Mayo y la Revolución
La idea de Revolución no es un hecho de calendario en el mes de mayo o algo que haya quedado detrás nuestro en la historia. Todos los intentos por concretarla a lo largo de doscientos años hablan de que aún continúan pendientes.
Tras conocerse en Buenos Aires la caída de Sevilla ante las tropas francesas, se conformó la Junta Provisoria Gubernativa del Río de la Plata, conocida como Primera Junta. El nuevo gobierno reunió a los principales referentes del sector revolucionario: Cornelio Saavedra como presidente; Mariano Moreno y Juan José Paso como secretarios; y vocales como Juan José Castelli, Manuel Belgrano, Miguel de Azcuénaga, Manuel Alberti, Domingo Matheu y Juan Larrea. Castelli y Belgrano, además, encabezaron las expediciones militares al Alto Perú y al Paraguay.
Tanto los juntistas como el sector desplazado del poder —encabezado por el virrey Baltasar Hidalgo de Cisneros y el obispo Benito Lué, partidarios del Consejo de Regencia— coincidían en que atravesaban una etapa de crisis y revolución. Más de dos siglos después, las interpretaciones sobre Mayo de 1810 continúan siendo objeto de debate; sin embargo, existe un amplio consenso en considerar aquellos sucesos como una ruptura decisiva con el orden preexistente.
Durante el siglo XVIII y las primeras décadas del siglo XIX, el concepto de “revolución” aún no poseía la connotación positiva de transformación emancipadora que adquiriría posteriormente. En aquel contexto, el término se vinculaba principalmente con el desorden político, la sedición y la alteración del orden social. De hecho, en 1810, fueron inicialmente los sectores opuestos a la destitución del virrey quienes calificaron de “revolución” al movimiento de Mayo, otorgándole un sentido peyorativo.
Sin embargo, a medida que el conflicto político y militar se profundizó, el concepto fue resignificado por figuras como Monteagudo, San Martín, Belgrano, Artigas y Güemes que comenzaron a asociarlo con ideas de libertad, igualdad y redención política que incluía, además de las élites, a los sectores populares.
Este proceso dio pie a que la Revolución dejara de ser interpretada únicamente como una respuesta coyuntural a la crisis de la monarquía y se convirtiera en un momento constituyente y el mito fundacional de nuevas identidades políticas en toda Hispanoamérica.
Para José de San Martín, la Revolución formaba parte de un proceso iniciado en la Península Ibérica marcado por un profundo carácter antiabsolutista y de liberación nacional frente a la invasión napoleónica. Trasladado al escenario americano, ese proceso adquiría una dimensión continental orientada a conquistar los derechos y libertades que la restauración borbónica pretendía limitar o revertir.
Tres décadas más tarde, Juan Manuel de Rosas, en su condición de gobernador de Buenos Aires, no dudó en definir a la Revolución como un “acto de soberanía popular” frente a los agravios y abusos que la monarquía había cometido contra su propio pueblo.
Tiempo después, Leandro N. Alem —hijo de un federal rosista ejecutado tras la caída de Rosas— junto a su sobrino Hipólito Yrigoyen, proclamó durante el gran mitin de Rosario de agosto de 1890: “Bienvenidos seáis a tomar participación en esta verdadera revolución política y social (…) el pueblo se ha dispuesto a romper las cadenas que le oprimían (…) en esta regeneración política y social, el ejército ha hecho causa común con el pueblo”. Palabras que expresaban una fuerte mística patriótica y recuperaban la idea del pueblo en armas como sujeto constituyente de su propio destino histórico.
Tras años de lucha, avances y retrocesos, parte de las reivindicaciones y programas del movimiento obrero quedaron institucionalizados con fuerza de ley en la Reforma Constitucional de 1949. Logro que difícilmente hubiera sido posible sin la irrupción de la clase trabajadora terciando en la interna del proceso abierto en junio de 1943. El peronismo, como expresión de la radicalización de los principios de la revolución nacionalista del 4 de junio, no solo puso fin a la patria oligárquica y liberal, sino que permitió canalizar demandas históricas de los sectores populares. Demandas, que, en muchos aspectos, venían sin obtener respuesta desde los mismos momentos de iniciada la Revolución de 1810.
La dimensión revolucionaria del peronismo y el liderazgo de Juan Domingo Perón fueron sintetizados por Eva Perón en su exposición ante la Escuela Superior Peronista en 1951: “el peronismo, nacido el 17 de octubre, es una victoria del auténtico pueblo sobre la oligarquía. Y para que esa victoria no se pierda, como se perdió la Revolución Francesa y la Revolución Rusa, es necesario que los dirigentes del movimiento peronista no se dejen influenciar por el espíritu oligárquico […] Hay que aplaudir y gritar menos y actuar más”.
Sin embargo, el movimiento peronista que llegó a constituirse en el umbral sobre el cual asomarnos a una revolución nacional para la Argentina vio truncada su dinámica por las bombas, la proscripción y los fusilamientos de la reacción oligárquica. Frente a la contrarrevolución, el “hecho maldito del país burgués”, como definió John William Cooke al peronismo, supo erigirse como un freno concreto frente a las aspiraciones liberales de la burguesía.
Desde 1955 hasta la actualidad, y no sin resistencia popular, la Argentina ha sido arrastrada cada vez más profundamente al pantano de la dependencia del imperialismo yanqui, la ocupación colonial británica en el Atlántico Sur, el saqueo de las corporaciones transnacionales y la penetración de aparatos de propaganda sionista. Pareciera que aquella vitalidad nacida en 1945 a espejo de la de 1810 —que luego se reencarnó en la primera resistencia peronista del caño y la pintada, en el sindicalismo combativo de las tomas de fábrica, en las organizaciones guerrilleras de los años 70 y en el cristianismo de liberación— ha dejado de constituir la raíz viva de un programa político transformador. Aquellas expresiones que, en distintos momentos históricos, supieron romper el corsé del institucionalismo burgués y pensar en términos de transformación social profunda, hoy apenas sobreviven como un eco lejano dentro de estructuras partidarias, sindicales o sociales que, más allá de la retórica y de esporádicos espasmos de movilización, parecen haber perdido la voluntad —o incluso la capacidad— de proyectar un horizonte revolucionario.
La idea de Revolución no es un hecho de calendario en el mes de mayo o algo que haya quedado detrás nuestro en la historia. Todos los intentos por concretarla a lo largo de doscientos años hablan de que aún continúan pendientes. Necesitamos una Revolución capaz de romper las ataduras del imperialismo, comprender el destino argentino en clave sudamericana, rescatar nuestra cultura de la colonización pedagógica, de vengar a la familia trabajadora ante tanta humillación extranjerizante, de barrer con las derechas sin sustancia como de los progresismos estupidizantes y forjar un socialismo con características nacionales para la felicidad del pueblo y la grandeza de la Nación.
