El Silencio Cómplice de la FIFA

21 de marzo de 2026
Diego Arturo

Diego Hernán Arturo es comunicador social, socio fundador de la cooperativa EME contenidos, militante político y de la economía social.

Mientras el calendario marca la cuenta regresiva hacia el Mundial 2026, un silencio incómodo se apodera de los pasillos de la FIFA. El organismo rector del fútbol, que supo aplicar sanciones ejemplares cuando le resultó políticamente conveniente, hoy elige mirar hacia otro lado mientras las bombas siguen cayendo y la comunidad futbolística se desgarra entre la complicidad y la coherencia.

En el año 2022, cuando Rusia comenzó la operación militar especial en Ucrania, la FIFA y la UEFA actuaron con una celeridad inédita: expulsaron a la selección rusa de las eliminatorias para el Mundial de Qatar, vetaron a sus clubes de las competiciones europeas y, pese al intento de Moscú de migrar a la Confederación asiática, ratificaron su suspensión total, dejándola fuera incluso del campeonato 2026. El castigo fue ejemplar y se extendió al ámbito olímpico, donde los deportistas rusos fueron despojados de su bandera y su himno, reemplazado por el concierto de Tchaikovski. En las canchas, abundaron los minutos de silencio, los brazaletes con los colores ucranianos y los gestos de solidaridad. El mensaje era claro: el fútbol no podía ser ajeno al horror de la guerra.

Sin embargo, ese mismo fútbol que se conmovió hasta las lágrimas por Ucrania, hoy opta por un silencio ensordecedor frente a otras masacres. Mientras la UEFA sanciona a jugadores y aficionados del PSG o del Celtic de Escocia por manifestar su apoyo a Palestina, argumentando que son "actos políticos prohibidos", la FIFA mira hacia otro lado cuando las bombas caen sobre Gaza. Israel, cuya selección participa en competiciones internacionales mientras su gobierno es señalado por crímenes de guerra contra el pueblo palestino, no ha sufrido ni una mínima sanción. La excusa de su presidente, Gianni Infantino, es tan endeble como cínica: "La FIFA no puede resolver los problemas geopolíticos".

La doble vara es tan grotesca que ofende la inteligencia colectiva. Mientras Donald Trump ordena bombardear países —entre ellos Nigeria, Yemen, Somalia, Irak, Siria, Venezuela e Irán —, la FIFA no solo confirma a Estados Unidos como sede del Mundial 2026, sino que el propio Infantino, titular de la federación internacional, le entrega un premio por su "contribución a la paz mundial". Las bombas suenan, los cuerpos caen, y el fútbol aplaude. Es la misma lógica perversa que permite que Israel participe en las eliminatorias, aunque su Ejército sea más eficaz aniquilando niños que formando once jugadores competitivos.

Hoy, en un contexto mundialista, la hipocresía ha llegado a un punto de no retorno. Irán ya ha anunciado su baja de la próxima Copa del Mundo, y al menos siete países —entre ellos potencias europeas como España, Alemania, Francia y Países Bajos, además de Sudáfrica, Dinamarca y Bélgica— evalúan retirarse ante la escalada del conflicto en Medio Oriente y la complicidad del organismo rector. Mientras tanto, las federaciones europeas, en lugar de clamar por coherencia, negocian mejores premios en la repartija de la torta. Es la estafa moral definitiva.

La FIFA se ha convertido en una vergüenza. No se trata de elegir bandos, sino de sostener principios. Si Rusia fue excluida por el conflicto contra Ucrania, la Israel sionista debía ser suspendida por su accionar en Palestina, y a Estados Unidos más, con su selección y su sede.

Si las sanciones económicas y deportivas fueron válidas para unos, deben serlo para todos. El silencio no es neutralidad: es complicidad. Y cuando la historia juzgue este oscuro capítulo, recordará que, mientras el mundo ardía, Infantino y sus secuaces eligieron mirar para otro lado, con las manos manchadas de tinta y de sangre.