Sarmiento, Milei y los zonzos de la historia

12 de septiembre de 2026
David Acuña

David Acuña, historiador, profesor y militante peronista. 

De Sarmiento a Milei existe una misma matriz de pensamiento que se repite como zoncera, que deja indefensa a la Patria y que verduguea al pueblo en su sentir nacional.

El pensador nacional, Arturo Jauretche, señalaba en su Manual de Zonceras Argentinas que entre las zonceras que ayudaron al pueblo a pensar contra sí mismo, pocas resultan tan reveladoras como aquella que afirma que “el mal que aqueja a la Argentina es la extensión”. Sarmiento la instaló en las primeras páginas de Facundo, aunque la idea ya formaba parte del sentido común de directorales y unitarios. Su aporte fue convertir ese prejuicio en doctrina y darle forma literaria.

La frase no era inocente, pues detrás de ella existía una determinada concepción de país: la Argentina debía reducirse para poder civilizarse.

La historia demuestra que ninguna potencia consideró la extensión territorial un mal en sí mismo, sino todo lo contrario. Constantemente, los Estados buscaron ampliar sus territorios, controlar recursos y asegurar posiciones estratégicas. Incluso los pueblos derrotados conservaron la reivindicación de aquello que habían perdido. Convertir el achicamiento en virtud es propio de una mente extraviada y antinacional.

En el mismo análisis, Jauretche señala que la cuestión territorial está indisolublemente ligada a la soberanía y que, por eso, esta zoncera debe vincularse con otras como “la victoria no da derechos”, la “libre navegación de los ríos” y, agregamos nosotros, con otras expresiones más contemporáneas, como “nada de lo que deba ser estatal permanecerá en manos del Estado” (Roberto Dromi); “las Malvinas serían un déficit adicional para la Argentina” (Mauricio Macri); “los mexicanos salieron de los indios, los brasileños salieron de la selva, pero nosotros los argentinos llegamos de los barcos” (Alberto Fernández); o “hubo una guerra y a nosotros nos tocó perder... Margaret Thatcher es brillante. ¿Cuál es el problema?” (Javier Milei).

Más allá de sus contextos y significados particulares, estas y otras expresiones del mismo tenor comparten una matriz: deslegitimar aquello que constituye la base material, histórica y cultural de la Argentina lesionando y desarmando al pueblo en su capacidad de reconocerse como sujeto soberano y de defender sus propios intereses.

Y es así como se construye una cultura de la indefensión, que vuelve a encontrarse con la vieja fórmula sarmientina de “civilización o barbarie”. En Facundo o civilización y barbarie, Sarmiento presenta la herencia española —de la que Facundo Quiroga y los caudillos federales serían expresión— como un obstáculo para el progreso. La barbarie, asociada a lo hispano, criollo, indígena y mestizo, queda ligada a la extensión del territorio y a las formas de vida construidas en él. En contraposición, la ciudad aparece como espacio de las luces, cosmopolita y abierto al mundo.

La operación ideológica fue doble: convertir en “barbarie” todo aquello que no encajaba en el proyecto liberal europeizante y subordinar el territorio americano a las necesidades del mercado mundial antes que al desarrollo autónomo de la nación.

No es que fuera falta de patriotismo, sino algo más profundo: una clase dirigente que miraba al país desde el puerto y al mundo desde Europa. Con la expansión del capitalismo industrial, la geografía nacional dejó de pensarse como un territorio a integrar y pasó a organizarse en función de una inserción dependiente en el mercado mundial.

La zoncera de la extensión no pertenece únicamente al siglo XIX, es una matriz de pensamiento que todavía sobrevive. Hace pocos días, Javier Milei, autoproclamado “el presidente más sionista del mundo” y admirador de Margaret Thatcher, realizó una serie de anuncios sobre Malvinas que se riñe tanto con la realidad de su política exterior como con algunas de sus propias apreciaciones anteriores. Vale detenerse en ello porque Milei se presenta, explícitamente, en diálogo con aquella Argentina de Sarmiento y Mitre.

Para el gobierno de Milei, Malvinas no constituye una cuestión de soberanía entendida como integración territorial y parte de una causa sudamericana, sino como una geografía donde los recursos naturales, la proyección antártica y el control de un paso bioceánico pueden ser “mercancías” para la cadena de suministros de Occidente y a la estrategia geopolítica de los Estados Unidos. Así, aquella vieja zoncera adquiere actualidad donde el territorio deja de ser concebido como base material de la soberanía nacional para convertirse en un activo disponible para los intereses de la potencia del Norte.

El enclave colonial británico en nuestras islas australes y la posible base integrada estadounidense en Tierra del Fuego son cuestiones estrechamente vinculadas que muestran que la mayor victoria de la dependencia no consiste solamente en quedarse con un territorio, sino en lograr que quienes lo habitan consideren una exageración defenderlo.

Un país que renuncia a pensar en grande termina inevitablemente pensando desde la subordinación. Y cuando un pueblo aprende a mirar su territorio como un problema, sus recursos como una tentación para otros y su soberanía como una pretensión excesiva, la dependencia ya no necesita imponerse desde afuera: se convierte en sentido común.

Para revertir esta situación, el pueblo argentino, huérfano de dirigentes patriotas y estructuras eficaces de lucha, debe volver a levantarse en montonera contra el poder central que lo asfixia y vende al extranjero por treinta monedas. Solo así, se terminará con las zonceras de hombres zonzos y ruines como Sarmiento y Milei.