Energía y Soberanía, el mapa del poder

26 de julio de 2025
Mauricio Herrera Kahn

Mauricio Herrera Kahn es chileno, Ingeniero Civil Mecánico titulado en la Universidad Técnica del Estado (UTE) de Chile en 1975, con más de 45 años de experiencia en el sector de ingeniería y desarrollo de proyectos mineros. Actualmente es Gerente General de HyB Ingenieros, desarrollando estudios y análisis de nuevas plantas y procesos con Capex y Opex a nivel de ingeniería de perfil. Columnista habitual de la agencia de noticias humanistas Pressenza.

El siglo XXI será eléctrico, solar, verde o nuclear. Pero si no es soberano, será esclavitud encubierta. Este no es solo un debate energético, es un debate político.

Quien no controla su energía, no tiene patria, tiene territorio.

 

El mundo energético y el nuevo colonialismo

La energía no es solo electricidad, ni solo petróleo, ni solo turbinas que giran en el viento. La energía es poder, es independencia o vasallaje, es guerra o desarrollo. Y lo que estamos presenciando hoy, a escala planetaria, no es una transición limpia hacia un mundo verde sino una reconfiguración brutal del poder global. Bajo el lenguaje amable de la descarbonización se esconde una carrera por el control de las fuentes, los minerales, las rutas y las tecnologías.

Quien domina la energía, domina el mundo. No importa si es carbón, petróleo, gas, litio o uranio. Tampoco importa si es renovable o fósil. Lo que importa es quién posee el interruptor. Y hoy, ese interruptor ya no está donde antes. Estados Unidos ya no lo controla todo, Europa depende cada vez más, China lo codifica, Rusia lo usa como arma y el Sur Global, como siempre, lo entrega.

Durante siglos los imperios se construyeron con minas, esclavos y barcos. Hoy se construyen con cables de cobre, reactores nucleares, hidrógeno verde y baterías de litio. Pero el patrón no ha cambiado tanto. África sigue exportando sin refinar, Sudamérica sigue entregando sin transformar, Oceanía sigue cavando para otros y la Antártida espera, helada, a ser repartida.

El nuevo colonialismo no viene con cruces ni fusiles,viene con contratos, patentes, subsidios y tratados de libre comercio. Habla inglés, a veces chino, se presenta como “inversión” pero opera como despojo. Porque no basta con tener energía, hay que controlarla, hay que procesarla, hay que decidir sobre ella. Y eso, en este siglo, será soberanía o será nada.

 

Breve historia energética del mundo

El primer acto de poder humano fue encender una llama. No hubo discurso ni tratado, solo fuego. La energía, antes que la palabra, fue soberanía. Desde el neolítico, la humanidad ha vivido de su capacidad para dominar una fuente energética, expandirla, distribuirla y (finalmente) convertirla en hegemonía. Primero fue la leña, luego el carbón vegetal. Con eso se cocinó el alimento, se fundieron metales, se levantaron las primeras ciudades. Pero aún no había capitalismo, faltaba que la energía se volviera mercancía.

La Revolución Industrial cambió todo. El carbón dejó de ser doméstico y se volvió imperial. Inglaterra fundó su imperio sobre minas profundas, chimeneas, locomotoras y fábricas. Las ciudades se llenaron de humo, los pulmones de hollín, pero las arcas de Europa crecieron. La máquina de vapor fue más decisiva que cualquier rey.

Después llegó el petróleo, el gran líquido negro del siglo XX. Con él se movieron ejércitos, se levantaron rascacielos, se montó la globalización. Cada golpe de Estado en Medio Oriente, cada invasión en América Latina, cada guerra disfrazada de democracia tuvo detrás un oleoducto o un contrato de extracción. Y luego, cuando el petróleo comenzó a mostrar su costo ecológico, llegó el uranio, la promesa atómica, energía infinita, dijeron. Hasta que se escucharon los nombres Chernóbil, Fukushima, Three Mile Island.

