Desencuentros
Javier Milei se inclina frente a la tumba del Rebe de Lubavitch para agradecer su victoria electoral, exhibe su idiotez ante la élite económica en el encuentro del globalismo atrincherado en los intereses geopolíticos de Estados Unidos y parados sobre los escombros del mundo unipolar que pretendían construir. 20 años después del NO AL ALCA. No son dos países, es simplemente el desencuentro político con los fundamentos mismos de nuestra Patria.
“Era tanta saudade, era pra matar” decía Chico Buarque.
Noviembre de 2005, Mar del Plata. 20 años apenas, nada en términos históricos, como bien nos lo dejara grabado en la cultura popular el gran Carlos Gardel.
Néstor Kirchner gobernaba una Argentina que salía, con grandes dificultades, del infierno neoliberal que había volado por los aires el 20 de diciembre de 2001. Lula da Silva gobernaba Brasil, Chávez lo hacía en Venezuela y el motor ideológico de la emancipación en Nuestra América volvía a rugir en la arena de los conflictos geopolíticos.
George Bush arrastraba su prepotencia, portaaviones incluído, con el objetivo de condicionar las decisiones geopolíticas de una Cumbre de las Américas en la que se pretendía imponer un acuerdo de libre comercio.
“¿ALCA?, ¡Al carajo!” gritó Hugo Chávez en el estado mundialista de Mar del Plata, abrazado a Diego Maradona, frente a un cúmulo de organización popular en nuestra Patria motorizado por una militancia que lograba reconstruir la épica desde los sacrificios acumulados durante décadas de resistencia.
Cara a cara con Bush, Néstor Kirchner denunció respecto a los Estados Unidos que “las políticas que se aplicaron no sólo provocaron miseria y pobreza, en síntesis la gran tragedia social, sino que agregaron inestabilidad institucional regional que provocaron la caída de gobiernos democráticamente elegidos en medio de violentas reacciones populares.”
Y agregó “Peor aún, no podemos ignorar datos estadísticos que dan cuenta de un creciente y preocupante desapego por el sistema democrático de los habitantes de distintos lugares de nuestra región como consecuencia de la falta de una digna calidad de vida. Llegamos así y por esa vía a un rejuntado paradojal: en nombre de la democracia tenemos menos democracia.”
Como corolario del rechazo a la política desplegada por Estados Unidos para la region, Néstor sostuvo que “El Fondo Monetario Internacional no puede pretender condicionamientos que resulten contradictorios entre sí y opuestos a nuestras posibilidades de crecimiento ni exigir la devolución de fondos que en plena crisis destinó a financiar un programa condenado al fracaso de manera inmediata.”
20 años no es nada en la historia de una Patria, ni la efímera victoria de la guerra cognitiva que impuso el experimento de Javier Milei, ni la decadencia norteamericana que se pretende prepotente en la tierra al sur del Río Bravo, podrán pretender éste tiempo como definitivo. Siquiera como un giro decisivo.
Vergüenza
Javier Milei se inclina frente a la tumba del Rebe de Lubavitch para agradecer su victoria electoral, lo hace una semana después de exhibirse con la versión mas descabellada de los pastores evangelistas neopentecostales consolidados en Estados Unidos y que operan como ariete para el desmoronamiento moral y ético de los pueblos de nuestra América.
Milei exhibe su idiotez ante la élite económica en el encuentro del globalismo atrincherado en los intereses geopolíticos de Estados Unidos y parados sobre los escombros del mundo unipolar que pretendían construir. Multimillonarios de toda calaña, refugiados en una peregrina idea de occidente para enmascarar la derrota geopolítica que sufren a manos de polos de poder indiscutibles como China y Rusia.
Milei se reúne con los saqueadores financieros de las naciones del sur, lo exhiben como un trofeo nacido al calor del desmoronamiento democrático a manos de una guerra cognitiva librada por la élite del aceleracionismo tecnológico que habita Silicon Valey.
