El refugio de la guerra

27 de septiembre de 2025
Agustín Sosa

Agustín Sosa es locutor, periodista y militante político del Encuentro Patriótico. 

En el hospital, entre burocracias digitales y memorias frágiles, se cruzan los fantasmas de la oligarquía, la guerra y las desventuras.

La oligarquía terrateniente local de finales del mil ochocientos no era muy numerosa, algunos dicen cincuenta, otros, cien familias, estimación difícil de precisar si tenemos en cuenta que los grupos familiares se mezclaban entre ellos dando un complejo entramado de parentela y apellidos kilométricos. Lo pequeño de ese poderoso círculo de influencia era inversamente proporcional a la cantidad de hectáreas que ostentaban, allí su poder, concentración de tierra, manejo total de la materia prima que se exportaba y fiesta para pocos. Dueños de un país donde el resto, en el campo o la ciudad masticaba pobreza y bronca.

Al hospital donde trabajo no suele llegar nadie heredero de aquella oligarquía y que aún tenga en su haber alguna hectárea de la cual obtener algo de renta, no da el target, ni el barrio, ni la hotelería, ni nada. Queda en la ciudad de Buenos Aires, a pocas cuadras de la zona archicomercial de Once y en él se atienden solo pacientes que cuenten con cobertura de PAMI. En la actualidad, diezmado por los recortes presupuestarios del gobierno criminal y antinacional de Milei, todo lo bueno que allí pueda ocurrir es solo por obra de los pocos laburantes que quedamos.

La obra social de PAMI está destinada a jubilados y pensionados que hayan aportado a la caja nacional y otros sectores en estado de vulnerabilidad. También los Veteranos de Guerra de Malvinas pueden hacerse de la cobertura médica. En total son cinco millones de personas las que cuentan con esa obra social en todo el país, si bien la atención para especialidades médicas es de libre elección del afiliado, cada uno tiene un lugar específico para la atención por guardia e internación, donde trabajo hay asignados unos ciento veinte mil.

Uno de mis berretines y puntos de fuga en mis tareas diarias es ver el domicilio del paciente cuando me entregan el DNI para hacer una copia o escanearlo, el barrio o la zona siempre es un buen tema para iniciar una charla, también lo es el apellido, a veces coincide con algún político o personaje conocido o histórico y la pregunta de si es “algo” de fulano de tal cae por su propio peso.

A este no lo vi venir, ni la dirección ni el apellido me despertaron ningún interés en particular y las notorias secuelas de un ACV limitaban la interacción. Atendido en la guardia debía hacerse un simple estudio de imágenes, para ello tenía que “validar su asistencia” en el sistema de PAMI que utilizamos y que requiere, por parte del afiliado, que cuente con un teléfono celular donde haya descargado la aplicación de PAMI, aprendido a usarla y darme, de esa aplicación, un código token que cargo en la web; todo super fácil, expeditivo y práctico.
Contaba con celular pero no sabía de la aplicación y no estaba en condiciones de bajarla, hacerse de un usuario y proveerme el token por lo que le ofrecí hacerlo; mientras lo hacia intentamos una charla pero sus limitaciones y el vidrio que media entra los pacientes y yo la tornaban confusa por lo que atinaba solo a asentir con alguna acotación breve.

Al momento de preguntarle el número del celular para poder recibir un mensaje de activación de la cuenta y tras un visible esfuerzo por recordarlo su semblante cambió, se puso un poco más animado y con voz más clara me dijo que era Veterano de Guerra, al oírlo también mi atención cambió, quedé mucho más atento a la persona que al trámite. El primer número que me dijo fue el del teléfono de línea, luego recordó el del celular. Con el ejercicio de memoria vino la anécdota, dado por muerto fue rescatado de las heladas aguas del Atlántico Sur y permaneció internado varios meses, al despertar y entablar charla con la enfermera que lo asistía en el Hospital Militar una de las primeras cosas que recordó fue el número de teléfono de su casa para llamar a su madre. Y recordaba que antes el número era de menos cifras y luego se fueron agregando.

Al terminar el trámite me pongo de pie, lo saludo y le digo que fue un honor haberlo ayudado y le di gracias por su ayuda a la patria.

La situación me mantuvo conmovido y abstraído durante el resto de mi jornada laboral, héroes, soberanía, burocracia, limitaciones, su aspecto… Ya he atendido a otros Veteranos de Guerra de Malvinas: provincianos y humildes; este no: porteño, domiciliado en Barrio Norte, campera encerada (esas de rugbiers o chacareros), jeans y camisa a rayas. Por apellido y rasgos, ascendencia europea.
Un frío me recorrió el cuerpo, ¡la puta madre, le rendí honores a un represor!
Si bien no me dijo, no escuché o no entendí su rango claramente no era un colimba provinciano, se me hacía mas en la rural aplaudiendo presidentes neoliberales que en las peñas a beneficio comiendo empanadas y tomando vino en jarra.

Guardé sus datos para luego chusmear en la web a ver que encontraba. Nada. Ningún registro oficial de Veteranos tiene a Ignacio, tampoco circulo de Veteranos ni nada por el estilo, nunca estuvo involucrado en la Guerra de Malvinas. Se me fue la angustia de haber estrechado la mano de algún represor o simpatizante de ellos.
Pero Nacho sí fue noticia, en 2016 fue detenido en un departamento del barrio de Constitución con una balanza de precisión y elementos de corte y fraccionamiento de cocaína. Laburaba de noche en un taxi que andaba siempre con la bandera baja, tal como cantara muchos años antes Edmundo Rivero. Era delivery.
De apellido patricio, su familia fue una de las fundadoras de la oligarquía terrateniente nacional, con paso por el elitista colegio Champagnat, cayó en desgracia tras una traumática pérdida familiar que lo sumió en la depresión y el abandono, luego de la detención de 2016 purgó pena de seis años por narcotráfico.

La oligarquía nacional no se atiende en el hospital donde trabajo, aunque de vez en cuando aparece alguno que prefiere pasar por héroe antes que por oligarca.