Liberación o algoritmo

31 de octubre de 2026
Alejandro "Coco" Garfagnini

El poder no se hereda recorriendo despachos ni se delega en algoritmos; se construye en la calle y con las masas. Apuntes urgentes del “Coco” Garfagnini para un campo popular que sigue confundiendo estrategia con timidez.

Si bien mi última nota de principio de primavera fue quejosa, criticona, sobrecargada de metáforas y de confusa terminología pedagógica piagetiana, seguiremos lanzando botellas con mensajes al mar del movimiento popular con la esperanza de ser leídos, criticados, descifrados o desechados.

Si la ideología es la lente con la que se mira y analiza la realidad, la idiotez es analizar la realidad y los aportes al debate militante con la lente de las internas palaciegas.

 

Las lecciones de Lula

Como decía mi amigo Mendieta: una es casualidad, dos coincidencia, tres ataca el enemigo.

La venganza imperial del «ALCA, al carajo» se empezó a ejecutar en enero del 2016 en Jujuy con la detención de Milagro Sala y la persecución de su movimiento. Continuó con una seguidilla de detenciones de dirigentes populares que desbordaron las cárceles de Ezeiza y Marcos Paz.

El Departamento de Estado americano iniciaba el plan de la recolonización de América Latina y el saqueo de sus recursos. Su brazo ejecutor fue el mismo en cada país de la región: una perfecta articulación entre jueces y fiscales instruidos por agencias de inteligencia extranjeras y medios de comunicación hegemónicos, instigando las 24 horas del día el morbo de los espectadores, que se regodeaban con cada detención como si fueran analgésicos de sus propias frustraciones.

A fines de 2018 se amplía la experiencia a toda la región: detienen a Lula, dictan la prisión contra Correa y encarcelan a Jorge Glas, vicepresidente de Ecuador, en un autogolpe de Estado ejecutado por Lenín Moreno. Un año después, golpe de Estado a Evo Morales en Bolivia con apoyo logístico desde la provincia de Jujuy, que siempre es tierra de oportunidades. También en el 2019 Juan Guaidó se autoproclama presidente de Venezuela con reconocimiento del país del norte y sus ya gobiernos neocoloniales de la región.

En la actualidad pocas cosas han cambiado para algunas de las víctimas: Milagro y Cristina con detención domiciliaria, Correa en el exilio, Glas muriendo en una cárcel de Ecuador, Evo Morales prácticamente en situación de clandestinidad, Maduro y su esposa secuestrados en vivo y en directo por el ejército de Estados Unidos y en cárceles norteamericanas. Lula, la excepción: presidente.

No son algo novedoso los planes y las acciones del imperio en estos pagos; lo novedoso es que algunos dirigentes populares sigan creyendo que nuestros pesares son obra de la naturaleza.

Y en esa pelea sin resolver andamos desde la fundación de la patria: los pueblos quieren ser libres y las minorías oligárquicas quieren ser colonia. El bloque nacional y el antinacional, o la grieta, o la polarización: llamalo como quieras, pero, en síntesis, la principal contradicción política que sigue floreciendo apenas frotamos el polvo de la historia sigue siendo liberación o dependencia.

Tanta guerra cognitiva desplegada por los tecnomagnates de las redes, tantas editoriales escritas por los medios hegemónicos, tantas persecuciones, tantas cárceles, tantos dirigentes cooptados al servicio del enemigo, y todavía el cincuenta por ciento —un poquito más o un poquito menos— de los que aún van a votar en nuestros países al sur del río Bravo sigue optando por propuestas populares.

Sigue habiendo esperanza, sigue habiendo Patria.

A principios del año 2018 Lula emprende una caravana de 3000 kilómetros por 9 estados y 28 ciudades de Brasil. No fue una puesta en escena para spots publicitarios: abundaron movilizaciones locales, debates militantes, pero también piedrazos y tiros del bolsonarismo que ya emergía como la fuerza política cipaya de nuestro vecino país.

Un periodista, desde su ingenuidad, le preguntó a Lula qué estaba haciendo, cuál era el sentido de semejante caravana si no podía ser candidato producto de la persecución judicial contra su persona. «Estoy construyendo poder popular», le contestó Lula con absoluta naturalidad. Para el viejo líder metalúrgico el poder siempre fue representación popular y reside en la organización de los frentes de masas, jamás en la formalidad institucional de la democracia liberal.

Por eso el domingo pasado escuchó las demandas populares y desafió frontalmente al algoritmo, a las plataformas de juego digital y a la injerencia yanqui. No solo le ganó a Bolsonaro: también le ganó a la moderación recomendada por todos los analistas profesionales.

 

Mientras tanto en Argentina…

Desde el mismo domingo a la noche aparecen todos los días nuevos generales del ejército digital lulista a los que la prensa les adjudica el triunfo.

¿Y adivinen qué? Ya se está diseñando el peronismo carioca y varios cabos con aspiraciones de generales preparan el ejército digital peronístico. Suena capusottiano, pero es real.

Sería necio desconocer la revolución tecnológica que cambió globalmente la forma de relacionarse y comunicarse de toda la humanidad. Pero si no tenés línea política que transmitir, por más ejércitos digitales que formes, los soldados se van a matar entre ellos en los grupos de WhatsApp.

Lula no ganó por ningún instrumento de comunicación digital por más útil y necesario que sea: ganó porque es el dirigente más representativo de su pueblo y sabe como nadie interpretarlo. Entiende que esa representación no es transferible porque el poder no es transferible; eso deberían saber los dirigentes argentinos que creen que visitar el barrio de Monserrat les da legitimidad y representación transferida para decir y hacer cualquier cosa.

A mí me sigue pareciendo re violenta la apropiación política ajena.

El Estado, como lo conocemos hoy dentro de esta democracia liberal, no tiene ni la eficacia ni la rapidez para contrarrestar la voracidad de las corporaciones transnacionales aliadas a las élites cipayas locales. Eso genera un estado de indefensión en la sociedad y la necesidad de que venga alguien a ordenar, a mandar, a impartir justicia.

En ese contexto, la radicalización de las posiciones políticas en la segunda vuelta de Lula fue otro de los factores significativos de su triunfo.

Seguir discutiendo dónde está el poder y cómo se ejerce sin darnos una discusión profunda del Estado y la democracia que necesitan los pueblos es seguir transitando a contramano de la representación política.

En la supervivencia social que vive nuestro pueblo, ¿a quién le interesa discutir si hay PASO o no hay PASO? ¿A quién le interesa la calidad institucional si no tenés laburo, y si lo tenés no llegás al día 15 del mes? Son agendas que les interesan más a los dirigentes que a las mayorías populares.

Si no revolucionamos la democracia hacia una democracia participativa y popular, van a seguir proliferando los Milei o los Bukele en toda la región.

Milei fue la radicalización política del macrismo y Alberto Fernández fue la moderación del kirchnerismo. Que cada uno saque sus conclusiones, pero en la actualidad el peronismo sigue insistiendo con propuestas tan moderadas que rozan los programas del enemigo.

Mientras sigamos discutiendo modales con la heladera vacía, la derecha nos va a seguir comiendo el futuro. En definitiva, frente a la crueldad organizada, la moderación no es estrategia: es cobardía.