En plena decadencia, Estados Unidos ha decidido reafirmarse a sí mismo. A su identidad, a sus orígenes, a los gérmenes de esa patología que los transforma en destinados por la providencia a plagar América de miserias en nombre de la libertad, como enseñaba el gran Simón Bolivar.
Y ahí está Milei, como testimonio de época ante la derrota de racionalidad que habita, incluso, la dinámica de producción política del Estados Unidos a manos de Donald Trump.
La espada con la que se pretende condenar a la Argentina a un destino de miseria para utilizar nuestro territorio y su riqueza como pertrecho geopolítico en una batalla desigual que los yanquis libran en la reorganización de este mapa global y también, un ariete contra toda pretensión soberana que nazca en una región que está llamada a producir la derrota definitiva de Estados Unidos como motor de una hegemonía en retroceso.
Un despojo llamado Occidente
Occidente colectivo es la denominación con la que se pretende graficar el área de influencia de Estados Unidos. Un concepto ambiguo forjado al calor del colonialismo que se pretende lo suficientemente flexible para abarcar territorios tan distantes como Europa, América Latina, Australia o, incluso, Japón según quien lo explique.
Occidente es lo que Estados Unidos, Israel y Gran Bretaña necesitan que sea en cada momento de reafirmación de su pretensión hegemónica. Esas usinas de propalación de sentido, han pretendido que el mundo les reconozca ser los promotres y defensores de valores incuestionables como la democracia, la libertad y los derechos humanos. Su retórica obscena siempre ha permanecido al amparo de la vergüenza al cotejarse con la realidad efectiva de crueldad sembrada a su paso.
Sin embargo, mas allá de la permanente crisis de sentido que atraviesan el conjunto de sus valores altisonantes, lo cierto es que vivimos un tiempo de particular exhibición del colapso moral y ético de aquellos defensores de esos valores.
En esa imagen dramática, Milei se exhibe como un idiota bailando. Como un insulto a la memoria de un pueblo, como bofetada ante la historia de una Patria.
La bancarrota ética y moral de aquellos valores que pretendían constitutivos de la civilización a su amparo, atraviesan un tiempo de particular dramatismo y dejan al descubierto la construcción de sentido que dinamizan sus propaladoras culturales.
“La pregunta es si América Latina se dejará arrastrar a esa bancarrota, como acompañante subordinado de una cofradía occidental en la que le forzaron a estar, o se sacudirá por siempre del vasallaje cultural colonizado, y reclamará para sí el ser otra cosa, de herencias múltiples, y cuyos horizontes de liberación no son la suma de herencias raigales o impuestas, sino la emergencia de una forma nueva de ver lo liberador y lo liberado” se pregunta el profesor cubano Ernesto Estévez Rams.
Y abrir una pequeña cerradura al esbozo de una respuesta, nos ofrece un oscuro panorama a la hora de pensar nuestro aporte nacional a esa enorme tarea liberadora que ocupa las urgencias y demandas de los pueblos de nuestra américa.
Desafíos de un tiempo
Hasta hace muy poco tiempo ser cipayo era un atributo que demandaba ser ocultado para hacer política en nuestro país. El ritmo vertiginoso en el que se materializaron algunas transformaciones han facilitado que en la mas absoluta indiferencia se celebre el colonialismo, la riqueza en manos de una minoría, la miseria expandida en clave de mayoría, el individualismo como cultura para la organización social y la idiotez e ignorancia como atributo humano destacable.
El gobierno actual, es la consecuencia de una democracia fallida, su apología de la libertad es un producto de la manipulación conceptual a la que condenó occidente un término llamado a exponer las rotas cadenas y que hoy cristaliza la arrogancia prepotente de una nueva clase dominante inculta, parasitaria y propaladora de una brutalidad que atrasa siglos.
En ese ritmo vertiginoso, vale reconocerlo también, en el peronismo fuimos poniendo un grano de arena en el deterioro del tiempo actual.
