Peronismo amaestrado, peronismo de cotillón, peronismo pesimista
Reflexiones sobre el discurso ideológico y el discurso “instrumental” de la política actual.
Luego de la extinción física de Perón, el peronismo, que antes era dicho y hecho a través del diálogo de su líder con el pueblo, pasó a ser interpretado, traducido. Y ya una antigua expresión italiana nos advertía sobre los peligros de toda traducción, al decir “traduttore, traditore”, expresando que muchas veces el traductor, puede transformarse en un traidor, traicionando el sentido de lo que traduce. ¿Pero qué sería una traición dentro del peronismo, que dentro de su seno supo contener diversas expresiones ideológicas? La traición radica en alejarse de su núcleo duro dogmático, que fue justamente lo que unificó a esas diversas corrientes. Que son sus tres banderas: Soberanía política, Independencia económica y Justicia Social. Es verdad que cada época tiene sus particularidades y no se puede pretender una réplica de las políticas que llevó adelante el primer peronismo, ya que eran políticas para las problemáticas y etapa del capitalismo en el que se desarrollaron. Pero el peronismo no es cualquier cosa. Existe el error y peligro de creer que el peronismo es sólo una identidad. Y que cualquier programa político que se lleve portando el nombre de “peronismo”, es peronismo. Pero para algo y por algo, nuestro mentor, el General Perón, se encargó de desarrollar una doctrina y una filosofía que definen lo que es o no es el peronismo. Ya que era muy consciente que la operación que siempre pretenden llevar adelante las corporaciones económicas y la oligarquía, es la de apropiarse de los movimientos populares utilizando su identidad como cascarón vacío, para así llevar adelante un programa político acorde a sus intereses particulares. Esto sucedió con la alvearización de la Unión Cívica Radical. Y en nuestro movimiento, si no tenemos en claro cuál es su núcleo duro dogmático, su teleología, corremos el mismo riesgo de sufrir un vaciamiento sentido y convertirlo en instrumento para la dependencia económica y la falta de soberanía nacional, para que reine la injusticia en nuestra sociedad. Tal como sucedió en los ´90 con el menemato.
Existieron y existen múltiples lecturas de lo que es o no es el peronismo. Incluso durante los últimos años de vida del General Perón. Y el choque de estas lecturas llegaron a momentos de tragedia. Pero con la vuelta a la democracia, luego del genocidio de la dictadura cívico-militar, tan sólo dos lecturas del peronismo fueron hegemónicas y generaron cambios en la realidad de nuestro país.
La primera fue la del menemismo. Que fue una lectura del peronismo “adaptada a los nuevos tiempos” según afirmaban sus exégetas. Tiempos cercanos a la caída del Muro de Berlín, el fin de la llamada “Guerra fría” y el “Fin de la Historia”. Que elaboró un relato para “digerir” la catástrofe genocida cercana a la de los “dos demonios” y de la “vuelta de página”, con amnistías a dirigentes de las organizaciones armadas y los Generales genocidas por igual. Una lectura del peronismo acorde al consenso de Washington, muy lejano a su histórico núcleo duro dogmático de las tres banderas.
El peronismo pensado más que nada como una “identidad” popular y no como un programa político emancipador. Un peronismo pensado más como un “folclore” y una “lógica de poder” para acceder al gobierno, que como un movimiento con una teleología basada en la ética de la justicia social.
En cuanto al cumplimiento de su núcleo duro dogmático, podemos afirmar que se trató lisa y llanamente de una traición. El programa desplegado significó una mayor dependencia económica al llevar adelante una política de mayor endeudamiento con organismos internacionales como el FMI; reinsertarnos en la división internacional del trabajo, al llevar adelante políticas que destruyeron la industria nacional y las empresas estratégicas estatales. Una preponderante dependencia política con EEUU a través de llevar adelante una política internacional de “relaciones carnales” con aquel país, al adherir a su programa político y económico continental. Resultando todo esto en mayores niveles de injusticia social, con tasas de desempleo de dos dígitos y una distribución regresiva del ingreso.
