucho antes, en realidad. Estaba cuando él se puso el pantalón de corderoy para viajar. Estaba cuando entró a la cancha. Estaba cuando hizo la entrada en calor. Y estaba, sobre todo, cuando Goyo lo miró y le dijo algo al oído. No sé qué le dijo. Pero sé que le hizo bien.
El técnico era Juan Carlos Montes. Un tipo que confiaba en él. Lo mandó a la cancha en el segundo tiempo. Camiseta número 16. Quince años, once meses y veinte días. El pibe más chico que había debutado en Primera en ese momento. Rodé hacia sus pies y sentí que el mundo se detenía. No se detuvo, claro. Pero lo sentí. Las pelotas sentimos esas cosas.
El partido fue duro. Talleres ganó 1-0. Tocó la pelota, la pidió, la cuidó. No hizo un gol. No hizo un gol, pero todos los que estaban ahí entendieron que algo raro pasaba. Un jugador de Talleres, Juan Cabrera, lo insultó después de tirarle un caño: "Pendejo de mierda, maleducado". Se lo dijo porque no podía pararlo. Porque un pibe de quince años no debería hacer esas cosas. Y las hacía.
Ese día, en general, fue raro. Mucha gente dice que estuvo. Mucha gente dice que lo vio. Pero no estaban todos. No estaban todas las personas que dicen haber estado. Mucha gente se fue plegando porque quiso haber estado. Eso lo dijo él mismo, años después. Y yo, que estuve de verdad, puedo dar fe. No estaban todos. Pero Paternal estallaba.
Las estadísticas dicen que jugó 166 partidos en Argentinos Juniors. Que hizo 116 goles. Que fue el mejor de todos, ahí, en esa cancha chica, con esa camiseta roja. Pero las estadísticas no cuentan lo que vi. No cuentan cómo la gente iba a verlo a él, no al equipo. No cuentan cómo el estadio se llenaba para ver a un pibe. Eso no lo cuenta nadie. Solo lo cuento yo.
Él lo dijo una vez: "Creo que el mejor Maradona lo viví en la primera época de Argentinos Juniors. Yo sabía que salía a la cancha con un gol de ventaja. Una cosa increíble". Y era verdad. Salía con un gol de ventaja. Lo sabía. Los rivales lo sabían. El técnico lo sabía. Todos lo sabían. Y él lo sabía más que nadie. Por eso jugaba como jugaba.
Y hubo un día, en 1980, contra Deportivo Pereira, en el que hizo el mejor gol de su carrera. Él mismo lo dijo. Estuve ahí, en ese partido. Argentinos empató 3-3 y él hizo los tres goles. El último, a los 25 minutos del complemento. Empezó desde la mitad de cancha. Le tiraron patadas voladoras, de todo. Y él se las iba pinchando, y los rivales iban quedando tirados. Uno por uno.
"En la foto final, cuando yo la empujo, tras pasar al arquero, se los ve a todos tirados en filita", contó él después. Y yo, que era esa pelota, puedo decir que es verdad. Estaban todos tirados. Todos. En filita. Él empujó la pelota y yo entré al arco. Y ahí, en ese momento, entendí que había sido testigo de algo que no se iba a repetir nunca. Una historia de amor.
Me queda el orgullo. El orgullo de haber estado junto a él, y demostrándonos tanto cariño, en las canchas de fútbol del mundo. Reconozco a los demás jugadores. Pero él me regaló unas palabras en su despedida, palabras que las guardo dentro de mi ser: "La pelota no se mancha". Pura esencia. Y él lo sabía mejor que nadie.
Se te extraña, Diego. No solo yo. El que escribe. El futbolero. Y todo un pueblo al que le diste alegrías en momentos difíciles.
