Batalla de Caseros, punto de inflexión
El 3 de febrero de 1852, la batalla de Caseros puso fin al gobierno de Juan Manuel de Rosas: el Ejército Grande, comandado por Justo José de Urquiza e integrado por fuerzas del Imperio del Brasil, Uruguay, Entre Ríos, Corrientes y exiliados porteños, derrotó al ejército de la provincia de Buenos Aires abriendo una nueva etapa en la organización política del país.
Contexto geopolítico
A lo largo del siglo XIX, la formación del Estado argentino estuvo atravesada por una sucesión de etapas políticas signadas por enfrentamientos armados de distinta intensidad y alcance. La etapa revolucionaria abierta en 1810 ya se encontraba cerrada para 1820, año de la decadencia del Directorio y el afianzamiento de los caudillos en las estatalidades provinciales configuraba un nuevo entramado de poder territorial que condicionaría el proceso de organización estatal durante décadas.
En el largo ciclo de nuestra Guerra Civil, la Batalla de Caseros marca un punto de inflexión inaugurando una etapa transicional hacia la consolidación del país bajo una forma de inserción dependiente en el capitalismo mundial, proceso que encontraría su consagración política definitiva en Pavón. Caseros fue, ante todo, un acto de fuerza mediante el cual los sectores dominantes de Buenos Aires y del Litoral logran imponer su proyecto económico y político frente al orden rosista.
Durante el gobierno de Juan Manuel de Rosas se había asegurado la hegemonía de los grandes terratenientes bonaerenses —y, en menor medida, del Litoral— sobre los comerciantes porteños y las elites provinciales del interior. Esa alianza se sostuvo a partir de la expansión de la frontera productiva, el incremento del stock ganadero y la articulación del mercado interno, combinados con el control de la navegación fluvial y de los ingresos aduaneros. Sin embargo, ese equilibrio de poder comenzó a resquebrajarse en los años previos a Caseros, hasta exponerse abiertamente con el pronunciamiento de Justo José de Urquiza en 1851.
Diversos factores confluyeron en esta ruptura. Por un lado, el avance del capitalismo a escala mundial, con la expansión de los intercambios comerciales y la creciente demanda de materias primas, reforzó las presiones del capital extranjero sobre Buenos Aires. En ese contexto, los grandes terratenientes porteños comenzaron a cuestionar los límites impuestos por Rosas al libre comercio.
Por otro lado, la recuperación de la economía ganadera del Litoral —y especialmente de Entre Ríos— durante la Guerra Grande en la Banda Oriental y los bloqueos anglo-franceses a Buenos Aires convencieron a los estancieros litoraleños las ventajas de liberar el comercio fluvial y ultramarino mediante vínculos directos con Montevideo. En este marco, Urquiza, gobernador entrerriano desde 1841 y figura dominante del Litoral, emergió como el representante de un nuevo bloque de poder dispuesto a disputar la conducción política y económica del país. En este marco, su liderazgo político lo llevaba a reorganizar el modelo económico en confrontación con Rosas. De esta manera, se configuró una confluencia transitoria de intereses entre los terratenientes porteños, los sectores dominantes del Litoral y la joven burguesía comercial de Buenos Aires, históricamente ligada al capital europeo y favorable a profundizar el libre comercio.
En este escenario también intervinieron los intereses externos. Tras el pronunciamiento de Urquiza en 1851, el Imperio del Brasil encontró la oportunidad de intervenir. A cambio de apoyo material a la coalición del Litoral, buscaba garantizar la estabilidad en la Banda Oriental, expulsar a las fuerzas rosistas, asegurar su influencia sobre Río Grande do Sul y concretar un objetivo largamente perseguido: la libre navegación del río Paraná.
De este modo quedaron sentadas las bases de la coalición antirosista. Comprender esta articulación de intereses económicos, políticos y geopolíticos resulta clave para interpretar el sentido estratégico de la batalla de Caseros y su desenlace.
