Producción y trabajo. El desafío de salir del laberinto colonial
Hay una política para ser libre y otra para ser esclavo. No existen matices en la historia de las naciones invadidas y/o colonizadas Ayer, hoy y siempre, los tibios juegan para la colonia.
El camino de la liberación nacional, que solo es tal cuando se da en el marco de la justicia social, está plagado de naturales tensiones y desequilibrios políticos dado que rompe con el statu quo de una economía que forjó su aparato productivo al calor de los intereses extranjeros.
Naturalmente, recuperar el trabajo para los argentinos, y con ello el poder adquisitivo del salario y la posibilidad de mejorar las condiciones de las grandes mayorías, conlleva terminar con el modelo de Argentina primarizada y avanzar en la industrialización basada en la sustitución de importaciones y el fortalecimiento del mercado interno. Es ahí donde se producen los grandes conflictos como consecuencia directa de la reacción conservadora de aquellos que siempre han sido los mayores beneficiados del esquema de la Argentina exportadora de materias primas y energía: las grandes corporaciones extranjeras, el imperialismo.
De igual manera, esos momentos de tensión, resultan ser los de mayor desarrollo nacional y avance para los trabajadores y el conjunto del pueblo argentino. Esta brutal síntesis política explica la relación directa entre los conflictos y los momentos más ricos de nuestra historia.
San Martín, Rosas, Yrigoyen y Perón son liberación nacional, nacionalización del comercio exterior, soberanía en el Río Paraná, creación de YPF, Universidad Pública, industrialización nacional, derechos laborales, salud pública, planes de vivienda, trabajo digno… y también son enfrentamiento militar contra la corona española, batalla de Vuelta de Obligado, Pavón, Caseros, revolución del parque, golpe de Uriburu y década infame, golpes militares del 55 y 76, 30.000 compañeros asesinados por el imperialismo. Así es como liberación y desarrollo nacional, en patrias oprimidas, van de la mano con lucha y conflicto. No hay otra.
En otra brutal síntesis, también esto explica el motivo por el cual la Argentina se encuentra en una caída casi permanente, en trabajo, desarrollo y poder adquisitivo del salario, desde hace 50 años. Desde la última dictadura militar, y la posterior consolidación de una falsa democracia liberal, la política nacional osciló mayoritariamente entre aquellos que trabajaron, decidida y abiertamente, para la profundización de una Argentina Colonial (Videla, Menem, De la Rúa, Macri y Milei) y otros que buscaron administrar de manera más justa o menos injusta, el mismo modelo productivos sin modificar sus bases estructurales, en una suerte de búsqueda de “colonia próspera” (Alfonsín, Cristina Fernández de Kirchner y Alberto Fernández). A excepción de la ruptura con el FMI y la geopolítica regional de “No al Alca” durante el gobierno de Néstor Kirchner, la política nacional no ha tenido sucesos disruptivos con el imperialismo, lo que explica un continuo avance del modelo exportador extractivista que fue erosionando la industria y el trabajo nacional y, con ello, la calidad de vida del pueblo argentino.
Dejando de lado los excesos de generalidades; en política económica existen dos variables principales que determinan el funcionamiento de un modelo productivo: producción y consumo, o, lo que es lo mismo, oferta y demanda.
La subordinación neoliberal y la tibieza del falso progresismo, se han dedicado a ajustar los índices económicos mediante la regulación del consumo (demanda) sin tocar nunca el sector de mayor poder: La producción (oferta).
Esto generó que las consecuencias de las políticas públicas siempre sean de carácter efímero y circunstancial, dado que no modifican la estructura de fondo: la propiedad de los medios de producción y su orientación que determina salarios y capacidad de generar empleo genuino.
De un lado, los amantes del “capitalismo de rostro humano” o el proyecto de colonia próspera, incentivan el aumento del consumo (demanda) aumentando inversión pública, asignaciones sociales y promoviendo aumentos salariales para intentar distribuir de manera más justa las riquezas generadas por el modelo productivo exportador y dependiente instalado. A su vez, intentan regular el poder transnacional mediante normativa e impuestos con fines redistributivos.
La historia reciente demuestra con creces que ambas políticas terminan siendo impotentes y efímeras dado que no se puede regular vía administrativa a empresas que tienen mucho más poder y peso específico que una institución pública; y porque su facultad para determinar precios termina por absorber, vía inflación, cualquier aumento del consumo que se promueva mediante nueva emisión monetaria. Si se le da más plata al pueblo, ellos aumentan los precios, nunca la producción.
En consecuencia, esas políticas nunca terminan por generar desarrollo económico, sino que, al contrario, mayor concentración e inestabilidad económica.
Del otro lado, los kamikazes de la subordinación extranjera que coinciden con el falso progresismo en ajustar los índices económicos solo mediante la demanda o consumo.
Estos ajustan las variables inflacionarias, y deficitarias, mediante la depresión del consumo, lo que genera recesión, mayor desocupación, pobreza e indigencia. Así, promoviendo el infra consumo local, aumentan los saldos exportables y las utilidades de las grandes corporaciones transnacionales.
De las dos caras de la moneda, estos últimos son los peores, pero ambos no dejan de compartir un mismo modelo productivo. Por eso ninguno de los dos se meten con la producción. Ninguno de los dos promueve un cambio estructural, una salida al modelo productivo de Argentina colonial.
Es por esto que luego de 41 años de democracia liberal debemos identificar a cualquier propuesta que no contenga un proyecto de planificación productiva, para cambiar la matriz primarizada y dependiente de la Argentina, como una nueva versión de reciclaje político que solo persigue la continuidad de este modelo de saqueo y, en consecuencia, la decadencia socioeconómica nacional de las últimas décadas.
Es el deber de la época construir la organización política popular, nacional y revolucionaria, que sea capaz de arrimar a ese horizonte de grandeza que espera a nuestra Patria. La historia nos enseña que no será sin lucha, y tampoco será sin industria y trabajo nacional.