Del judaísmo al sionismo, historia de una secularización reaccionaria

28 de junio de 2025
David Acuña

David Acuña, historiador, profesor y militante peronista. 

Algunas reflexiones y relaciones en torno a la identidad judía, la estatalidad israelí y el sionismo como corriente política.

“Cuando era niño, yo era judío… Iba al jeder. Me enseñaban los que habían estudiado en yeshivas. Después, toda mi vida he sido israelí: el idioma, los símbolos, los olores, los sabores, los lugares… todo. Hoy no me es suficiente. En mi situación actual, he traspasado mi ser israelí. De las tres identidades que me forman –humana, judía e israelí– siento que mi elemento israelí me priva de las otras dos” (Shavit).

 

El 19 de junio pasado, durante el programa de streaming conducido por Tomás Rebord, se conformó una mesa de debate en torno a la coyuntura política de Medio Oriente.

Uno de los panelistas invitados, José Glinski, quien fuera jefe de la Policía de Seguridad Aeroportuaria durante el gobierno de Alberto Fernández y estuvo implicado en el papelón diplomático de requisa al avión venezolano con tripulación iraní de la empresa Emtrasur (junio de 2022), sostuvo que “para nuestra identidad (judía) es constitutiva la creación del Estado de Israel y la existencia del Estado de Israel”. Asimismo, Glinski, que además es actual diputado nacional por Unión por la Patria, se definió como “sionista de izquierda”, como “judío argentino” y de tener familiares en Israel que, a pesar de ser opositores a Netanyahu, compartirían con éste la apreciación de que Irán es el enemigo.

Las apreciaciones de Glinski, en verdad, poco importan acá, solo operan como motivador de estas líneas que tratará de ver si la asociación entre identidad judía, estatalidad israelí y el sionismo como corriente política son categorías prácticamente homologables o si, por el contrario, nos encontramos ante declaraciones ideológicas – propagandísticas.

El profesor Yakov Rabkin, catedrático de la Universidad de Montreal y quien diera diversas conferencias en casa de estudios israelíes como Bar-Ilan y Hebraica, sostiene que la creación del Estado de Israel a mediados del siglo XX es un punto de ruptura en la historia judía producto del proceso de “emancipación” del judío europeo a lo largo del siglo XIX y XX que implicó la obtención de derechos políticos dentro de los países cristianos de Europa. A la par de este desarrollo, al igual que ocurrió dentro del cristianismo, la obtención de derechos fue acompañada por el avance de la secularización de la sociedad y el alejamiento masivo de las prácticas religiosas.

Rabkin señala que la secularización cambia radicalmente la identidad judía al pasar de su sentido normativo de una “colectividad de la fe” hacia un nivel político que se expresa en “colectividad de destino”. De esta manera, el Estado Nacional pasa a ser más importante que la religión. Proceso no muy diferente al de los demás estados europeos y la relación que se establece entre sus estructuras, el nacionalismo y la identidad religiosa.

El sionismo tiene sus orígenes hacia fines del siglo XIX entre aquellas minorías judías de clase acomodada que buscaban ser “asimiladas” por los grupos de poder al interior de cada nación. El historiador israelí de origen rumano Elie Barnavi señala que “el sionismo fue una invención de intelectuales o de asimilados, el partido de la inteligencia, que dio la espalda a los rabinos y aspira a la modernidad, y que busca desesperadamente un remedio a su malestar”. Aun así, estos asimilados no lograron despojarse de su “estigma de origen” que los hacía ver aún demasiado judíos para los círculos del poder europeo, pero poco judíos para quienes aún anclaban su identidad en la Torá y las tradiciones.

Esta situación ambigua del sionista atrapado entre las formas de los nacionalismos occidentales y su cultura ancestral es explicable por las contradicciones de clase al interior del capitalismo. Como señalara Rodolfo Walsh, “aquellos judíos europeos perseguidos que descubrieron en el capitalismo la verdadera causa de sus males, se integraron en los movimientos revolucionarios de sus países reales. El sionismo evidentemente no lo hizo y se configuró como ideología de la pequeña burguesía, alentada sin embargo por aquellos banqueros que –como los Rotschild– veían venir la ola y querían que sus “hermanos” se fueran lo más lejos posible”.

De esta manera, el sionismo representa un movimiento nacionalista de origen europeo que sigue buscando, siguiendo el razonamiento de Rabkin, cuatro objetivos esenciales: 1) transformar la identidad transnacional judía centrada en la Torá en una identidad nacional a semejanza de otras nacionalidades europeas; 2) desarrollar una nueva lengua nacional basada en el hebreo bíblico y rabínico; 3) desplazar a los judíos de sus países de origen a Palestina; 4) establecer un control político y económico sobre Palestina. Este proyecto es el último coletazo de la conformación de las identidades nacionalistas occidentales, pero con la particularidad que para ser logrado implicó trasplantarse fuera de Europa asentándose sobre un territorio con poblaciones autóctonas previas.

De ahí su carácter reaccionario e imperialista al que no le queda otra salida que ejercer su racismo militarista sobre los pueblos de Medio Oriente como única forma de lograr sus objetivos. El Estado de Israel creado por el sionismo europeo solo puede sustentarse en el genocidio de miles de palestinos, la segregación de todos aquellos no-judíos, la subordinación de otras naciones y la explotación de los que aun siendo judíos (tradicionalistas o seculares) no son parte de la alta burguesía israelí.

Triste paradoja de aquellos que, presentándose como los hijos y nietos de la Shoá, hoy actúan de igual forma a la de los verdugos de sus padres y abuelos.