El ascenso multidimensional de China
En el tablero internacional contemporáneo, pocas transformaciones han sido tan profundas y sostenidas como la reconfiguración del poder que protagoniza la República Popular China.
Lo que durante décadas fue catalogado como el ascenso de una potencia emergente ha mutado, con una velocidad que desafía los marcos analíticos convencionales, hacia la consolidación de un actor global con capacidades tecnológicas, militares y nucleares que replantean los fundamentos mismos del equilibrio estratégico mundial.
Este escenario abre la puerta a una lectura radicalmente distinta del siglo XXI en donde ya no se trata de si China logrará equipararse con Estados Unidos, sino de en qué dimensiones específicas ya lo ha superado o está próxima a hacerlo.
Bajo este prisma, no podemos limitarnos a la contabilidad de ojivas nucleares o al recuento de efectivos militares. Conviene situar este fenómeno en una dimensión más amplia: la de una estrategia estatal de largo aliento que entrelaza ciencia de frontera, doctrina militar renovada, diplomacia asertiva y un modelo de innovación tecnológica que desafía la hegemonía occidental.
En clave geopolítica, China no está simplemente construyendo un ejército más grande; está rediseñando la naturaleza misma de la competencia de poder.
La dimensión nuclear: de la contención a la paridad estratégica
Resulta pertinente observar la evolución del arsenal nuclear chino, no como un dato estático, sino como un proceso dinámico que ha generado alarma creciente en las capitales occidentales. Durante décadas, China mantuvo una doctrina de mínima disuasión, basada en un número reducido de armas nucleares orientadas exclusivamente a garantizar la capacidad de segundo golpe, pero ese paradigma ha sido abandonado de manera deliberada y acelerada.
La evidencia más reciente proviene de los propios funcionarios estadounidenses. Christopher Yeaw, subsecretario de Estado para control de armas y no proliferación, declaró ante la Conferencia sobre Desarme en Ginebra que China ha expandido, de manera inédita, deliberada y opaca, su capacidad nuclear, proyectando que Pekín podría contar con el material fisible necesario para más de 1.000 ojivas nucleares hacia 2030. Más aún, Washington estima que China podría alcanzar la paridad estratégica con Estados Unidos en los próximos cuatro o cinco años, un horizonte temporal que, en términos históricos, equivale a un parpadeo.
No obstante, la postura china ante estas acusaciones es firme y calculada. El embajador Shen Jian, representante de China ante las Naciones Unidas, rechazó los señalamientos calificándolos de infundados y distorsionados, subrayando que el arsenal chino no se encuentra al nivel de los mayores poseedores nucleares del mundo y que Pekín no participará en ninguna carrera armamentística nuclear. Esta tensión discursiva refleja una disputa de fondo sobre quién define los términos de la gobernanza nuclear global.
Cabe añadir que el contexto institucional en el que se desarrolla esta escalada es particularmente inquietante. La expiración del tratado New START el 5 de febrero de 2026 —sin que se haya alcanzado un acuerdo sucesor— marca la primera vez en décadas que las dos mayores potencias nucleares operan sin un marco vinculante que limite sus arsenales.
Washington responsable total de esta situación, lejos de lamentar este vacío, lo ha presentado como una oportunidad para negociar un “mejor acuerdo” que incorpore a China. Algo que desde Pekín se rechaza de plano en la lógica de las conversaciones trilaterales, argumentando que la asimetría entre su arsenal y los de Rusia y Estados Unidos hace que tal comparación sea, en sus propias palabras, injusta, irrazonable e irrealista.
Desde un enfoque sistémico, esto implica que el mundo ha entrado en una fase de desregulación nuclear sin precedentes en la era contemporánea. De mantenerse esta tendencia, la ausencia de marcos de verificación y límites acordados no solo aumenta la incertidumbre estratégica, sino que normaliza la acumulación sin restricciones, con implicancias que trascienden lo inmediato y afectan la estabilidad del sistema internacional en su conjunto.
Asimismo, las acusaciones estadounidenses sobre supuestas pruebas nucleares encubiertas añaden una capa de opacidad al cuadro. Yeaw citó datos sísmicos recogidos en Kazajistán que, según Washington, corresponderían a una explosión nuclear de bajo rendimiento realizada en el sitio de Lop Nur en junio de 2020.