Las represas fueron la otra cara de la moneda, fue control del agua, desplazamiento de pueblos, inundación de bosques enteros. Las grandes hidroeléctricas prometieron modernización pero muchas veces solo consolidaron desigualdad. Donde se generaba la energía, no llegaba la luz.

El siglo XXI trajo la gran transición pero no como solución, sino como negocio. Energías “verdes” controladas por los mismos actores de siempre. El litio reemplazó al petróleo pero los contratos siguen siendo coloniales. Las matrices energéticas hoy definen si un país será libre o subordinado, si será generador o servil, porque no cambió la matriz, cambió el color del saqueo.

 

África. El continente encendido desde afuera

África arde, no por su gente, sino por su energía. El continente más soleado del planeta, con ríos inmensos, desiertos infinitos y subsuelos que laten petróleo, gas, uranio, carbón y sol, sigue siendo una tierra oscura. No por ausencia de recursos, por exceso de saqueo.

Nigeria bombea millones de barriles diarios, Angola exporta crudo a China y Europa, Libia fue mutilada no por su dictadura, sino por su petróleo. Argelia es una potencia gasífera que mantiene calefaccionada a media Europa, mientras su propia población sufre cortes. Mozambique, descubierto recientemente, se convirtió en el nuevo objeto de deseo de las grandes gasíferas del mundo y el uranio de Níger alimenta las centrales nucleares de Francia, aunque en Níger más del 80% de la población no tiene acceso a electricidad.

República Democrática del Congo posee una de las mayores capacidades hidroeléctricas del mundo, con el río Congo rugiendo como una turbina natural pero su energía sigue sin electrificar aldeas, sin iluminar escuelas, sin enfriar vacunas. Se exporta, se privatiza, se entrega.

Y mientras tanto, el sol africano, inagotable y omnipresente, sigue sin convertirse en energía soberana. Las grandes compañías energéticas europeas y chinas han comenzado a instalar megaplantas solares… pero para exportar la electricidad por cables submarinos hacia Europa. África queda encendida, pero desde afuera.

El 70% de las fuentes energéticas africanas están controladas por empresas extranjeras. Shell, TotalEnergies, ENI, Sinopec. Las siglas cambian, el modelo no. Es el mismo de siempre: el recurso fluye, la riqueza no. La energía se extrae, pero no se redistribuye. El kilovatio africano recorre el mundo, mientras millones de africanos cocinan con leña.

No es un problema técnico, es una estructura de poder. Es un continente que no define su matriz energética, la obedece. África produce y exporta pero apenas consume el 3% de la energía mundial. El mismo continente que electrifica el norte, muere en la penumbra. África ilumina al mundo, pero muere a oscuras

 

Sudamérica es abundancia sin autonomía

Sudamérica debería ser una potencia energética global. Tiene petróleo en Venezuela, Brasil, Colombia y Ecuador, gas en Bolivia y Argentina, cobre en Chile y Perú, sol en el altiplano, viento en la Patagonia, agua en la Amazonía y en los ríos que cruzan el continente como arterias líquidas. Y aun así, sigue dependiendo de la inversión extranjera, la exportación bruta y la eterna promesa de “industrializar algún día”.

Venezuela, con las mayores reservas petroleras del mundo, fue sancionada y cercada hasta asfixiar su industria. Brasil impulsa su transición energética con grandes represas y biocombustibles pero Petrobras vive bajo presión política y tentaciones privatizadoras. Bolivia soñó con una matriz popular y comunitaria de gas e hidrocarburos pero el golpe de Estado interrumpió ese camino. Argentina, atrapada entre el gas de Vaca Muerta y el Fondo Monetario oscila entre soberanía y servidumbre.

Chile y Perú extraen cobre, esencial para toda red eléctrica del mundo moderno pero lo venden sin fundir, sin procesar, sin control real de precios o mercados. Y el litio (ese “nuevo petróleo”) se entrega bajo contratos con empresas chinas, australianas y estadounidenses, con mínima capacidad local de transformación o almacenaje. Los parques eólicos y solares en muchos casos también están en manos de fondos extranjeros. El viento sopla pero no pertenece.

