Naciones en guerra activa
Columna política y deportiva del Mundial 2026 por Diego “Vasco” Arturo.
El Mundial 2026 que organiza Estados Unidos es el primero con 48 equipos. Pero cuatro de ellos —Irán, Irak, República Democrática del Congo y Haití— disputan la Copa mientras sus respectivos países atraviesan conflictos bélicos o colapsos internos.
La FIFA y el comité local del Mundial 2026 en Estados Unidos gestionan un escenario geopolítico sin precedentes. Irán, uno de los cuatro países en conflicto activo que participan en la Copa, presentó un documento formal con diez exigencias para disputar el torneo. Entre ellas figuran visados para miembros de la Guardia Revolucionaria, respeto a su bandera oficial y prohibición de críticas políticas. La delegación advierte que se retirará incluso durante la competencia si alguna condición se viola.
Irán llegó al Mundial en pleno fuego y sangre, tras el inicio de la guerra el 28 de febrero de 2026. El equipo persa enfrenta además máximas tensiones con Israel, en un conflicto que involucra directamente al anfitrión estadounidense. Esas presiones llevaron a la federación iraní a dudar hasta último momento sobre su participación.
El pliego de diez condiciones exigido por Irán incluye: visados garantizados para todos los jugadores y el cuerpo técnico, incluidos quienes hicieron el servicio militar en la Guardia Revolucionaria. También demanda respeto pleno en territorio estadounidense, honores a la bandera oficial de la República Islámica y la ejecución correcta de su himno en cada partido. Asimismo, requiere seguridad máxima en aeropuertos, hoteles y rutas, y que en los estadios sólo ondeen las banderas iraníes oficiales (excluyendo variantes históricas como el León y el Sol).
Otras condiciones son: prohibición de críticas políticas al equipo, veto a insultos contra militares iraníes, y que los periodistas limiten sus preguntas a lo estrictamente futbolístico (excluyendo temas militares, económicos y sociales). Por último, exigen el reconocimiento oficial de todos los símbolos de la República Islámica. Los iraníes buscan jugar al fútbol sin hostigamientos. Lo solicitado resulta objetivamente lógico para cualquier selección, pero su formalización por escrito evidencia que el derecho a un trato digno no está garantizado de origen.
Durante el mundial la selección de Irán vivió otro infierno. Estados Unidos les negó instalar su campamento en su territorio, por lo que debió pernoctar en Tijuana, México. Cada partido implicó un viaje exprés: cruzar la frontera el mismo día del encuentro y regresar al terminar. Un desgaste físico y emocional inédito que la FIFA convalida con pasividad, mientras el equipo persa pidió igualdad de condiciones.
La Federación Iraní presentó una queja formal ante la FIFA por estas restricciones discriminatorias. Denunciaron que un país que impide la libre circulación de una delegación no debería haber sido sede de un Mundial. Además, el jefe de prensa y otros 14 oficiales no obtuvieron visa para entrar a EE.UU. La preparación técnica se resiente, y el espíritu de igualdad del torneo queda en ridículo.
Pero el conflicto no termina ahí. El politólogo iraní Lotfolah Kaveh Afrasiabi presentó una demanda por 1.000 millones de dólares contra la FIFA, Infantino y directivos ante un tribunal de Boston. La acción legal, que busca ser demanda colectiva en representación de 91 millones de iraníes, acusa a la FIFA de "doble rasero, hipocresía y discriminación abierta. La lucha trasciende la cancha.
Irak vuelve al Mundial después de 40 años (no clasificaba desde México 1986). Los festejos en Bagdad por la clasificación no ocultan la realidad: el país sigue atravesado por violencia entre milicias, tensiones internas y la sombra prolongada de la invasión estadounidense de 2003. La selección juega sus partidos bajo una frágil tregua interna.
La República Democrática del Congo dice presente en el Mundial por primera vez desde 1974. Sin embargo, en el este del país la guerra sigue activa: grupos rebeldes controlan ciudades, hay miles de desplazados y la disputa por recursos naturales (coltán, oro, cobalto) mantiene una crisis humanitaria de alta intensidad. El equipo congoleño compite mientras su territorio se desangra.
Haití, tras más de 50 años sin jugar un Mundial, clasificó, pero no pudo disputar ningún partido de local debido a la violencia extrema en la isla. El Estado haitiano está colapsado: bandas criminales y pandillas controlan amplias zonas, sin autoridad efectiva. La selección entrena y juega en el exilio simbólico, reflejo de una nación que ya no puede garantizar ni siquiera la seguridad de su propio equipo.
Para colmo la FIFA censuró la casaca oficial., ya que contaba la historia de su liberación. La imagen era alusiva a la Batalla de Vertières de 1803 y a los mercenarios polacos que apoyaron la revolución haitiana. La FIFA obligó a quitar esa referencia por considerarla un mensaje político.
¿Por qué las demás delegaciones y el mundo entero no dice nada sobre situaciones similares? Este Mundial 2026 es histórico no solo por las 48 selecciones. Es el primero donde cuatro países compiten mientras sus territorios están en conflicto activo. Y también el primero donde una federación exige por escrito, bajo amenaza de retiro inmediato, condiciones que cualquier equipo debería tener por defecto.
La FIFA celebra un Mundial de 48 equipos mientras cuatro selecciones llegan desde el infierno. El fútbol se presenta como mensaje de paz, pero en la práctica excluye, discrimina y doblega a quienes más necesitan ese mensaje.
El anfitrión Estados Unidos impone sus reglas migratorias por encima del espíritu olímpico del torneo. Niega, obliga y censurar no por seguridad, sino por hostigamiento. La lucha no es capricho: es la respuesta a un sistema que trata a ciertos países como ciudadanos de segunda. El Mundial expone las grietas del orden global.
Mientras los precios de reventa excluyen al hincha popular, la FIFA se lava las manos ante el calvario de estos equipos. El fútbol debería ser refugio, no espejo de las injusticias del mundo. Pero el 2026 demuestra que el negocio y la geopolítica pesan más que la pasión. Cuando la pelota rueda, no todos juegan en la misma cancha.
