El eterno retorno del FMI y las sobradas razones para combatirlo
El FMI es sinónimo de subordinación política y dependencia económica. Argentina puede mostrar sus heridas económicas y sociales como testimonio del significado de los programas de miseria planificada aplicados bajo el yugo de sus imposiciones. Dólares para afianzar las carteras de una élite económica y deuda sobre la espalda de nuestro pueblo. El programa de los vendepatrias es clarísimo. Explicitemos el nuestro.
El Fondo Monetario Internacional no es una casa de crédito, sino una institución internacional que funciona como regulador de la política monetaria en función de los intereses geopolíticos de los Estados Unidos. Este, y no otro, es el fin y el motivo de la existencia del FMI. Su origen data a fines de la segunda guerra mundial, donde Estados Unidos emergió como el principal acreedor global y precisaba un organismo que perpetúe la dependencia financiera de los países deudores, oriente el crédito internacional e imponga al dólar como moneda global. El FMI nació como una herramienta del imperialismo yanqui y hoy lo sigue siendo.
Por lo tanto, todo acuerdo con ese organismo supone un crédito político, no financiero, con una intervención total sobre las cuestiones del quehacer nacional que determinan el modelo productivo, la emisión de dinero y, por ende, la capacidad de generar empleo y el poder adquisitivo de los salarios.
En otras palabras, al FMI no le interesa, en absoluto, el cobro de intereses ni la renta generada por estos préstamos. El objetivo de los mismos es la intervención política para amoldar el esquema productivo según sus intereses. Es por esto que, a pesar de no pagar ni respetar las condiciones financieras del crédito, una y otra vez, el FMI siempre está dispuesto a renegociar, estirar plazos y hasta agrandar la deuda, en caso de que sea preciso para subordinar al país a sus fines geopolíticos.
Si la memoria reciente no resulta suficiente fundamento, el FMI incorporó a la Argentina como miembro en 1956, durante el gobierno de facto de Aramburu, meses después del miserable bombardeo al pueblo en plaza de mayo. Desde aquel entonces, su principal objetivo fue promover un cambio de la matriz productiva nacional, con el fin de convertir al país, otrora industrial con empleo mayoritario y gran poder adquisitivo, en netamente agroexportador, con un pueblo desempleado y empobrecido.
Paulatinamente sus objetivos se fueron cumpliendo en función de la complicidad, nivel de subordinación y cipayismo de los gobiernos de turno. El primer crédito se concreta en 1958, bajo la presidencia de Frondizi, con los supuestos de lograr “un plan de estabilidad (ajuste) que termine con la inflación”. Luego de 70 años, no tienen vergüenza en seguir repitiendo las mismas falsas consignas. En realidad, esa primera erogación tenía como fin realizar un ajuste de emisión monetaria y achicamiento del mercado interno para frenar el potente y sostenido desarrollo industrial que la Argentina había alcanzado, bajo la economía planificada del Estado, durante los gobiernos de Perón. Comenzaba el plan de primarización de la economía.
Años más tarde, durante los gobiernos de facto José María Guido y Juan Carlos Onganía (1962 y 1968), se extendió el mismo crédito, agrandando la deuda y la dependencia. En 1976, dictadura de Videla, es cuando se profundiza la injerencia del FMI en la política interna y se toman los primeros créditos de alta significancia en cuanto al PBI nacional, 2% (1976 y 1983, Videla y Bignone).
Para 1983, en el retorno del sufragio, la Argentina ya contaba con los resortes estratégicos de su economía en manos de corporaciones privadas y con una dependencia financiera brutal a causa de la deuda externa con el FMI. Desde entonces, bajo una democracia tutelada por el extranjero, el FMI y los Estados Unidos siguieron profundizando su plan de primarización y miseria para la Argentina. El gobierno de Alfonsín renegoció la deuda sin enfrentar al organismo, y los gobiernos de Menem, De la Rúa y Duhalde aumentaron la deuda y, con ella, la extranjerización y primarización de la economía argentina. Poniendo foco en las consecuencias de ese período de profundización del dominio yanqui y la brutal desindustrialización sufrida, para 1976 la Argentina contaba con el 80% de su población económicamente activa trabajando de manera formal, con un sueldo básico superior a la línea de la pobreza y para el año 2003 solo el 40% de la PEA tenía empleo formal con un salario básico que ya no garantizaba dejar de ser pobre.
Durante el gobierno de Néstor Kirchner se puso en discusión la permanencia del cogobierno del FMI en la Argentina, hasta que en el año 2005 se dispone la cancelación de la deuda externa por 9,800 millones de dólares. Como consecuencia directa de esta decisión política, la Argentina tuvo un período de 7 años de crecimiento sostenido y recuperación del empleo. Fue en el 2018 cuando el servil gobierno de Macri – Caputo arrastró a la Argentina nuevamente hacia el FMI con la deuda más grande de la historia del organismo para asegurar la dependencia eterna al mismo (44,000 millones de dólares, 9% del PBI).
De esta manera, y con el nuevo acuerdo de la gestión Milei – Caputo, (ya constituido el máximo ladrón de la historia nacional) la Argentina continua con un derrotero y decadencia que ya lleva 70 años de la mano del FMI y la injerencia del imperialismo yanqui sobre los destinos de nuestra Patria.
Sin lugar a dudas, el Fondo Monetario Internacional es una herramienta del imperialismo y su permanencia significa un ancla para el desarrollo nacional, dado que funciona como un reaseguro de la profundización del modelo producto de economía primarizada, desindustrializada (sin trabajo) y extractivista.
No existe posibilidad alguna de recuperar soberanía y alcanzar la justicia social, sin antes conquistar la independencia económica. La abundante historia, aquí brutalmente resumida, es una muestra de sobra para comprender que los acuerdos con el FMI no constituyen una deuda a honrar sino una estafa a combatir y rechazar. Expulsar a todo organismo extranjero que se disponga a dirigir nuestra economía es un pilar inevitable de cualquier proyecto político que se pretenda encuadrar como nacional y popular.
Es hora de comprender que con el enemigo no se dialoga, no se negocia, al enemigo se lo combate, se lo enfrenta hasta vencerlo. Que los momentos más ricos de nuestra historia, donde la Patria se hizo grande, fueron en aquellos donde se enfrentó al imperialismo. Negar esto, en negar nuestra historia, negar a San Martín, a Rosas, Perón, a nuestros 30,000 compañeros desaparecidos.
Tenemos por delante el gran desafío de construir la organización popular suficiente para expulsar al extranjero y destruir el andamiaje de esta argentina neocolonial. Tenemos el desafío de la liberación nacional, tan vigente como hace más de 200 años.