La paradoja es brutal: un continente con todas las fuentes posibles de energía pero sin poder energético. Las redes eléctricas siguen frágiles, las industrias siguen electrodependientes de combustibles fósiles y los pueblos originarios (que habitaron esas tierras con respeto milenario) son desplazados en nombre del progreso.

Y así se repite la historia como en la colonia, se extrae para otros. Como en el siglo XX, se industrializa lejos. Como siempre, se planifica desde afuera.

Sudamérica tiene todo menos el control de su energía. Y si no despierta, volverá a ser colonia.

 

Norteamérica y el saqueo corporativo y la falsa transición

Estados Unidos consume más energía que cualquier otro país del planeta, salvo China. Pero sus reservas están en declive. No porque se hayan agotado, sino porque las ha hipotecado a una lógica de consumo insaciable y a un modelo económico que prioriza el dominio global sobre la sostenibilidad interna. El país que lideró la era del petróleo hoy empuja al mundo hacia una transición energética que lo mantenga en la cima aunque sea a costa de la verdad.

El litio, el gas de esquisto, el fracking, las tierras raras, la apropiación del agua subterránea… todo forma parte de un mismo ecosistema de poder. Estados Unidos no busca solo energía: busca control energético. El shale gas le dio un respiro pero también contaminó miles de kilómetros de acuíferos. El fracking ha devastado zonas enteras de Texas, Dakota y Pensilvania. La Casa Blanca habla de energías limpias mientras las comunidades indígenas de Standing Rock y los Apalaches denuncian devastación. Y mientras tanto la matriz energética se mantiene, 60% fósil, 20% nuclear, apenas un 20% renovable real.

Canadá bajo su imagen de país verde y socialmente responsable, esconde un modelo extractivista feroz. Empresas como Barrick Gold, Teck Resources, Cameco y Nutrien operan en América Latina, África y Asia con prácticas que en su propio territorio serían ilegales. La minería de arenas bituminosas en Alberta ha dejado una herida ecológica del tamaño de países enteros y la supuesta neutralidad energética canadiense se financia con hidrocarburos sucios exportados al mundo.

Ambos países bajo la promesa de la “transición” están desplegando un nuevo colonialismo energético. Pero no en nombre del petróleo, sino del litio, del cobre, del hidrógeno. Ahora el enemigo no es el comunismo, es la dependencia tecnológica de China. Ahora no se invade Irak, se sanciona a Bolivia.

No extraen para vivir, extraen para dominar. Y en esa ecuación, la energía sigue siendo un arma.

 

Europa y la dependencia disfrazada de transición

Europa presume de su eficiencia energética, de sus políticas verdes, de sus turbinas eólicas y ciudades inteligentes. Pero debajo de esa vitrina de modernidad se esconde una verdad incómoda: no tiene recursos suficientes para sostener su modelo y lo sabe.

El continente más industrializado del siglo XIX es hoy uno de los más dependientes. Importa más del 85% de su energía primaria y la paradoja es brutal: sin minas, sin litio, sin sol abundante, sin suficiente viento, Europa intenta liderar la transición energética global pero lo hace con recursos ajenos. Con gas ruso (cuando no hay sanciones), con uranio de Níger, con hidrógeno marroquí, con litio boliviano y cobre chileno.

Alemania, Francia y el Reino Unido han apostado por las renovables, sí, pero también han reactivado plantas a carbón cuando escasea el gas. Han subsidiado autos eléctricos mientras negocian minerales con dictaduras africanas. Y han impulsado una “soberanía verde” que, en la práctica, sigue amarrada a los cables de Medio Oriente, Rusia y América del Sur.

La energía nuclear, en tanto, divide al continente. Francia defiende sus reactores como pilar de su matriz, Alemania los cerró y ahora se arrepiente. Polonia quiere construir los suyos, mientras Italia no decide si apostar por la fisión o por la fe en la solar. Pero todos coinciden en una cosa: nadie quiere depender de Moscú, aunque tampoco logran evitarlo.

