Dani Ezcurra: la amistad hecha política

09 de septiembre de 2026
David Acuña

David Acuña, historiador, profesor y militante peronista. 

Hace exactamente un año fallecía Daniel Ezcurra. Aún hoy, la palabra “ausencia” me resulta insuficiente, incluso extraña, para hablar de un amigo. Quizás su falta se sienta con mayor intensidad porque se fue demasiado pronto, o porque la realidad mediocre que nos toca atravesar sería menos pesada si pudiéramos contar con su mirada crítica y ese optimismo inquebrantable en la capacidad creadora del pueblo argentino.

Dani no fue ni tipo meramente contemplativo ni un mariscal del vayan y hagan. Su praxis nunca estuvo separada de la vida concreta, de sus dolores, sus esperanzas y sus luchas. Cada una de sus ideas abría una puerta a la acción trayendo consigo una tarea. Para él, pensar era comprometerse. Comprender era tomar partido. Y conocer la realidad implicaba, inevitablemente, intentar transformarla.

Una vez escuché a una doña de un barrio, creo que del conurbano platense, después de una de esas tantas charlas que el Dani compartía con militantes de base, decir algo que todavía me resuena: “piensa con las manos”. Quizás no exista mejor manera de describir lo que hacía, porque es verdad que Daniel pensaba con las manos… manos que construyen, que levantan, que organizan, que luchan y abrazan.

Daniel sintetiza la trayectoria de una generación militante ajena a cualquier forma de ortodoxia cuando de enfrentar al enemigo de la Patria se trataba. Atento tanto a las estructuras de dominación como a las experiencias concretas de lucha y a las percepciones identitarias de los de abajo, en sus textos y charlas podían resonar, sin contradicción o eclecticismo, las voces de Perón, Gramsci, Cooke, Marechal, Benjamin, Fidel, Evita o Zitarrosa.

No había en él jactancia ni pedantería respecto de lo que sabía, ni hacía del saber una credencial de prestigio, sino una herramienta puesta al servicio de la construcción colectiva y la lucha popular por la justicia social.

Sin temor al qué dirán ni a quedar atrapado en las telarañas burocráticas, Dani se involucró de manera concreta y asumió responsabilidades de decisión durante los gobiernos de Néstor y Cristina. Lo hizo convencido de que el Estado era un territorio de disputa que había que ocupar, pero sin perder nunca el anclaje en el llano, allí donde se construye la política real.

En el último tramo de su militancia, aun formulando señalamientos profundamente críticos hacia un peronismo que consideraba demasiado timorato y prolijo a la hora de enfrentar a los poderes fácticos, mantuvo intacta su convicción sobre la centralidad del Estado frente al avance del capital globalizador. En ese contexto, siguió apostando a la construcción política y observó con entusiasmo el ascenso de la figura de Axel Kicillof.

Pero más allá de todo aquello que lo describe como el cuadro político que fue, lo extrañamos y lo recordamos en las fotografías, con su canto y su guitarra, con su camiseta de Lanús y, sobre todo, con esa enorme sonrisa que se le dibujaba cada vez que hablaba de Enara, Popi, Valentina e Iris. Porque detrás del militante, del historiador, del formador y del dirigente, estaba también el amigo, el compañero, el padre y esposo amoroso, el hombre de cosas sencillas y amor por su pueblo.