Cenizas y primaveras

19 de septiembre de 2026
InfoNativa

Entre la farsa malvinera a pedido de Washington y un Presupuesto 2027 que consagra la entrega por la deuda, la política argentina se pierde en el laberinto de sus vanidades y los mandatos de su ombligo. Frente al vacío ideológico y la timba electoral, el subsuelo de la patria necesita latir mas fuerte, encontrar el brote necesario en primavera, para empezar a sublevar el horizonte de sus desafíos.

La política argentina transita extraviada en un desierto ideológico donde la descomposición del sentido habilita cualquier aberración sin sonrojo. En este páramo, una impostada retórica malvinera —diseñada en las oficinas de Washington para blindar el Atlántico Sur— convive sin fisuras con el derrotero palaciego de un Presupuesto 2027 que termina de sellar el desguace nacional y la transferencia forzosa de la riqueza argentina hacia el exterior a través de la rueda del endeudamiento perpetuo.

Escribió François de La Rochefoucauld hace tres siglos atrás que”la hipocresía es el homenaje que el vicio rinde a la virtud”. Pocas veces esa sentencia cobró tanta vigencia: ver a un confeso adorador de Margaret Thatcher balbucear una causa sagrada como Malvinas bajo libreto ajeno no es más que la grotesca ofrenda que el cipayo debe pagar para barnizar su subordinación.

Hasta no hace tanto tiempo, el enemigo de la patria debía ser cipayo en silencio. Aquel hombre que disimulaba su desprecio por lo propio no era mejor persona que el que hoy lo festeja a cielo abierto; sin embargo, habitaba una comunidad donde exhibir el cipayismo conllevaba un costo social, un repudio concreto, y ese límite colectivo era una de las pocas cosas que funcionaban de verdad.

Hoy, demolidas las sanciones comunitarias, la bandera de las islas es manoseada como un instrumento de distracción para atar el destino del país al ocaso definitivo de la hegemonía estadounidense, justo cuando ese imperio en declive necesita garantizarse a cualquier precio la sumisión de su retaguardia continental.

En un tablero internacional de transformaciones irreversibles, donde a la unipolaridad norteamericana solo le espera el precipicio, la Argentina debiera estar discutiendo cómo desacoplarse del coloso que se desmorona para proyectar una planificación estratégica propia y soberana. En su lugar, el sistema político permanece encerrado contando los días que faltan para una nueva elección, como si la rotación en las urnas tuviera el poder mágico de torcer el rumbo de una mera administración colonial tutelada desde afuera.

En ese desfile de vanidades, la dirigencia cultiva un personalismo miope, incapaz de despegar la mirada del propio ombligo. Como aquel Eróstrato de la antigüedad que incendió el templo de Artemisa para inmortalizar su nombre en las cenizas, una dirigencia alienada parece dispuesta a inmolar cualquier esperanza popular con tal de asegurar su pequeña cuota de visibilidad en el altar de la miseria. Se pavonean en la pantalla mientras dinamitan las condiciones materiales del pueblo que dicen representar.

Los desafíos de esta hora son inmensos, pero las respuestas siguen atascadas en la impotencia de un campo popular fragmentado por el desencuentro. La salida no provendrá de los atajos mercantiles de la democracia de audiencias ni del reciclaje de dirigentes vaciados de doctrina. Es urgente volver a desenterrar las pistas de una identidad política que forjó las mayores gestas de liberación de nuestra historia y que hoy yace sepultada bajo capas de resignación y oportunismo.

Y, sin embargo, en el fondo del subsuelo de una Patria que ansía sublevarse, late una vitalidad que ningún algoritmo puede clausurar. Aunque el invierno parezca eterno y el cielo refleje un espacio profundo y vacío, la vida insiste en romper la corteza de la tierra. Hay una necesidad biológica de recomenzar que el calendario nos recuerda como una verdad inexorable.

Y ahí se apresura caprichosa e inexorable la primavera.

Alguna vez, como alguna vez dijo el poeta, en esa necesidad de vislumbrar la luz que sacude a los ejércitos dormidos: “Que si la tierra maduró en dolores / para que el árbol diera su latido, / vendrán con el coraje de sus flores / los que jamás se dieron por vencidos”.