El campo militar
El combate fue breve pero de gran magnitud para la época. Iniciado en las primeras horas de la mañana, concluyó hacia la tarde, movilizando cerca de 50.000 hombres. El ejército de Urquiza contaba con unos 25.000 efectivos —10.000 de infantería, 15.000 de caballería y 45 piezas de artillería—, mientras que las fuerzas rosistas reunían aproximadamente 22.000 soldados, con una composición similar y un mayor número de piezas de artillería.
Los partes de guerra indican que Urquiza dispuso su infantería y la división imperial brasileña en el centro del dispositivo, flanqueadas por grandes divisiones de caballería y apoyadas por artillería distribuida a lo largo del frente y la retaguardia. Rosas, por su parte, ubicó a la izquierda a la infantería de Pedro José Díaz y a la caballería de Hilario Lagos, mientras que desde el centro hacia la derecha concentró la artillería al mando de Martiniano Chilavert, sostenida por batallones de infantería y la caballería dirigida por Ángel Pacheco y Jerónimo Costa.
Urquiza avanzó sobre el arroyo Morón hasta alcanzar la zona del Palomar de Caseros donde logra quebrar el frente derecho rosista, mientras el flanco izquierdo era progresivamente erosionado por las fuerzas comandadas por el gobernador correntino Benjamín Virasoro. El combate se sostuvo hasta que la artillería de Martiniano Chilavert y las tropas de Pedro José Díaz agotaron sus municiones. Para entonces, la suerte estaba echada: el Ejército Grande de Urquiza se había impuesto.
Preguntas a la historia
El resultado de Caseros suele explicarse a partir de la superioridad material, financiera y organizativa del ejército vencedor, o bien mediante la idea de una traición inesperada por parte de Urquiza. Sin embargo, en los días previos al enfrentamiento quedaron en evidencia otros elementos que complejizan esa lectura. Rosas conservaba un respaldo significativo entre los sectores populares, mientras que las fuerzas urquicistas padecían deserciones en su avance hacia Buenos Aires en un clima de notoria indiferencia por parte de la población rural. Cabe preguntarse, entonces, si la incorporación activa de esa base social al combate no hubiera permitido relativizar las desventajas objetivas del ejército rosista.
Pero esa alternativa implicaba un costo político de gran magnitud. Un supuesto llamado a la movilización popular en la campaña, el conflicto ya no se habría limitado al enfrentamiento con el ejército invasor, sino que podía haber derivado en un proceso de desborde y radicalidad social. Ello hubiera puesto en cuestión uno de los legados centrales del rosismo a la futura clase dominante: el control sobre la población indígena y las condiciones que garantizaron el disciplinamiento y la progresiva proletarización del gaucho, asegurando que la tierra no fuera ocupada por fuera del orden establecido. En ese punto se abren interrogantes que atraviesan la interpretación histórica: ¿podía Rosas apoyarse efectivamente en el respaldo del resto de las provincias? ¿Evaluó que ello supondría prolongar un conflicto costoso, con una economía exhausta y sin recursos? ¿Fue esa evaluación la que orientó, en última instancia, sus decisiones políticas y militares?
Caseros debe ser comprendido no sólo como un episodio militar, sino como un escenario donde confluyen transformaciones políticas y sociales internas, cambios en el orden internacional y reacomodamientos estratégicos de los sectores dominantes. Privado del apoyo de su propia clase, Rosas optó por capitular. El abandono no provino únicamente de sus colaboradores políticos más cercanos, sino fundamentalmente del núcleo de los hacendados bonaerenses, que lograron preservar su riqueza y, al mismo tiempo, el factor de estabilidad social heredado del orden rosista. No es un dato menor que Urquiza, y luego Bartolomé Mitre, gobernaran apoyados en familias emblemáticas del viejo régimen federal, como los Anchorena, parientes directos de Rosas y referentes centrales de la llamada “Santa Federación”.
Caseros reconfiguró el mapa político de la futura organización nacional, sin resolver de inmediato tensiones estructurales clave, entre ellas la relación entre Buenos Aires y el Litoral, que continuaría siendo un eje conflictivo del proceso estatal argentino.
