América y África, más cerca que lejos
En una nueva entrega de Historia Nativa, el profesor David Acuña expone algunas líneas de análisis sobre África y América, y las líneas que entrecruzan procesos históricos, políticos y económicos. “Nuestra América, Nuestra África y el resto no occidental del mundo debe realmente pensar si el pleno desarrollo de la vida humana y la naturaleza seguirán siendo posibles dentro de los marcos del sistema global capitalista y su democracias restringidas” afirma.
Nuestra América
A fines del siglo XV las zonas con sociedades más complejas del continente americano eran las del área mesoamericana y de la franja andina del sur. En ellas se desarrollaron los estados imperiales aztecas e incas, sucesores de altas culturas que les precedieron. Estas sociedades estratificadas, con economías de base agraria y pueblos tributarios dependientes, existencia de grandes urbes y con saberes tecnológicos importantes, contrastaban con las de otras zonas del continente con estados evolutivos más elementales y sin la capacidad de generar un excedente productivo que les permitiera sostener algún tipo de organización estatal-administrativa.
La conquista española obturó el desarrollo civilizatorio autónomo de estos pueblos y los incorporó al mercado mundial capitalista en formación, primero conformando una sociedad colonial y luego bajo formas republicanas. Durante trescientos años se fue gestando en términos identitarios la sociedad mestiza que hoy somos y en la cual perviven según la región, con más o menos fuerza, rasgos culturales ancestrales de pueblos originarios, los derivados de la migración europea o de la descendencia africana introducida en la región como mano de obra esclava.
A la fase de revolución e independencia continental le siguió otra signada por la balcanización territorial y las guerras civiles al interior de cada nueva república. En ella el enfrentamiento entre las élites locales se dio por el control del gobierno del Estado, la construcción de mercados nacionales unificados, el control sobre la fuerza de trabajo y la vinculación con el capital extranjero. Hacia fines del siglo XIX, estaban sentadas las bases estructurales para que el desarrollo del modelo extractivo agro-minero fuera común a toda la región hispanoamericana.
Es necesario aclarar, que la ruptura del vínculo colonial entre las antiguas colonias y su metrópoli española no implicó de por sí el desarrollo de entidades políticas del todo soberanas. Desde los primeros pasos como repúblicas independientes, los territorios hispanoamericanos fueron asediados por la intromisión de las potencias occidentales.
La usurpación británica de Malvinas (1833); la invasión francesa a México (1838); la anexión de la mitad del territorio mexicano por parte de los Estados Unidos (1848); el bombardeo a Venezuela por la marina alemana (1903); son tan solo algunos de los cientos de casos que han ocurrido a lo largo de dos siglos por parte las potencias occidentales en disputa por relevar a España en el ejercicio del poder político-económico de nuestro continente.
Desde hace doscientos años Washington ha llevado adelante una política de estado (Doctrina Monroe) con el claro objetivo de controlar nuestros recursos naturales, producción y fuerza de trabajo para abastecer en suministros la demanda de su mercado interno y el desarrollo de su complejo industrial-militar e imperio financiero. De esta manera, Estados Unidos logró desplazar a las naciones europeas (“América para los americanos”) y conformar lo que ha dado en llamar su patio trasero. Obviamente, sólo lo logro (y lo sigue logrando) con la anuencia de las élites locales.
La crisis de 1929 y las dos guerras mundiales brindarán a nuestros países una ventana de tiempo y oportunidad para avanzar en términos de autonomía en las esferas políticas y económicas. Reformas sobre la propiedad de la tierra; apropiación de renta agraria para el fomento de la industria privada y estatal; nacionalización de servicios públicos, energía, finanzas y transporte; proceso de sustitución de importaciones; ampliación del sufragio democrático; institucionalización de derechos ciudadanos; conformación de movimientos de masas en procura de la justicia social; planificación estatal de la economía y revalorización de las relaciones bilaterales con perspectivas antimperialistas por sobre el panamericanismo, son componentes de un clima de época que, con avances y límites, terminan expresando los líderes del primer nacionalismo popular latinoamericano como lo fueron Gualberto Villarroel (Bolivia), Lázaro Cárdenas (México), Juan Perón (Argentina), Getulio Vargas (Brasil), Víctor Raúl Haya de la Torre (Perú), Augusto César Sandino (Nicaragua) o Jorge Eliécer Gaitán Ayala (Colombia). Líderes populares que, desde diferentes lecturas interpretativas, fueron retomados en las décadas del 60, 70 y 80 por movimientos populares en lucha contra las dictadoras impuestas por el Plan Cóndor de la CIA al mismo tiempo que bregaban por una vía autónoma de desarrollo soberano con justicia social como Juan Velazco Alvarado (Perú), Guillermo Rodríguez Lara (Ecuador), Oswaldo López Arellano (Honduras), Fidel Castro (Cuba), Salvador Allende (Chile), Omar Torrijos (Panamá) y Daniel Ortega (Nicaragua), entre otros.