Como fuerza política capaz de catalizar los objetivos de liberación nacional para la justicia social, fue albergando en forma acrítica y con cada vez menos tensión interna a dirigentes capaces de posar alegremente en la embajada de Estados Unidos como síntoma de un falso pragmatismo que, en términos prácticos, es instrumento de subordinación ideológica a la colonia que otros celebran.
Como un jardín florecido en el patio trasero de los intereses geopolíticos de Estados Unidos, la clase política se exhibe de múltiples colores para ser la efectiva realizadora local de las necesidades y urgencias que se propone ese Occidente en decadencia.
La desertificación ideologica, la cobardía en la acción política, la exhaltación de las formas y los modos aplacados para tensionar intereses, las vergüenzas y desvergüenzas a la hora de exponer límites, contradicciones, agachadas y traiciones aparecen con más habitualidad que la vocación de reivindicar convicciones, militancia colectiva y construir tensiones efectivas en la resistencia ante el oscurantismo que deja un tendal de sacrificios populares a su paso.
Para esa clase política, hay atributos sagrados que no se cuestionan. Hay elementos en el debate y la acción política que hacen a su particular tránsito sin sobresaltos, que no merecen ser cuestionados. Algunos, además, pretenden se los reivindiquen con un sentido absolutamente antagónico a lo que estaban llamados a expresar.
La democracia, que en éstas latitudes habrá de cumplir el cuarenta y un aniversario de su recuperación en apenas un mes, empieza a dejar de ser un valor exportable por aquellos que jamás le confiaron al sufragio las formas de organizar políticamente una Nación. Y aún así, la adicción al sufragio de una clase política que vive de su autopromoción desvergonzada, pretende sostenerla en forma acrítica hasta el paroxismo de su inutilidad, apenas por temor o pereza a discutir seriamente un modelo efectivo de organización para la planificación nacional.
Los derechos que goza una minoría privilgiada, siguen exaltando la propaganda de esas fuerzas políticas que conquistaron tutelas y garantías en la medida que trajera aparejado el mínimo conflicto y no incomodara a los dueños de todas las otras cosas. Y aún así, se pretende que la mayoría que no tiene tiempo, economía, vida y condiciones para gozar de esos derechos, ofrende su vida en pos de asegurarlos para usufructo ajeno.
La libertad de elegir el botón que presionar en un teléfono inteligente, la porción del cerebro que sacrificamos en el altar de la automatización de la inteligencia artificial y la rutina del intercambio virtualizado hasta el límite de no llegar jamás a discutir una idea en persona representantes y representados, sigue acompañando la cómoda existencia de la política expresada en clave de la acción individual y secreta de enfrentarse a la boca de una urna.
Cuando la oscuridad acecha al futuro, y el espejo retrovisor nos devuelve más demanda de autocrítica que insistencia en el autoelogio, es tiempo de empezar a cuestionarse todo, para refundar lo mejor del tiempo acumulado en clave genuinamente revolucionaria.
Es tiempo de volver a encontrar las pistas en la mayoría que aún apuesta a lo comunitario y colectivo como forma de supervivencia en los tiempos de anomia política. Es tiempo de reflexiones peligrosas, aunque el status quo se alerme ante el peligro de sufrir un cuestionamiento en su método de reproducción agotadora.
Es tiempo de arrancar las flores necesarias de un jardín que es nuestro, y devolverlas bien lejos del patio trasero de aquellos que se pensaron durante décadas como dueños de nuestra historia, nuestra existencia y nuestro destino.
Como hizo Néstor Kirchner, aunque muchos parecen olvidarlo.
Lejos de la oscuridad que amenaza el futuro.
Y bien cerca de nuestra gente, ahí donde da el sol.
No hace mucho, Chico Buarque escribió y le puso música a “Caravanas”. Nos decía allí que “Hija del miedo, la rabia es madre de la cobardía / O loco soy yo que escucho voces / No hay gente tan insana.”