Sin embargo, el Centro de Estudios Estratégicos e Internacionales señaló que las imágenes satelitales no revelaron actividad inusual en ese emplazamiento. Este tipo de disputas técnicas sobre evidencia no concluyente revela hasta qué punto la competencia estratégica sino-estadounidense opera hoy también en el terreno de la narrativa y la construcción de percepciones.
La revolución tecnológica-militar: entre la ciencia ficción y la vanguardia real
Por otra parte, el desarrollo militar chino no se agota en su componente nuclear. En términos estratégicos, lo más revelador del momento actual es la velocidad con que China está integrando tecnologías de frontera —inteligencia artificial, hipersónica, robótica— en una doctrina militar que ya no se limita a la defensa territorial sino que aspira al dominio de los espacios de confrontación del futuro.
El Proyecto Nantianmen —cuyo nombre alude a la Puerta Celeste del Sur de la mitología china— constituye un caso de estudio fascinante en esta línea. Lanzado en 2017 por una filial de la estatal Aviation Industry Corporation of China, el proyecto nació formalmente como una propiedad intelectual de ciencia ficción.
Lo que lo distingue de otras narrativas militares especulativas es la materialización física de sus conceptos, maquetas a escala real de sus plataformas futuristas han aparecido en los salones aeronáuticos de mayor perfil en China, difuminando de manera deliberada la frontera entre la imaginación estratégica y el desarrollo armamentístico real.
Conviene subrayar que esta ambigüedad no es accidental, ya en Zhuhai en 2024, un modelo a escala real del ficticio caza Baidi compartió escenario con el debut de los cazas furtivos J-35A de quinta generación y con los primeros avistamientos de los cazas de sexta generación reales del ejército chino. Esta coexistencia de lo especulativo y lo operativo en el mismo espacio expositivo constituye un mensaje estratégico de gran sofisticación, China no solo está desarrollando las armas del presente, sino que ya está conceptualizando —y mostrando— las del futuro lejano.
La narrativa del proyecto describe, para el año 2043, un sistema integrado de defensa Tierra-Luna denominado también Nantianmen, que incluye cazas hipersónicos, enjambres robóticos tácticos y portaaviones estratégicos de nueva generación.
Más allá de la ficción, este tipo de ejercicio prospectivo cumple una función doctrinal concreta, obliga a los estrategas adversarios a considerar escenarios de confrontación en dominios aún no codificados por el derecho internacional ni por las doctrinas militares convencionales.
A su vez, el salto cualitativo en capacidades hipersónicas —área en la que China ya demostró ventaja con el ensayo del misil hipersónico de alcance global en 2021— redefine los tiempos de reacción y los paradigmas de disuasión. En efecto, si los misiles hipersónicos convierten en obsoleta la arquitectura de defensa antimisiles tradicional, la lógica de la disuasión nuclear clásica requiere ser revisada desde sus cimientos.
Inteligencia artificial y semiconductores
Es preciso analizar la dimensión que, con implicancias que trascienden lo inmediato, representa el avance más disruptivo del ascenso chino como lo es la inteligencia artificial y los semiconductores de nueva generación. Mientras el debate público suele centrarse en los chips que China no puede fabricar —particularmente los procesadores avanzados de NVIDIA bloqueados por controles de exportación estadounidenses—, los laboratorios chinos están resolviendo el problema desde una dirección completamente distinta, no fabricar chips más rápidos, sino reinventar el paradigma computacional.
El ejemplo más reciente y significativo es el desarrollo, por parte de un equipo de la Universidad de Pekín liderado por Qiu Chenguang y Peng Lianmao, del transistor ferroeléctrico más pequeño y eficiente energéticamente del mundo. Lo que hace singular este avance no es únicamente su escala —con un electrodo de puerta reducido a apenas 1 nanómetro, alcanzando precisión a nivel atómico—, sino su arquitectura funcional.
A diferencia de los chips convencionales, donde el almacenamiento y el procesamiento ocurren en zonas separadas generando cuellos de botella, los transistores ferroeléctricos integran ambas funciones en una sola unidad, replicando de manera artificial el funcionamiento de las neuronas cerebrales.
Entonces, mientras la industria tradicional de semiconductores persigue la miniaturización incremental dentro de un paradigma agotándose, China está apostando por un salto de paradigma. El nuevo FeFET opera a un voltaje de tan solo 0,6 voltios —por debajo del umbral estándar de los circuitos lógicos modernos— y consume aproximadamente una décima parte de la energía reportada internacionalmente como mínimo en su categoría. Paralelamente, su velocidad de respuesta de hasta 1,6 nanosegundos lo posiciona como candidato natural para los centros de datos de inteligencia artificial de próxima generación.
