El cable submarino, la crisis diplomática y el colonialismo sobre la infraestructura crítica

28 de febrero de 2026
Alfredo Moreno

Alfredo Moreno es profesor en Tecnologías de la Información en Univ. Nac. de Moreno. Ingeniero TIC en ARSAT.  Integrante de la red PLACTS

La cancelación de visas por parte de Estados Unidos a funcionarios del gobierno de Gabriel Boric que impulsan un cable submarino con China en el Pacífico sur expuso algo más profundo que una disputa diplomática de Washington con Chile: el fondo del océano es hoy un territorio estratégico donde se juega la seguridad, la economía y la soberanía digital del siglo XXI.

El fondo marino dejó de ser un rincón olvidado de la globalización. Hoy es parte del sistema operativo global. Por allí circula más del 95 % del tráfico mundial de internet: comunicaciones gubernamentales, transacciones financieras, datos empresariales y operaciones militares.

En ese escenario se inscribe la tensión entre Chile y Estados Unidos, luego de que Washington revocara las visas de altos funcionarios de la administración de Gabriel Boric por abrir las puertas a la instalación de un cable de fibra óptica que conectaría Chile con China. La justificación estadounidense: la seguridad regional.

El proyecto Chile–China Express, impulsado por la estatal China Mobile, busca unir Valparaíso con Hong Kong mediante un cable submarino. La iniciativa dejó a Chile en medio de la disputa tecnológica entre Washington y Beijing. La controversia escaló cuando el secretario de Estado, Marco Rubio, afirmó que el proyecto podría «minar la seguridad regional».

En esa línea, EUA decretó la revocación de visas al ministro de Transportes y Telecomunicaciones, Juan Carlos Muñoz; al subsecretario de Telecomunicaciones, Claudio Araya; y a su jefe de gabinete, Guillermo Petersen, en un gesto que buscó poner en jaque el avance de la iniciativa.

 

La advertencia de Washington

La Comisión Federal de Comunicaciones (FCC) lleva casi siete años advirtiendo que China Mobile representa un riesgo para la seguridad nacional estadounidense, al ser susceptible —según esa interpretación— de recibir presiones del gobierno chino para colaborar en tareas de inteligencia.

El 25 de marzo de 2022, la comisión determinó que los servicios de la compañía implicaban «riesgos sustanciales e inaceptables para la seguridad nacional» de Estados Unidos.

Las sospechas en torno al espionaje chino cobraron nueva dimensión en 2024, cuando The New York Times informó que teléfonos utilizados por el entonces expresidente Donald Trump y su actual vicepresidente, J.D. Vance, habían sido blanco de hackers originarios de China.

 

Por qué EUA ve un riesgo

De acuerdo con los argumentos expuestos por Washington, la preocupación descansa en tres ejes: control de datos, marco legal chino y dimensión estratégica de la infraestructura digital.

  • Control de infraestructura crítica: Quien controla los cables que transportan datos posee, potencialmente, acceso a información sensible o capacidad de interrumpir comunicaciones en escenarios de conflicto. La inquietud apunta a la eventual interceptación, manipulación o vulneración del tráfico si la infraestructura queda bajo control de empresas consideradas cercanas al Estado chino.
  • Influencia del Estado sobre sus empresas: Las autoridades estadounidenses sostienen que la legislación china obliga a empresas y ciudadanos a cooperar con agencias de inteligencia cuando el gobierno lo requiera.[1] Bajo ese criterio, compañías como China Mobile —de carácter estatal— podrían verse compelidas a entregar información o facilitar operaciones de inteligencia incluso en el extranjero. Esta premisa llevó a Estados Unidos a restringir su operación en telecomunicaciones y catalogarla como riesgo para la seguridad nacional.
  • Infraestructura estratégica en la rivalidad global: El tercer elemento es geopolítico. Estados Unidos busca limitar la expansión de infraestructura digital controlada por China en regiones estratégicas, mientras Pekín intenta reducir su dependencia de redes dominadas por compañías occidentales.

Los cables submarinos se han convertido así en un nuevo espacio de competencia global, comparable al control de rutas marítimas o recursos energéticos en otras épocas.

Washington define los riesgos «sustanciales e inaceptables» en cuatro dimensiones:

  • Intercepción de datos: acceso potencial a información sensible.
  • Vulnerabilidades tecnológicas: posibilidad de instalar fallas o puertas traseras.
  • Dependencia tecnológica: control externo de infraestructura crítica.
  • Capacidad de interrupción: eventual bloqueo o manipulación del flujo informativo en contextos de tensión.

 

Por qué el cable podría beneficiar a Chile (y a China)

Tras el viaje de Gabriel Boric a China en 2025, el gobierno chileno impulsó el estudio de un cable submarino directo entre Chile y Asia, con conexión a Hong Kong. Los argumentos oficiales destacan:

Mejor conectividad con Asia: Una conexión directa reduciría la dependencia de rutas que hoy pasan por EUA o Europa. Menor latencia implica mejores servicios tecnológicos, comercio electrónico y transferencia de datos.

Desarrollo de un hub digital regional: Chile busca posicionarse como centro de operaciones digital del Pacífico sur. Un cable directo podría atraer inversiones en centros de datos y potenciar la economía digital. Como señala Juan Pablo Toro, analista geopolítico y investigador jefe de AthenaLab, el país podría convertirse en punto de entrada a Sudamérica, donde «el premio mayor es el mercado de datos en Brasil», un país de más de doscientos millones de habitantes, vastos recursos y su propia industria de defensa.

Diversificación de infraestructura: Chile ya participa en proyectos como el cable Humboldt, impulsado con participación de Google para conectar Sudamérica con Oceanía. Contar con múltiples rutas aumenta la resiliencia del sistema, reduce riesgos de interrupción y mejora la latencia.

 

Mucho más que un cable

El proyecto Chile–China no es solo una obra de telecomunicaciones. Es un reflejo de la creciente rivalidad entre Washington y Beijing por el dominio de la economía digital.

Mientras Marco Rubio advierte sobre riesgos de seguridad regional, la embajada china en Chile denuncia intentos de interferencia y habla de «desprecio por la soberanía, la dignidad y los intereses nacionales de Chile».

En paralelo, el comunicado estadounidense cuestionó directamente al presidente Boric al señalar que su gobierno quedará «empañado por acciones que, en última instancia, socavan la seguridad regional a expensas del pueblo chileno» y agregó que espera avanzar en prioridades compartidas con la eventual administración Kast.

La sanción motivó una nota de protesta formal de Chile ante Estados Unidos y generó un amplio rechazo en el arco político —con excepción de la ultraderecha—, que calificó la medida como «intervencionismo», «presiones» y «violación de la soberanía nacional».

«América para los americanos» fue el principio de política exterior formulado por James Monroe en 1823. Dos siglos después, esa doctrina reaparece bajo una nueva forma: no ya en torno a territorios o recursos naturales, sino sobre cables, datos y arquitectura digital.

Entre el fondo del océano y la superficie de la diplomacia, Chile enfrenta una decisión estratégica: cómo integrarse al mapa tecnológico del siglo XXI sin quedar atrapado en la lógica binaria de una nueva guerra fría digital.