La década del 90 implicó, en términos generales, una ruptura tanto en el ejercicio del intervencionismo estadounidense, como también en las formas en que las luchas populares se expresaron con respecto a la etapa anterior. La restauración democrática en nuestras naciones vino acompañada con una fondomonetarización de las políticas públicas que implicó el abandono de la planificación estatal y de las herramientas de control sobre el mercado de capitales, la venta de activos estatales, el aumento de las desigualdades sociales y el desempleo. Aun así, la resistencia de los pueblos encontró causes propicios para que, hacia el fin de la década, los gobiernos neoliberales cayeran en el desprestigio dando paso a la generación de líderes que darían vida a la UNASUR y el ALBA como espacios de integración quebrando el consenso de Washington y el panamericanismo de la OEA.
Nuestra África
Para los argentinos del 2023, África nos parece algo lejano y exótico. Lo cual, tiene que ver con la construcción ideológica que los dispositivos culturales hegemónicos fueron construyendo en nuestras cabezas reproduciendo un relato en el cual los argentinos somos blancos y bajados de los barcos, una terrible zoncera.
Para las personas del siglo XVIII, XIX y hasta principios del siglo XX, la presencia de rostros africanos en la vida cotidiana era muchísimo más palpable. No solo porque los puertos de Buenos Aires y Montevideo oficiaron de mercados para la compra de esclavos africanos, sino porque con el correr del tiempo esos contingentes de hombres y mujeres se conformaron como parte de la raíz cultural mestiza de la que hicimos referencia al principio de este artículo. Y aún tenemos el tango, la milonga, el candombe, el sincretismo religioso y expresiones idiomáticas para atestiguarlo, como así también personalidades tangibles que hicieron su aporte a nuestras luchas independentistas y por la justicia social, aquí y en todo el continente. Por eso mismo, si hemos adoptado del cubano José Martí el vocablo “nuestroamericano” para referirnos a nuestra tierra y su cultura, bien podríamos hablar de lo “nuestroafricano” para hablar de una las raíces que amalgamó nuestro ser social. Por todo esto, Nuestra África nos importa.
En África, el dominio colonial atravesó dos etapas diferenciadas. La primera de ellas abarca desde el siglo XV hasta el primer tercio del siglo XIX, que se caracterizó por la compraventa de seres humanos para ser llevados a trabajar a territorio americano. En esta etapa la presencia europea se limitaba a las costas, donde los contingentes esclavos eran provistos por organizaciones tribales o pequeños califatos que mantenían aun su autonomía política con respecto al europeo.
A partir de la década de 1830 comenzó la segunda etapa de dominación que consistió en la paulatina penetración europea del continente más allá de sus enclaves costeros con el objetivo de adquirir grandes extensiones de tierras en las cuales asentar población y explotar recursos naturales, especialmente mineros, con mano de obra local prácticamente forzada. En 1884 la Conferencia de Berlín normativiza esta cuestión fijando zonas de influencia, límites territoriales, declara la libre navegabilidad de los ríos más importantes y prohibía la venta de esclavos. Para 1914 prácticamente todo el continente (exceptuando Liberia e Etiopía) está totalmente ocupado por naciones europeas. No obstante, la colonización plena del territorio se efectivizó ya entrado el siglo XX debido a la resistencia africana.
La década siguiente a la finalización de la Segunda Guerra Mundial implicará para África el primer proceso de liberación de independencia que durará hasta 1990 donde Namibia logra liberarse del yugo impuesto por el gobierno supremacista blanco sudafricano (único caso de colonialismo interno de una nación africana sobre otra, pero donde la élite dominante además era descendiente de holandeses y británicos trasplantados a la región).
Pero las noticias que nos llegan sobre África los son, en general, a su extrema pobreza o violencia desatada por los golpes de estado o enfrentamientos civiles, leídos como tribales o étnicos por la prensa occidental. De hecho, desde la década del 60, ningún país de la franja norte subsahariana ha quedado exento de algún golpe de estado (sólo en Sudán ocurrieron 17 de ellos).