No es menor señalar que estas técnicas de procesamiento y diseño ya han sido patentadas por la Universidad de Pekín como propiedad intelectual completamente independiente. Esto significa que China no solo ha producido una innovación técnica, ha construido una posición de propiedad intelectual soberana en un dominio considerado estratégico por las principales potencias tecnológicas del mundo.
En virtud de ello, incluso si los controles de exportación occidentales se mantuvieran o intensificaran, China poseería bases propias para desarrollar su ecosistema de hardware de IA sin dependencia externa.
El equipo subrayó, además, que este es el primer descubrimiento internacional que demuestra que los FeFET exhiben ventajas inesperadas al reducirse en tamaño, abriendo la posibilidad de construir chips con nodos inferiores a 1 nanómetro.
Por consiguiente, no se trata de un avance incremental sino de una ruptura conceptual con consecuencias de largo alcance para la arquitectura de los futuros sistemas de inteligencia artificial, tanto civiles como militares.
A la luz de estos acontecimientos, la narrativa dominante en Washington —que describe a China como un rezagado tecnológico que depende del robo o la adquisición de tecnología occidental— resulta, en el mejor de los casos, anacrónica. En el peor, es una peligrosa subestimación que ha llevado a diseñar políticas de contención basadas en premisas erróneas.
Del mismo modo, otros avances recientes del ecosistema científico chino refuerzan esta imagen de aceleración tecnológica multidimensional. Investigadores chinos han anunciado el desarrollo de una técnica para producir en masa obleas de materiales bidimensionales, que representan el sucesor del silicio para la electrónica de alto rendimiento.
De igual forma, científicos chinos han desarrollado baterías con electrodos orgánicos y electrolitos de bajo riesgo, ampliando las fronteras de la tecnología de almacenamiento energético. Cabe destacar que estos avances no son eventos aislados, sino que forman parte de un ecosistema de innovación financiado, coordinado y dirigido estratégicamente por el Estado chino.
La geopolítica comercial como arena de confrontación estratégica
Bajo este marco, el componente tecnológico-militar del ascenso chino no puede disociarse de la dimensión económica y comercial de la rivalidad sino-estadounidense. La próxima cumbre entre Donald Trump y Xi Jinping en Pekín —proyectada para finales de marzo de 2026— se produce en un momento en que la posición negociadora de China ha sido, paradójicamente, reforzada por decisiones judiciales internas de Estados Unidos.
Una sentencia del Tribunal Supremo estadounidense que anuló aranceles amplios ha reducido la tasa arancelaria efectiva sobre productos chinos a alrededor del 15 por ciento, nivelándola con la de otros socios comerciales. Lo anterior configura un panorama donde China ya no enfrenta una presión diferenciada que justifique concesiones sustanciales. Sara Schuman, exrepresentante de comercio para China bajo los presidentes Biden y Trump, reconoció que esta nivelación generará preocupación en la administración, que probablemente intentará restaurar la diferenciación arancelaria.
Sin embargo, la postura china actual difiere sustancialmente de la de los últimos meses, en contraste con aquella etapa de relativa cautela, Pekín se muestra hoy “mucho más envalentonado”, dispuesto a enfrentarse cara a cara y a responder de manera asimétrica mediante medidas no arancelarias.
Las restricciones sobre exportaciones de tierras raras —minerales críticos para la manufactura de alta tecnología occidental— constituyen el ejemplo más nítido de este enfoque, China utiliza su posición dominante en la cadena de suministro de materiales estratégicos como palanca de negociación directa contra Washington.
Así pues, la cumbre de abril se perfila, según analistas del Centro de Estudios Estratégicos e Internacionales, como un encuentro “cómodo para los chinos”, cuyo resultado probable será la extensión de una tregua frágil antes que la firma de acuerdos transformadores.
Estados Unidos, según Scott Kennedy del CSIS, no podrá ejercer presión significativa sobre China en este contexto. De este modo, la narrativa de la presión efectiva sobre Pekín a través de instrumentos comerciales enfrenta sus límites más evidentes en el preciso momento en que el desarrollo tecnológico y militar chino alcanza cotas sin precedente.
