Estados Unidos: mierda y sangre
Las bravuconadas de Mr. Peter Lamelas en relación a nuestro país fueron más propias de un espagueti western con bajo presupuesto que las de un diplomático. Aun así, el gobierno nacional fingió demencia y pasó por alto el agravio graficando hasta qué punto las relaciones carnales con el país del norte se evidencian en la conjunción patronímica de Milei-Lamelas.
Todo funcionario yanqui tiene en su ADN un imperialismo, que se remonta hasta tiempos anteriores a la conformación de las trece colonias, que es correspondido por un ADN cipayo, que hunde sus raíces en un amanuesimo de todo lo extranjero por sobre lo nacional.
Mierda
En 1620, el barco Mayflower arriba a las costas de América del Norte trayendo un centenar de fanáticos religiosos separatistas que se regían por una irrazonable lectura literal de las escrituras bíblicas, lo cual resultaba hasta intolerante para un rey vicioso como Jacobo Estuardo.
Este grupo particular se nutrió con hombres violentos y sin escrúpulos que sentaron la base de una sociedad con valores supremacistas, de intolerancia religiosa y con apetencias de un expansionismo sin límites.
La matanza de comunidades indígenas enteras y el saqueo de sus tierras, la depredación del medio habiente, la quema de brujas y la instauración de la esclavitud será el legado de mierda de una sociedad que nació de las mierdas que ni los británicos consideraron conveniente mantener en sus islas.
Sangre
Al peregrinar de los “Padres Fundadores” le siguió la saga de tipos sin escrúpulos como John Smith, de filibusteros como William Walker, de mercenarios como Sam Houston y de ladrones de tierras como Joseph Smith, tropelías que terminaron por volverse el alma de un pueblo que, como señalara Simón Bolívar, pareciera destinado por la providencia a plagar la América de miserias en nombre de la libertad.
Desde el discurso de despedida de Georg Washington (1796), donde el primer presidente de la Unión habla del carácter aislacionista de lo Estado Unidos, hasta la explicitación de la Doctrina Monroe (1823), donde se considera a todo el hemisferio americano como de incumbencia de la Casa Blanca, la consolidación territorial del país del norte estuvo plagada de sangre y destrucción.
La conquista y anexión de la mitad de México (1846-48), sumado a la compra de Luisiana (1803), la adquisición amañada de la península de Florida (1819) y la compra al régimen zarista ruso de Alaska (1867), ha dado a lo Estado Unidos la actual fisonomía territorial que se complemento con la ocupación colonial de Puerto Rico (1898), Hawái (1898), Guantánamo (1898) y otros territorios de ultramar. Todas acciones respaldadas a punta de fusiles y cañones.
El intervencionismo yanqui en Nuestra América y en el reto del mundo ha dejado millones de muertos a lo largo de los siglos. En la Argentina, la ocupación británica de nuestras islas Malvinas no hubiera podido concretarse sin el previo ataque a las instalaciones de Puerto Luis por la corbeta estadounidense USS Lexington (1831). La injerencia de Spruille Braden en 1945 contra Juan Perón prefiguró la misma actitud contra el gobierno guatemalteco de Jacobo Arbenz (1954) y el apoyo al dictador nicaragüense Anastasio Somoza. Sin el respaldo de Washington, la Junta Militar de 1976 no hubiera podido mantenerse en el tiempo, como así tampoco lograrse la recuperación colonial británica en 1982 sobre nuestras islas y mares australes.
No odiamos lo suficiente a los yanquis
Y es así, como llegamos a la Argentina del 2025 gobernada por un descerebrado que idolatra a Donald Trump, profesa su admiración por Margaret Thatcher, corre tras el criminal de guerra de Benjamín Netanyahu y tolera la oralidad de Lamelas.
Sin embargo, no es exclusividad del gorilismo otorgar a los Estado Unidos un rol progresista a pesar de todas las evidencias históricas en contra.
Es solo por extravío ideológico que Guillermo Moreno puede considerar a Trump como peronista; es solo por cobardía de clase que Roberto Baradel y Hugo Yasky corrieron a sacarse fotos con el embajador Marc Stanley; es solo por colusión histórica que ñatos como Andrés Rodríguez y Gerardo Martínez fueron a hacer lo propio a la embajada.
El peronismo en sus orígenes no solo implicó la irrupción de la clase trabajadora en la política nacional, sino la condensación del antimperialismo bajo la consigna “Braden o Perón”. La actual dirigencia política del campo nacional debe recuperar el odio que generaciones le han profesado a los descendientes de los pérfidos peregrinos del Mayflower.
Aun no odiamos suficientemente a los yanquis; aun no nos convencemos de combatir al pirata británico bajo todo medio; aun no nos da el suficiente asco la penetración israelí en nuestro país; aun toleramos demasiado que nuestra riqueza se la lleven las transnacionales extranjeras.
Cuando odiemos suficientemente a nuestros enemigos, recién ahí, comenzaremos a vencer.