La narrativa europea dice “autonomía energética”. La realidad muestra otra cosa: contratos con Qatar, plantas flotantes en el Báltico, litio comprado a precio de chantaje. La “soberanía” energética europea es, en verdad, una coreografía diplomática.

Europa vende turbinas, pero no puede calentar sus inviernos sin Rusia y esa es la ironía: exporta conciencia ecológica pero importa los minerales que la sostienen desde los mismos países a los que alguna vez colonizó. La transición energética europea no es una liberación, es una mudanza. Cambió de fuente pero no de dependencia.

 

Rusia y Asia Central. Las reservas que dan miedo

No es casualidad que Europa tiemble cada vez que Moscú cierra una válvula. Ni que Estados Unidos presione para frenar cada ducto que cruce Ucrania o Turquía. El verdadero poder ruso no está en sus tanques, está en sus tuberías, en sus reservas subterráneas, en sus campos helados que abastecen a medio planeta de gas, petróleo, carbón y uranio.

Rusia es la segunda potencia mundial en reservas de gas natural, una de las mayores productoras de crudo y uno de los pocos países que domina todo el ciclo de la energía nuclear. A eso se suma su capacidad de exportación, con más de 50.000 kilómetros de gasoductos conectando Siberia con Europa y Asia. Su energía no solo calienta hogares, también enfría decisiones políticas.

Asia Central es su retaguardia estratégica. Kazajistán posee el 12% del uranio mundial y forma parte de la OPEP+. Uzbekistán aporta gas, petróleo y rutas. Y toda la región forma un corredor energético tan relevante como silencioso, cada vez más codiciado por China y cada vez más vigilado por Occidente.

El poder energético ruso no se basa en discursos sino en infraestructura. En oleoductos que cruzan medio continente. En acuerdos bilaterales que sortean sanciones. En plantas nucleares construidas por Rosatom en Egipto, Turquía, Hungría y Bangladesh. Mientras otros países exportan minerales, Rusia exporta influencia.

Las sanciones de EE.UU. y la UE no han debilitado ese poder, lo han redirigido. Hoy Rusia vende más gas a China que a Europa. Ha creado su propio sistema de pagos energéticos y ha consolidado su lugar en la OPEP+, alineándose con Arabia Saudita para jugar un ajedrez de precios que desafía al dólar y al mercado libre.

Porque en el siglo XXI la energía no necesita permisos, ni pasaportes, ni tratados. La energía no necesita visas, solo ductos y mientras esos ductos sigan fluyendo, Rusia seguirá influyendo. No desde el aplauso diplomático, sino desde el termostato global

 

China. La fábrica que convierte todo en energía

China no solo produce cosas, produce poder. Energético, geopolítico, tecnológico. No necesita tener todas las materias primas, le basta con saber procesarlas mejor que nadie.

El gigante asiático es hoy el mayor consumidor mundial de energía pero también el mayor productor. Produce más del 70% del carbón que consume, opera más de 1.100 centrales hidroeléctricas, lidera el mundo en capacidad instalada de energía solar y eólica, controla el 60% del refinado de litio global y fabrica el 75% de las baterías de ion-litio del planeta. A eso se suma un ambicioso programa nuclear: más de 50 reactores en funcionamiento y al menos 20 en construcción con tecnología propia.

No tienen todo el litio pero sí todas las fundiciones. No extraen uranio en grandes cantidades pero construyen y operan reactores en serie. No son ricos en petróleo pero tienen reservas estratégicas y acuerdos con Irán, Rusia y África. En vez de depender de un recurso, diversifican sus fuentes y sobre todo agregan valor.

Mientras Occidente se estanca en debates ideológicos sobre transición energética, China la ejecuta como estrategia nacional. Sus empresas, muchas de ellas estatales o con participación estatal, no solo dominan el mercado interno, sino que compran plantas, minas y redes eléctricas en Asia, África, Europa y América Latina. Su infraestructura no es solo acero y cables, es política exterior.

CATL, BYD, State Grid, China Three Gorges, Sinopec, CNNC son nombres técnicos, pero también son columnas vertebrales del nuevo orden energético. Desde 2015 China exporta centrales eléctricas completas, trenes eléctricos, sistemas solares y modelos de almacenamiento de energía. No venden recursos, venden el sistema entero.