La segunda fue la del kirchnerismo. Que también fue una lectura del peronismo adaptada a su época y contexto. Pero fue una lectura más fiel a su núcleo dogmático en cuanto programa político y económico. Construyó un relato resignificando el rol del Estado que, hasta aquel entonces, desde el derrocamiento del último gobierno peronista en el ´76, sólo funcionó como una herramienta de los sectores dominantes. Primero para perpetrar un genocidio en pos de imponer un sistema económico subordinado a intereses extranjeros y de las minorías oligárquicas en nuestro país. Y luego como “escribanía” de la enajenación del patrimonio nacional y gendarme de los intereses de los oligopolios y corporaciones económicas dominantes. El kirchnerismo llevó al Estado a reconocer sus responsabilidades respecto al genocidio y funcionó como herramienta para perpetuar la memoria histórica de lo que sucedió, reanudando también los juicios de la memoria, por la verdad y la justicia. Constituyó un Estado presente para resolver los problemas de los ciudadanos, reconocerle derechos y proteger nuestra soberanía nacional. Y sobre todo, reconstituyó a la política una herramienta de transformación, provocando que miles de jóvenes vuelvan a enamorarse con la idea de un futuro común.
Creció la industria, el empleo, el PBI y fue un crecimiento con distribución del ingreso. Se redujo la pobreza, la desocupación, se conquistaron derechos y los salarios de los trabajadores fueron los más altos en dólares de la región.
Antes de esta “revolución” kirchnerista, el peronismo era asociado directamente con su experiencia histórica más reciente por las mayorías populares. El kirchnerismo revitalizó al peronismo, lo sacó del ámbito de la traición y el vaciamiento de su programa político transformador. Lo rescató del relato de la anti política en el que se encontraba con su “farandulización”. Y retomó el discurso de la épica nacional y popular, “La Patria es el Otro”.
Todas estas conquistas, que se creían “irreversibles”, fueron siendo horadadas de a poco. Y nos dimos cuenta que ninguna victoria es pétrea. Como así tampoco ninguna derrota.
Desde los sectores que pretenden seguir conduciendo los rumbos de la Patria, tanto nacionales como extranjeros, fueron construyendo un discurso que poco a poco se fue materializando.
A partir del 2008, la alianza que había llevado adelante el kirchnerismo con los oligopolios mediáticos, se rompió. A partir de entonces el poder mediático fue sedimentando relatos que poco a poco fueron tomados como “verdades” por la ciudadanía. Relatos que se fueron construyendo y que versaron respecto a diversos temas en diferentes periodos, marcando siempre la agenda. Primero fue la “inseguridad”, luego “el país cerrado al mundo”, luego “la corrupción”, luego los ataques personales a la principal dirigente del peronismo. Que es “loca”, “caprichosa”, “autoritaria”, que tiene “ínfulas de maestra de escuela”, que es “vengativa”, que sufre de una supuesta patología llamada “hibris”, etc.
Relatos que luego, dentro de las internas del peronismo era también aprovechados y utilizados para horadar la figura de su principal referente.
Pero no sólo los relatos se construían alrededor de estigmatizar a los dirigentes de los gobiernos kirchneristas o dar a entender que este gobierno beneficiaba a los “delincuentes” a través de políticas judiciales “garantistas”. O de afirmar que existía un supuesto autoritarismo a partir de adoptar el concepto de “populismo” y relacionar al gobierno con otros regímenes políticos como el chavismo, el comunismo cubano o los gobiernos de medio oriente como el iraní.
Esto es porque a la hora de llevar adelante la batalla comunicacional, poco importa la lógica interna que tenga esa amalgama de relatos en pos de demonizar al gobierno y sus dirigentes. Puede ser por un lado “garantista”, pero a la vez “autoritario”.
Sino que también se empezó a construir una “crítica” de las medidas económicas que estaba llevando adelante el gobierno, imponiendo un discurso de la economía las 24/7 en todos los medios de comunicación, con un nuevo actor político estrella: el economista. Construyendo un sentido común de la economía en base a un mainstream neoliberal. “La inflación es debido a la emisión monetaria”, “el problema es el déficit fiscal”, “el dólar está atrasado”, “los precios están pisados”, etc. Explicaciones de la economía y de la realidad en base a la visión de los sectores de la economía concentrada. Al punto que luego de quince años de repetir la misma cantinela hoy podemos encontrarnos con el verdulero de la esquina repitiendo “el problema es la maquinita”.