Las últimas noticias que nos llegan por las cadenas hegemónicas de comunicación en nuestro país y Continente son los golpes militares con apoyo popular que ocurrieron en los Estados de Níger, Burkina Faso y Mali. Todos ellos, excolonias francesas y hasta hace poco gobernadas por élites que desde la independencia formal siguieron garantizando a los europeos la estructura jurídica que les permitiera seguir llevándose los recursos naturales y ejercer de facto una dominación económica (neocolonialismo). Es que la democracia surgida en la década de los 60 solo fue el ropaje, la real farsa, por la cual se legitimaba la expoliación en beneficio de los grupos económicos transnacionales y una élite política local totalmente corrupta e integrada al gobierno de París.
Cabe preguntarse entonces, si no estamos ante un nuevo despertar de África donde se vienen a retomar aquellas banderas de independencia por las que lucharon Gamal Abdel Nasser (Egipto), Muammar Gadafi (Libia), Patrice Lumumba (Congo), Kwame Nkrumah (Ghana) o Nelson Mandela (Sudáfrica). ¿África no estará comenzando a transitar una nueva etapa de lucha por lograr mayores niveles de autonomía de las naciones occidentales? ¿No estaremos ante un despertar de movimientos populares anticoloniales y antimperialistas que ven en el cambio de etapa geopolítica del mundo una ventana de oportunidad para su reafirmación nacional?
Desde ya hay diferencias en las formas en que las naciones europeas ejercieron su poder sobre los territorios africanos. Y hasta hubo diferencias en las formas en que éstas se retiraron del poder colonial. Basta recordar los ríos de sangre que, bajo tortura, vejaciones y masacres, Francia infringió sobre la población argelina antes de ser expulsada. Cuestiones que no fueron muy diferentes en las ejercidas por Portugal, Inglaterra, Bélgica u otras naciones.
Tal vez sea por estas cuestiones, por el ejercicio del poder fascista europeo sobre los pueblos de África, que muchos de sus regímenes poscoloniales se inclinaron por el marxismo-leninismo, el nacionalismo, el panafricanismo y la incorporación al Movimiento de Países No Alineados como forma de contrabalancear el embate occidental que volvía a reeditarse, esta vez bajo la dirección de los Estados Unidos y la OTAN en el marco de la Guerra Fría.
Los BRICS
Así como el contexto de la crisis capitalista de 1929 y las dos guerras mundiales fueron el marco propicio para que Nuestra América lograra mayores márgenes de independencia, el final de la segunda guerra y la Guerra Fría lo fueron para Nuestra África.
Los BRICS representan al 47% de la población mundial y el 36% de su PIB, lo cual lo vuelve en términos geopolíticos un espacio en el cual poder aguantar el redespliegue del imperialismo estadounidense y su guerrerismo más descontrolado. Con esto no nos estamos refiriendo a que América, África, o particularmente la Argentina tengan que alinear su política exterior a las de Rusia o China, por señalar a las potencias de este bloque. Sino, a que justamente el surgimiento de los BRICS nos permite pensar alternativas al imperialismo occidental que venimos sufriendo desde hace doscientos años.
Tampoco los BRICS implican una especie de redición de los No Alineados, ya que a diferencia de la etapa anterior los antagonismos mundiales han dejado de lado su componenda ideológica, pues lo que se está disputando en la actualidad es el acceso a los recursos que permitirán en las próximas décadas que la humanidad pueda o no desarrollarse y si esto va a ser bajo la égida del capital transnacional reaccionario o si el Estado Nacional planificador puede seguir teniendo algo que decir al respecto.
De esta manera, lo que alguna vez se denominó como Tercer Mundo, podría volver a pensar nuevas y creativas formas por las cuales tejer estrategias que nos lleven a una nueva fase de la lucha por nuestra independencia. Posiblemente no sea la definitiva, pero si no se avanza hacia a un mejor estadio organizativo comunitario y de justicia social, es probablemente que luego no tengamos ninguna otra y seamos meras zonas de reserva con las cuales el capital occidental se siga nutriendo. Nuestra América, Nuestra África y el resto no occidental del mundo debe realmente pensar si el pleno desarrollo de la vida humana y la naturaleza seguirán siendo posibles dentro de los marcos del sistema global capitalista y su democracias restringidas.