Y lo más inquietante para sus competidores es que todo eso lo hacen sin necesidad de ocupar militarmente ningún territorio. China no depende del mundo, el mundo depende de su energía. Y en ese equilibrio invertido está naciendo una nueva hegemonía, sin bombas, pero con voltios.

 

India y Sudeste Asiático. El crecimiento a carbón y sol

India quema carbón para alimentar su crecimiento pero mira al sol con esperanza. Es la paradoja de un país que necesita energía para subsistir pero que también quiere protagonizar la transición. Más del 70% de su electricidad sigue viniendo del carbón a pesar de ser el cuarto país con mayor capacidad solar instalada del mundo. No es por falta de intención, es por urgencia. La necesidad energética supera cualquier política climática.

La demanda es brutal. Mil cuatrocientos millones de personas con decenas de millones saliendo de la pobreza cada año, necesitan luz, refrigeración, transporte. La energía renovable avanza pero no al ritmo de la gente. En paralelo, India invierte en reactores nucleares, represas, biogás y parques solares en Rajasthan, Gujarat y Tamil Nadu. Pero el carbón sigue reinando porque es barato, porque ya está ahí, porque funciona.

Indonesia, Filipinas, Vietnam, Laos y Camboya replican el mismo patrón: crecimiento desordenado, inversión extranjera, destrucción ambiental. La energía viene de minas a cielo abierto, represas que inundan selvas y centrales a carbón financiadas por Japón, Corea o China. La matriz energética del Sudeste Asiático no está en sus manos, está en sus deudas.

Mientras Occidente habla de transición energética, en esta parte del mundo la palabra clave es “acceso”. Millones todavía cocinan con leña, miles mueren por falta de ventilación. Los parques solares que se instalan en el sur de Asia alimentan fábricas de textiles para Europa, no casas humildes. Es la misma historia de siempre: producir energía para otros pero no para sí.

Y sin embargo los discursos abundan. Hay conferencias sobre clima en Yakarta, hay compromisos en la COP, hay discursos en Davos pero no hay cables, no hay transformadores, no hay soberanía.

Millones de pobres iluminan el sueño de los ricos y el humo del carbón es el precio que pagan por no quedarse a oscuras

 

Oceanía y la energía para exportar pero no para todos

Australia es una superpotencia energética pero actúa como colonia exportadora. Produce carbón, gas natural licuado, litio, uranio, hidrógeno verde y hasta energía solar en escala industrial pero no para su gente. Su modelo energético no está hecho para garantizar acceso sino para sostener contratos de exportación con Japón, China, Corea del Sur, India y Europa.

El país es el segundo mayor exportador de carbón térmico del planeta, el primero en gas natural licuado por años y uno de los principales actores en litio refinado. Pero esas cifras no se traducen en bienestar equitativo. Las comunidades aborígenes que viven en zonas mineras como Pilbara, Queensland o el Territorio del Norte no tienen electricidad estable, ni acceso garantizado a agua potable. El saqueo ocurre a plena luz del día y con subsidios estatales.

Las empresas mandan. BHP, Rio Tinto, Fortescue, Woodside y Origin Energy modelan la política energética australiana. Ellas deciden qué se extrae, a qué precio se vende y qué se impide discutir. Y mientras los discursos oficiales hablan de “transición energética” y “liderazgo climático”, el país sigue invirtiendo en nuevos proyectos fósiles.

Peor aún, Australia ha convertido sus territorios en zonas de sacrificio industrial. Los campos solares en el desierto no están conectados a pueblos remotos, están diseñados para alimentar plataformas de exportación. Su megaproyecto Sun Cable buscaba enviar electricidad solar por cable submarino de 5.000 km a Singapur, no a los hogares de Alice Springs.

Nueva Zelanda es otra historia, aunque con menor volumen energético, ha priorizado la generación hidroeléctrica, geotérmica y eólica con enfoque comunitario. Más del 90% de su electricidad proviene de fuentes limpias. No ha vendido el alma de su paisaje a la minera ni al gasífero, no necesita tanto, vive con menos pero vive mejor.

