Perón y el pensamiento estratégico

22 de junio de 2024
Leandro Greca

Leandro Greca es licenciado en Comunicación y Magíster en Ciencia Política. Trabajador legislativo y docente. De Ferro y de Bajo Belgrano.

El próximo 1 de julio, se cumplirá medio siglo del fallecimiento de nuestro conductor. Frente a quienes fagocitan su legado, reivindicamos el pensamiento estratégico de Perón, en su sentido estricto, lejos de las coartadas, las modas pasajeras y del oportunismo, haciendo votos por la felicidad del pueblo y la grandeza de la nación.

En su célebre alocución de 1953 en la Escuela Nacional de Guerra, Perón introduce como directriz para la unidad continental a la variable económica entendiendo a Sudamérica como la principal reserva de alimentos y materia prima del planeta. Y enfatiza, primeramente, en el ABC (Argentina, Brasil y Chile), en el Conosur, dada la proximidad geográfica y su potencialidad económica.

De tal forma, Perón introduce el pensamiento estratégico parando sobre sus pies al pensamiento nacional y le imprime al mismo un giro cardinal. Perón va más allá del legado hispánico para vislumbrar la Patria Grande y trasciende, a su vez, a los “fundamentos filológicos” entendidos como uno de los sustratos objetivos en la conformación de las naciones. Con esta iniciativa, buscaba superar los recelos limítrofes e históricos y forjar la unidad inscribiendo su necesidad en el concierto internacional, en la disputa por la hegemonía y por la distribución del excedente a escala planetaria. Su apuesta era una apuesta de cara al futuro. No estaba tras la búsqueda de la “unidad perdida”, con la fragmentación de los Virreinatos, sino más bien con la posibilidad de construir el continentalismo atento al devenir histórico signado por la agregación en unidades territoriales cada vez mayores.

El valor del pensamiento estratégico en Perón radica en un elemento fundamental. La medida de prueba del mismo es la realidad. La diferencia con el pensamiento especulativo, los ideologismos y los dogmas es palmaria. Estos últimos tienen la ventaja de contrastarse exclusivamente en la intersubjetividad del pensamiento contemporáneo, en los círculos políticos y ateneos académicos.

Acudir a la realidad, a lo concreto, como fuente de autoridad, es el signo inequívoco de la vida y obra de Perón y del peronismo en general. Las 20 verdades, los planes quinquenales, la Comunidad Organizada, el Modelo Argentino, entre otros textos y realizaciones, nos brindan abundante testimonio de esta verdad efectiva. En Conducción Política (1952), por ejemplo, Perón establece el éxito como criterio de validación para la conducción política. “En el arte de la conducción hay sólo una cosa cierta: las empresas se juzgan por los éxitos, por sus resultados. Podríamos decir nosotros: ¡qué maravillosa conducción!, pero si fracasó, ¿de qué sirve?” (Ibíd, p. 22). Se pregunta Perón colocándose, por añadidura, en su rol de conductor, ante el implacable juicio de la evidencia empírica.

Por más valioso y esclarecedor que sea su legado, no está exento el magisterio de Perón de tergiversaciones y usos bastardos bajo el ramplón argumento del pragmatismo. En nombre del pragmatismo, muchos ataron su identidad peronista al carro de los vencedores. En nombre del pragmatismo, muchos han servido a un círculo o a un caudillo antes que al movimiento. El connotado sentido histórico, del cual se valen arteramente quienes fungen como instrumentos de intereses inconfesables, será un dato a tener en cuenta más nunca un hecho consumado ante el cual debamos arrodillarnos.

El pensamiento estratégico no es fatalista. No se entrega ni se rinde ante las tendencias ascendentes en el plano internacional. Por el contrario, incorpora las novedades a su modo nutriéndose, en primer lugar, de las tradiciones y saberes nacionales y populares. A diferencia de las corrientes académicas ultramarinas, tan caras al sentir de la intelligentzia criolla, el pensamiento estratégico es un pensamiento auroral. No levanta vuelo con el crepúsculo sino, por el contrario, se anticipa a lo que habrá de venir y adquiere la forma de un anuncio.

En los confines de nuestro movimiento, existía, según la caracterización ulterior de la literatura especializada, una vieja y una nueva clase obrera. Las diferencias de antaño, en el mundo laboral, eran tanto o más dramáticas que las actuales. Nos referimos al contraste provocado por la migración interna, el desarraigo, y a la tensión entre formaciones sindicales acendradas frente a la irrupción de un sujeto aluvional cuya incorporación a la vida pública fue inmediata. La historia es harto conocida. Lo heterogéneo se pudo reunir a fuerza de doctrina, conducción y pensamiento estratégico.

Si algo ha caracterizado al peronismo, fue su capacidad para anudar, de forma teórica y práctica, la cuestión nacional y la cuestión social. Las izquierdas y el nacionalismo oligárquico, en el marco de la crisis ideológica mundial, desertaron de esa tarea histórica o bien no le asignaron relevancia alguna. Las primeras buscaron enclaustrar a la clase trabajadora en sus reivindicaciones tradeunionistas aislándola del conjunto de la nación. El segundo buscó revisar acertadamente los fundamentos de la historiografía tradicional pero simultáneamente apoyaba regímenes de fuerza y medidas de excepción contra la organización sindical con la excusa de la “amenaza roja”.

A diferencia de sus adversarios, Perón la vio. ¿Pero qué fue lo que vio?. Como dice el compañero Daniel Ezcurra, Perón vio un sujeto donde otros veían un paisaje. Y, sumado a ello, vislumbró la democracia de masas, el constitucionalismo social, la industria pesada, la integración regional, en suma, la soberanía política, la independencia económica y la justicia social.

Tanto los programas como las realizaciones populares son un camino de doble vía. De arriba hacia abajo y de abajo hacia arriba. Así como Perón anticipó el reverdecer de una nueva Argentina, también la vieron los trabajadores, el 17 de octubre de 1945, cuando entraron por la puerta grande a la vida pública nacional.

El próximo 1 de julio, se cumplirá medio siglo del fallecimiento de nuestro conductor. Antes de partir, nos dijo que la verdad se impone ante el engaño y la violencia. Y también nos dejó en claro que si estamos persuadidos de nuestro destino, no hay nada que temer. Frente a quienes fagocitan su legado, reivindicamos el pensamiento estratégico de Perón, en su sentido estricto, lejos de las coartadas, las modas pasajeras y del oportunismo, haciendo votos por la felicidad del pueblo y la grandeza de la nación.