La exclusión científica como estrategia fallida
Conviene examinar también los límites de la estrategia occidental de aislamiento tecnológico. Recientemente investigadores chinos han sido excluidos de los programas tecnológicos colaborativos más avanzados de la Unión Europea.
Aun así, según especialistas de los sectores afectados, el impacto real de esta prohibición podría ser limitado, debido a que algunas áreas de colaboración ya se encontraban en mínimos históricos antes de las restricciones formales.
Esto implica que la política de desacoplamiento tecnológico, diseñada para ralentizar el avance chino, choca con una realidad incómoda en donde China ha construido, durante las dos décadas precedentes, una capacidad endógena de investigación y desarrollo que reduce su dependencia de la colaboración externa.
El resultado de los transistores ferroeléctricos —producidos con técnicas completamente domésticas y patentados como propiedad intelectual independiente— es el símbolo más elocuente de esta autonomía creciente.
Por el contrario, algunos análisis sugieren que las políticas de restricción podrían acelerar precisamente la dinámica que pretenden frenar, al eliminar los canales de influencia y comunicación científica que permitían, al menos parcialmente, rastrear y comprender los avances tecnológicos chinos.
De ahí que voces dentro del propio establishment de política exterior estadounidense comiencen a cuestionar la coherencia y eficacia de un enfoque que, como señaló Philip Luck del CSIS respecto a los instrumentos arancelarios, puede ser “demasiado tosco” para lograr sus objetivos estratégicos sin producir daños colaterales en los propios aliados.
Hacia una nueva arquitectura del poder global
Importa considerar cuál es la trayectoria probable del ascenso chino si las tendencias actuales se mantienen. Todo lo cual sugiere que nos encontramos ante el inicio de una transición hegemónica parcial —no necesariamente global, pero sí sectorial— en la que China consolidará su primacía en dominios específicos, semiconductores de nueva generación, inteligencia artificial aplicada, capacidad hipersónica y, progresivamente, paridad nuclear estratégica.
Dentro de la arquitectura de poder global emergente, este proceso no configura una ruptura abrupta sino una erosión gradual de las ventajas comparativas que sustentaron la supremacía estadounidense durante el período posterior a la Guerra Fría.
En la lógica de equilibrio regional, los actores del Indo-Pacífico —desde India hasta Japón, pasando por los países del ASEAN— deberán navegar entre dos polos de atracción cuyas capacidades se aproximan, lo que aumenta el valor estratégico de su posición y su margen de autonomía.
Bajo una dinámica de competencia estratégica, el riesgo más significativo no es necesariamente el conflicto armado directo —cuya probabilidad sigue siendo contenida por la lógica de la disuasión mutua asegurada—, sino la incapacidad de las instituciones internacionales existentes para gestionar una rivalidad de esta naturaleza y escala.
La expiración de New START sin sucesor, la exclusión de China de los marcos de control de armamentos, la fragmentación de las cadenas de suministro tecnológicas y la proliferación de capacidades hipersónicas no reguladas configuran un panorama de acumulación de riesgos sistémicos difícilmente manejables con los instrumentos diplomáticos del siglo XX.
Resulta también pertinente observar, que el modelo chino de innovación —articulado en torno a la coordinación entre el Estado, la academia y la industria, con horizontes de planificación de largo plazo— ha demostrado una capacidad de producir saltos tecnológicos discontinuos que los modelos occidentales, más dependientes de ciclos de mercado cortos, no siempre pueden replicar con la misma velocidad.
El momento de una redefinición analítica
Conviene precisar a la vez que el análisis del ascenso chino exige abandonar los marcos interpretativos que lo reducen a una variable de perturbación dentro de un orden internacional de hegemonía estadounidense. En definitiva, lo que los datos disponibles sugieren es que China ha alcanzado —o está próxima a alcanzar— una posición de co-determinación del orden internacional en dominios clave que redefinen el siglo XXI como lo es la tecnología de semiconductores de frontera, inteligencia artificial, capacidad nuclear estratégica y doctrina militar de nueva generación.
Lo anterior no constituye una apología del modelo chino ni una minimización de sus contradicciones internas sino que constituye, simplemente, un reconocimiento de que el mapa del poder mundial está siendo reescrito en tiempo real, y que entenderlo con precisión es condición indispensable para actuar con eficacia en él.
Artículo publicado originalmente en Noticias PIA
