Entre la colonia extractivista y la necesaria refundación del movimiento nacional
La historia argentina no es otra cosa que la disputa persistente entre dos proyectos de país irreconciliables: Patria o Colonia. Rodolfo Pablo Treber desmenuza en esta nota las claves de esa contradicción, desde el quiebre de 1976 hasta la fase terminal del saqueo actual, y nos convoca a refundar un movimiento nacional con la potencia de los que saben que la independencia no será concedida, sino conquistada.
1. El quiebre de 1976 y la destrucción del modelo de desarrollo nacional
La historia argentina está atravesada por una contradicción persistente entre dos proyectos de país irreconciliables: Patria o Colonia. No se trata de una consigna abstracta, sino de dos formas concretas y opuestas de organizar la economía, distribuir el poder y vincular a la Nación con el mundo.
Hasta 1976, aun con crisis y contradicciones, la Argentina conservaba un entramado industrial, un mercado interno dinámico y herramientas estatales orientadas a producir una parte creciente de lo que el pueblo consumía, exportar excedentes y utilizar esas divisas para ampliar la capacidad productiva, el empleo y la integración territorial.
El golpe de Estado de 1976 produjo una ruptura histórica, clausuró temporalmente ese vector en favor de un modelo colonial, antipatria y primarizado, diseñado para el beneficio de un pequeño grupo concentrado y alineado con los intereses financieros globales. No vino solamente a disciplinar políticamente a la sociedad: vino a modificar la estructura económica y social del país. La apertura indiscriminada, el endeudamiento externo, la reforma financiera y la persecución sobre el movimiento obrero debilitaron la industria, concentraron el ingreso y trasladaron el centro de gravedad desde la producción hacia la valorización financiera.
La Ley de Entidades Financieras fue una de las piezas centrales de ese nuevo orden. Desde entonces, el crédito dejó de concebirse prioritariamente como una palanca para la producción y pasó a funcionar como un negocio autónomo, crecientemente desvinculado del desarrollo nacional. El aumento del comercio exterior durante las décadas siguientes no corrigió esa regresión; por el contrario, cuando las decisiones estratégicas, la logística, el financiamiento y la apropiación de la renta quedan en manos concentradas o extranjeras, la expansión comercial convive con el saqueo de las riquezas nacionales.
Las exportaciones aumentaron más de un 1.300% y las importaciones superaron el 1.000%. Sin embargo, esta hipertrofia comercial no se tradujo en desarrollo, sino en un sistemático empobrecimiento y desindustrialización. Existe una correlación directa: a mayor apertura y volumen del comercio exterior bajo control extranjero, mayor es la miseria del pueblo argentino. La crisis actual no es un fenómeno aislado de la gestión actual, sino la fase terminal de una herida de muerte autoinfligida hace cincuenta años.
2. Los límites de las experiencias nacionales dentro del orden dependiente
Para construir una alternativa real también es necesario revisar los límites de los procesos políticos que intentaron recomponer el mercado interno durante las últimas décadas.
El ciclo kirchnerista funcionó bajo una lógica de máxima tensión dentro del modelo heredado, pero sin romper sus cimientos. Recuperó empleo, salarios, consumo, negociación colectiva y, así, mejoró las condiciones de vida de amplios sectores populares; pero la expansión se desarrolló sobre una estructura que no fue transformada en sus núcleos decisivos. Las vigas maestras de la subordinación económica continuaron intactas: no se recuperó el control integral del comercio exterior, no se modificó de raíz el sistema financiero, no se avanzó decididamente en la industria pesada y se mantuvieron los pilares desreguladores de los años noventa, permitiendo el arraigo de corporaciones transnacionales. Se distribuyó una parte de la renta generada por el esquema existente, pero no se alteró de manera suficiente el poder que decidía cómo se producía, quién apropiaba las divisas y hacia dónde se orientaba la inversión.
En consecuencia, una política de poder debe, además de mejorar las condiciones de vida populares, modificar quién controla los resortes económicos de la Nación. Sin esa transformación, toda mejora queda condicionada por la capacidad de presión de los exportadores concentrados, los bancos, las multinacionales y los acreedores externos. La experiencia demuestra que no alcanza con administrar de manera progresiva una estructura dependiente: tarde o temprano, esa estructura impone sus propios límites.
3. La restricción externa como máscara de la subordinación política.
El mentado "cuello de botella" o la "restricción externa" por falta de dólares en Argentina es una falacia política y comunicacional. En los últimos cuarenta años, el país acumuló un superávit comercial acumulado cercano a los 220.000 millones de dólares. El problema real jamás fue la escasez de divisas, sino los mecanismos legales de fuga de capitales y remisión de utilidades al exterior por parte del sistema bancario privatizado y las multinacionales. Sostener que la Argentina no puede industrializarse por falta de dólares es una postura funcional a la continuidad del saqueo.
La llamada “restricción externa” confunde el síntoma con la causa. La Argentina genera divisas mediante sus exportaciones y ha acumulado durante largos períodos saldos comerciales positivos. El problema real es que el país no controla los dólares que produce.
