“Orgulloso de ser argentino”
Hay finales que no cierran una carrera: la convierten en otra cosa. Lo que sigue reconstruye cómo un futbolista tímido se transformó en la voz de una multitud, qué episodio marcó su metamorfosis y por qué su último aplauso en Buenos Aires sonó a gratitud colectiva, con gestos que excedieron lo estrictamente deportivo y una dedicatoria que incomodó al poder.
El 6 de octubre de 2026, en el Monumental, Lionel Messi jugó su último partido oficial con la selección argentina. Fue ante Benín, un amistoso que cerró 21 años de carrera con la albiceleste. Esa noche no fue un repaso cronológico de su historia, sino el cierre de un ciclo que lo transformó de genio silencioso en líder. El pueblo lo ovacionó, y él lloró abrazado a sus hijos. La despedida confirmó que el Messi que nació en 2019 ya es parte de la historia grande.
La noche del Monumental no fue un repaso cronológico ni una suma de récords. Fue el cierre de un ciclo que transformó a un genio silencioso en capitán de un pueblo. Ante Benín, en un amistoso que cerró veintiún años con la albiceleste, el estadio entendió que despedía a algo más que a un futbolista. El que se fue por la puerta grande no era el mismo que había llegado en 2005.
Durante años, a los hinchas no nos alcanzaba con verlo sumar goles y partidos con la camiseta argentina. Le pedíamos más: que hablara, que se plantara, que pusiera el pecho. Hasta que fue entendiendo que argentino, además de serlo, hay que parecerlo. La Copa América de Brasil 2019 fue la bisagra. Tras la eliminación ante el local, explotó: dijo que la copa estaba armada para Brasil y que se cobraban boludeces a favor del dueño de casa.
Se dio cuenta de que el himno es mejor cantarlo fuerte y para afuera. Ese estallido no fue un berrinche: fue el comienzo de una transformación. Entendió que su rol exigía algo más que gambetas. Empezó a armar un equipo, a sacarse de encima a los amigos que no sumaban, a liderar desde el ejemplo y la palabra. Scaloni le puso un grupo joven, con hambre, y Messi lo condujo con una autoridad que antes no se le veía.
Los títulos empezaron a llegar. La Copa América 2021 en el Maracaná rompió una sequía de 28 años: Argentina venció 1-0 a Brasil con gol de Di María. Luego vino la Finalissima en Wembley, el Mundial de Qatar y el bicampeonato de América en 2024. En cada conquista ya no era el jugador que agachaba la cabeza, sino el capitán que arengaba, que se encaraba con los árbitros y ponía el pecho a las balas.
En Qatar, Louis van Gaal lo provocó antes de la semifinal y Messi respondió con fútbol, con el gol y con el gesto del Topo Gigio frente al banco rival. El "andá pa' allá, bobo" quedó en la historia. Con ese maradoniano arrancó a jugar no solo adentro de la cancha. Van Gaal después insistió: "Messi tenía que convertirse en campeón del mundo". Ya no se callaba nada.
En el Mundial 2026, la semifinal contra Inglaterra en Atlanta dejó otra imagen imborrable. Tras el triunfo 2-1, Lisandro Martínez, Lo Celso y Cuti Romero desplegaron una bandera que decía "Las Malvinas son argentinas", desafiando la orden de la FIFA y del gobierno de callar la causa. Esa misma bandera volvió a aparecer en la despedida, en manos de un excombatiente que entonó el himno.
Tampoco pasaron desapercibidas sus palabras de despedida hacia uno de los máximos referentes del rock y la cultura nacional, el Indio Solari. Pero lo que terminó de sellar esta reinvención, dejando atrás ese posible desinterés por las cuestiones sociales del país, fue dedicar el triunfo frente a Inglaterra a la gente que no llega a fin de mes y la está pasando mal, en clara mención al presente que viven millones de compatriotas.
Habló del pueblo sin intermediarios: "Hay gente que la pasa mal, que no tiene trabajo, que no llega a fin de mes o que la vive peleando". El gobierno reconoció que sus dichos eran completamente ciertos. Messi ya no era solo el capitán del equipo: era la voz de un país. Su despedida no fue un adiós triste, sino la confirmación de que ese liderazgo maradoniano nacido en 2019 ya es historia grande.
El capitán de Benín le regaló a Messi una réplica de la estatua de Dahomey, "es para tu esposa", le comento. Las amazonas de Dahomey, conocidas como Agojie (también llamadas Mino o Minon), fueron un ejército de mujeres que protegió al reino durante siglos y llegó a contar con 6.000 integrantes, entrenadas rigurosamente desde jóvenes. En la invasión francesa de 1892 combatieron en primera línea y sufrieron enormes bajas; solo 17 de las 434 que participaron en una batalla regresaron y fueron la últimas que resistieron al invasor.
Terminado el partido, la pelota dejó de rodar pero el Monumental no se vació. Messi tomó el micrófono y habló como venía hablando desde 2019: sin guion, mirando a la tribuna. "Soy un agradecido a Dios de ser argentino", arrancó, y remató con la frase que el estadio le devolvió como un grito: "orgulloso de ser argentino". Lo dijo dos veces, como si necesitara que quedara grabado.
Después habló de su trayectoria en la selección: "un orgullo muy grande para mí defender esta camiseta durante más de 20 años". Y aclaró algo que muchos intuían: "hasta en los peores momentos nunca dejé de luchar, ni de dar el máximo, de querer estar siempre". Fue un resumen sin autocompasión. El tipo que alguna vez fue acusado de no sentir la camiseta eligió recordar justamente eso, y lo dijo él, con la voz quebrada.
También hubo lugar para el recorrido: "tuve la suerte de ir por todo el país y siempre recibí un cariño enorme". Lo explicó con una frase que ya es bandera: "siempre somos locales en todos lados". Ahí está la síntesis de su vínculo con la gente, la que lo abrazó en cada provincia y convirtió cualquier cancha en tribuna propia. El país entero cabía en esa definición.
Y dejó un pedido para los que vienen: "siempre unidos, porque hay gente que quiere ver mal a la selección". Después vino el adiós: "voy a extrañar defender los colores de la selección, pero ahora voy a estar de ese lado, con todos ustedes, bancando a todos estos chicos y a todo lo que venga". Lo dijo con la voz tomada, y ahí se terminó de entender que la despedida era de todos.