Australia no da energía, da negocio y cuando el desierto brilla con paneles solares, no es para calentar hogares, es para enfriar balances contables.

 

La Antártida y el Ártico y la energía congelada del futuro

La última frontera energética del planeta no está en el subsuelo, está bajo el hielo. Tanto la Antártida como el Ártico contienen reservas potenciales de petróleo, gas natural, uranio y minerales estratégicos aún no explotados pero ya están en disputa.

En el Ártico el deshielo provocado por el cambio climático ha abierto nuevas rutas marítimas y ha expuesto yacimientos antes inaccesibles. Rusia, Noruega, Estados Unidos, Canadá y Dinamarca compiten por el control de las plataformas continentales y los pasajes del norte. Moscú ha desplegado rompehielos nucleares y bases militares, Washington ha elevado su presencia naval. El Ártico se enfría en los mapas, pero se calienta en los tratados.

La estimación es brutal: más del 20% del petróleo y gas no descubierto del mundo está en esta zona. Pero también hay litio, tierras raras y agua dulce. La energía del siglo XXI ya está en juego pero con las reglas del XIX.

En la Antártida, el Tratado de 1959 prohíbe la explotación de recursos pero no la prohíbe para siempre. El año 2048 es clave: muchos países ya se preparan para renegociar ese acuerdo. China ha instalado bases científicas que parecen logísticas. Reino Unido, Chile, Argentina, Australia y Estados Unidos reclaman zonas sobrepuestas, todo cubierto de discursos científicos y protección ambiental. Pero todos saben que el verdadero interés está bajo el hielo.

Ambas regiones concentran lo que el mundo está perdiendo: reservas vírgenes, ecosistemas intactos y energía sin explotar. El problema no es si se extraerá, el problema es cuándo y quién llegará primero.

“El hielo es la próxima mina. Y cuando se derrita, será guerra.” Porque la ambición global no se congela, solo se disfraza de ciencia mientras afila

 

Energía y soberanía o sumisión total

El futuro ya no se discute en cumbres, se negocia en megavatios. No se decide en parlamentos, se firma en contratos energéticos. No se define por ideales, se mide en capacidad instalada y control territorial. En este siglo, la soberanía ya no es un concepto jurídico: es una ecuación energética.

¿Quién genera? ¿Quién controla? ¿Quién consume? Esa es la nueva división del mundo. No entre democracias y dictaduras, ni entre izquierda y derecha, sino entre los países que producen energía con autonomía y los que la importan con deuda. Entre los que manejan sus recursos y los que venden su matriz a cambio de financiamiento externo.

La llamada “transición energética” se ha convertido en un desfile de promesas verdes sin contenido político real. Muchos países anuncian el fin del carbón, pero dependen del gas licuado importado. Celebran los parques solares pero sus paneles vienen desde China. Hablan de independencia pero firman acuerdos con las mismas transnacionales que ayer les vendían petróleo y hoy les venden baterías.

Y mientras tanto los pueblos siguen pagando con cortes de luz, con cuentas impagables, con territorios sacrificados, con represas que inundan comunidades, con campos de litio que secan lagunas milenarias, con leyes de concesiones redactadas por bufetes internacionales. Todo para alimentar una matriz que no pertenece a quienes la habitan.

Porque lo que está en juego no es solo cómo generamos energía sino para quién y bajo qué condiciones.

No hay transición sin justicia, no hay futuro sin soberanía, no hay desarrollo sin control real del kilovatio. Lo demás es marketing disfrazado de política, discurso bonito con enchufe ajeno.

“El siglo XXI será eléctrico, solar, verde o nuclear. Pero si no es soberano, será esclavitud encubierta. Este no es solo un debate energético, es un debate político. El que controle el hidrógeno verde en los próximos 20 años, controlará la industria, el transporte, la alimentación, el comercio global, controlará el futuro.

Y el futuro no se espera, se disputa.