Sostener que la Argentina no puede industrializarse porque carece de dólares invierte el razonamiento. La falta de soberanía sobre las divisas es una consecuencia de la desindustrialización y la dependencia, no un argumento para perpetuarlas.
4. El garante de última instancia y la geopolítica del endeudamiento
Las declaraciones recientes de funcionarios del área económica del gobierno —vinculados históricamente a Wall Street y a firmas financieras como JP Morgan— evidencian la profundización de un contrato de adhesión colonial con los Estados Unidos. La apelación a Washington como "prestamista de última instancia" no constituye un reaseguro de estabilidad, sino un mecanismo de subordinación absoluta. A cambio de sostener financieramente los vencimientos de deuda a corto plazo y alimentar la fuga de capitales mediante esquemas como el carry trade, se les concede a los capitales norteamericanos prioridad absoluta y concesiones en la explotación de bienes comunes estratégicos, tales como la energía de Vaca Muerta, las reservas mineras y las tierras raras.
Este esquema de sumisión ha provocado una paradoja macroeconómica devastadora: mientras las reservas brutas del Banco Central se incrementaron de forma marginal, la deuda externa escaló en magnitudes muy superiores. Todo el brutal programa de ajuste y el sacrificio impuesto a los sectores medios y populares no tuvieron como fin sanear la economía real, sino garantizar el drenaje de dólares hacia el exterior.
La subordinación también reorganiza el bloque de poder interno. Incluso sectores del gran empresariado local pierden espacio frente al desembarco directo de corporaciones transnacionales con mayor capacidad financiera, respaldo diplomático y acceso privilegiado a las decisiones públicas. El coloniaje contemporáneo no necesita administradores extranjeros: se ejecuta mediante una dirigencia local dispuesta a entregar energía, minería, infraestructura, tierras, datos y conocimiento a cambio de financiamiento de corto plazo.
5. La fragmentación nacional y el desafío de la refundación popular
Frente a una dirigencia política mayoritariamente colonizada y atrapada en las dinámicas de un sistema podrido de acumulación de cargos electorales, el campo nacional se encuentra en un estado de profunda fragmentación. Las pymes, las cooperativas de servicios, los sindicatos y los movimientos de trabajadores desocupados sufren el impacto de la precarización y la pérdida de centralidad económica.
Asumir de manera descarnada la condición colonial de la Argentina es el primer paso indispensable para proyectar cualquier alternativa soberana. El desafío histórico ya no pasa por gestionar las variables de la dependencia, sino por refundar una nueva síntesis política desde las bases. Para construir un núcleo de poder real capaz de frenar el saqueo y reorientar el país hacia la industrialización, es urgente articular de manera orgánica los pilares hoy dispersos: los trabajadores organizados, desempleados e informales, las pymes del mercado interno, el cooperativismo, el sistema científico-tecnológico, las universidades y los sectores productivos comprometidos con el desarrollo nacional.
6. Un proyecto de liberación nacional como horizonte.
La reconstrucción de una alternativa soberana exige traducir la denuncia en proyectos y las causas de los problemas en soluciones concretas. Un nuevo movimiento nacional debería proponerse recuperar el control público del comercio exterior y de las divisas; reformar el sistema financiero para orientar el crédito hacia la producción, la vivienda y la infraestructura; fortalecer el rol del estado como planificador y actor principal de la economía, impulsar una política industrial que sustituya importaciones estratégicas y agregue valor a las exportaciones; asegurar la propiedad y conducción nacional de la energía, la minería, el agua, la tierra y las redes de información; y fortalecer la ciencia y la tecnología como instrumentos de independencia económica.
Este programa también requiere recomponer salarios, jubilaciones y empleo como motores del mercado interno. No hay industria nacional sin consumo popular, ni soberanía productiva con trabajadores empobrecidos. La distribución del ingreso no es una concesión posterior al crecimiento: es una condición para sostenerlo, ampliar la demanda y organizar una economía orientada a las necesidades de la comunidad.
En el plano internacional, la Argentina debe abandonar el alineamiento automático y recuperar una política exterior de autonomía. El mundo en plena transición, el crecimiento de nuevas potencias y la búsqueda de mecanismos alternativos al dólar abren márgenes que no existían en otros momentos. Esos márgenes no garantizan la liberación, pero ofrecen oportunidades para diversificar el comercio, el financiamiento y las reservas, fortalecer la integración latinoamericana y reducir la capacidad de coerción de los centros de poder.
Como ocurrió en 1810 frente a la crisis del Imperio español, la retracción de la hegemonía estadounidense abre una brecha histórica. La vulnerabilidad de los garantes de la colonia abre un horizonte de posibilidad cierta para un contraataque del campo popular. Pero ninguna oportunidad geopolítica reemplaza la voluntad política. La independencia no será concedida desde afuera ni surgirá espontáneamente del agotamiento del orden mundial. Deberá ser construida por una fuerza nacional organizada, con capacidad para disputar el Estado, recuperar los instrumentos económicos y sostener un rumbo propio.
Patria o Colonia es el criterio concreto para decidir la política del presente.