Y no sólo en el ámbito de la economía, como decíamos, en el cómo se construyen mayorías, cómo se lleva adelante la lógica electoral, cómo se analiza la realidad (a través de encuestas y focus groups) también se construyó sentido común. Y se empezó a dejar de lado el discurso ideológico en pos de un discurso “instrumental” de la política (“hay que ganar las elecciones”) Sentido común que incluso permeó en nuestra dirigencia. ¿Qué otra explicación podemos dar a que el candidato a presidente para enfrentar al macrismo sea Scioli? Un candidato que siempre fue a contra mano (con perdón de la metáfora) de las políticas que llevaba adelante nación en la provincia que gobernó.
Porque la lectura política fue “el electorado está corrido a la derecha”, “no vamos a poner un candidato núcleo duro del kirchnerismo porque sería muy ideológico”, etc. Y el resultado fue que el electorado no logró percibir mucho la diferencia entre un candidato y el otro. Porque en términos de propaganda política fue pésimo. El ABC de toda propaganda política es la polarización, el contraste, el bien y el mal. De ahí surgen las épicas, las apuestas, las revoluciones, la esperanza, etc. Nos olvidamos de por qué ganó Cristina con un 54% de votos.
Entonces en 2015 perdimos porque el discurso de cómo se hace política, cómo se construyen mayorías, un discurso instrumental y no ideológico de la política imperó en nuestro movimiento.
Luego, en el 2018, cuando ganó Alberto, otro monigote, que sólo tiene explicación nuestro triunfo por el contraste con el gobierno de Macri y el de Cristina. Pienso que si se hubiera presentado Cristina hubiera ganado igual. Pero ella siguió con esa lógica instrumental y creyó en la falsa premisa de “con Cristina no alcanza, pero sin Cristina tampoco”.
Decía, que luego, en el gobierno de Alberto, perdimos porque impregnó en nuestro movimiento el discurso económico del mainstream. Con esa lógica se negoció la deuda y con esa lógica se gobernó luego.
Así llegamos al gobierno de Milei, que nos demostró que toda esa lógica instrumental hegemónica de cómo construir mayorías, que es anti ideológica y por ende ultra dialoguista, estaba completamente equivocada. El problema de este gobierno es que en términos económicos sigue a raja tabla y es un extremista del mainstream y está asociado a sectores de la usura internacional y local.
Para terminar, creo que toda esta discusión tiene una salida y viene en clave de las reflexiones de Saborido respecto a su sketch “El confort del Idiota”.
Cuando él se preguntaba ¿Qué es la creatividad? Decía, es no resignarse a cómo es la realidad y transformarla (cuestión que faltó de sobremanera en el gobierno de Alberto).
Cuando pensamos la política en términos instrumentales, es porque tenemos miedo a “enamorarnos” de la política, de una idea, de un movimiento. ¿Por qué muchos que se acercan a la política no quieren ver y sentir a la política en términos ideológicos, éticos, morales, pasionales, como forma de vida y sólo quiere arrimarse como si fuera parte de una lógica de poder, como si fueran actores de “House of Cards”? Como si la política fuera cosa de “técnicos”. Eso es porque tienen miedo de enamorarse y quedar como unos idiotas. “Esto es porque el no creer es el último refugio de la autoestima. El último lugar donde podemos quedarnos sin el riesgo de volver a sentirnos humillados porque algo falló”, decía Saborido. Pero la política en términos meramente instrumentales no enamora, porque es una manera cobarde de entender la política. Y porque esa forma de hacer política no le cambia la vida a las mayorías populares.
“¿Cómo es que hace el otro, entonces, el que puede hacer y aprender cosas nuevas? Tiene la capacidad que tenemos todos los humanos, de suspender la incredulidad y fascinarnos, por un momento” continuaba con su disertación Saborido.
Creo que es eso lo que tenemos que hacer con la política, tenemos que suspender la incredulidad de que podemos modificar la realidad y fascinarnos. Tenemos que dejar de lado la especulación y levantar nuestras banderas. La famosa “ancha avenida del medio” por la que nos quisieron desviar y lo lograron (Scioli, Alberto, Massa) sólo conduce al fracaso colectivo.
