¿Cómo hacer un país grande sobre una cloaca moral?
El 3 de julio de 1988, el vuelo 655 de Iran Air despegó de Bandar Abbas con destino a Dubái. Era un Airbus con 290 pasajeros a bordo, 66 de ellos niños. Volaba dentro de un corredor aéreo civil, en el horario publicado, emitiendo el habitual código de aeronave comercial. Siete minutos después, dos misiles lanzados desde uno de los buques de defensa aérea más avanzados del mundo, el USS Vincennes, lo derribó sobre las aguas del estrecho de Ormuz. No hubo sobrevivientes.
Washington dijo que había sido un error. La tripulación (expertos militares) había confundido un avión de pasajeros de cincuenta metros con un pequeño caza F-14 construido en Estados Unidos. Semanas más tarde, el vicepresidente George H. Bush, en plena campaña electoral, resumió la filosofía de su país mejor que cualquier libro de historia: nunca pediría disculpas en nombre de Estados Unidos, no importaba cuáles fuesen los hechos. Ganó las elecciones.
Como no podía ser de otra forma, en 1990 el capitán del Vincennes, William Rogers, recibió la Legión al Mérito por su servicio. Recién en 1996, para cerrar una demanda ante la Corte Internacional de Justicia, Washington pagó unos 62 millones de dólares a las familias de las víctimas. Lo hizo sin admitir responsabilidad alguna. El argumento de que el USS Vincennes había advertido al capitán del Airbus comercial no funcionó: la advertencia fue realizada en una frecuencia de radio militar, como los decretos que los colonos le leían a los nativos en un idioma que no entendían.
El 28 de febrero de 2026, en las primeras horas de lo que el Pentágono bautizó como si se tratase de un videojuegos, Operación Furia Épica, un misil Tomahawk cayó sobre la escuela primaria Shajareh Tayebeh de Minab, a 80 kilómetros del mismo estrecho de Ormuz. Era el turno de la mañana y 170 alumnos estaban en clase. Cuando los vecinos y algunos padres corrieron a sacar a los niños de entre los escombros, llegó el segundo impacto. 175 personas murieron; 120 niñas y niños, la mayoría de entre siete y once años. En las academias militares, ese recurso para sumar muertos se llama double tap, doble toque. Fue usado en 2019, en el bombardeo al mercado de Baghuz, Siria, que mató 70 civiles y que el “comando especial” ocultó hasta que el coronel Dean Korsak lo filtró.
La primera reacción de Washington ante la matanza de niños en Minab fue la de siempre: negar. El presidente Trump insinuó que había sido Irán, aunque Irán no tiene misiles Tomahawk. Luego, cuando los videos geolocalizados y las imágenes satelitales hicieron insostenible la mentira, apareció la segunda palabra del manual: error. El propio Pentágono concluyó que el Comando Central había fijado las coordenadas con datos viejos de la Agencia de Inteligencia de Defensa. El edificio había formado parte de una base de la Guardia Revolucionaria, pero en 2016 se había convertido en una escuela primaria. Según fuentes citadas por CNN, el propio sistema de selección de blancos advirtió varias veces que esa información debía revisarse. Las advertencias fueron ignoradas por conveniencia. Había prisa.
Cualquier persona en el mundo, con un teléfono y Google Maps, puede ver la escuela Shajareh Tayebeh. Puede ver el patio donde jugaban las niñas, los hospitales cercanos, los pequeños comercios del barrio, cada uno marcado y anunciado con su nombre. Un niño de diez años en Bogotá o en Atlanta podría haber hecho la verificación que el ejército más caro de la historia no hizo. El ejército capaz de leer la matrícula de un auto desde el espacio no pudo leer el cartel de una escuela que iba a bombardear.
¿Un lamentable error? ¿Error? ¿Lamentable? Lo que ocurre siempre en la misma dirección tiene otro nombre: Apartheid Global. Los errores de Occidente nunca caen sobre un colegio de Tel Aviv ni sobre una mezquita de Kuwait. Caen sobre el refugio de Amiriyah, en Bagdad, donde en 1991 murieron más de 400 civiles que dormían en lo que Washington confundió con un comando. Caen sobre la embajada china en Belgrado, bombardeada en 1999 por culpa, otra vez, de un mapa desactualizado. Caen en Qaná, un refugio de la ONU en el Líbano, como en 1996, cuando la Israel bombardeó y mató a 106 personas, muchas de ellas niños. Tel Aviv dijo que había sido un error. Se volvió a equivocar en 2006 cuando bombardeó la misma ciudad, matando a casi un centenar más de refugiados. Cayeron de nuevo, también por error, en Sanaá, Yemen, en 2016, cuando Arabia Saudita bombardeó un funeral, matando a más de 140 personas con bombas guiadas GBU-12 de fabricación estadounidense…
Ocho meses después de la matanza de 2026 en la escuela de Minab, la investigación completa sigue guardada en algún cajón. En septiembre, una misión independiente de las Naciones Unidas concluyó que el ataque había sido un crimen de guerra, y que la falta de verificación había ido más allá de la simple negligencia. ¿Alguna compensación? ¿Alguna disculpa? Ni una cosa ni la otra, sino más bombas y más amenazas. Bush lo había dicho con brutal cinismo hace casi cuarenta años: no importa cuáles sean los hechos.
Los hechos nunca fueron el problema. El problema es el valor. No el valor moral, que en los discursos oficiales siempre es infinito, sino el valor real, el que se mide en contratos y en la bolsa de valores. Cada Tomahawk cuesta dos millones de dólares. Cada misil disparado es un misil que habrá que reponer y cada orden de compra son miles de millones en beneficios. La guerra no es una falla del mercado. Es uno de sus productos más rentables. Para los psicópatas y multimillonarios dueños del mundo, la vida humana no es un valor sino una variable de ajuste. 120 niños muertos en un país lejano no figuran en ningún balance trimestral. Son un “gasto operativo”.
Pero ningún sistema dominante se sostiene sin la complicidad pasiva de los de abajo, sin la complacencia, la cobardía o la indiferencia de los “pro-vida”. Mientras en Minab se cavaban pequeñas fosas, en las democracias del norte la indignación encontró su verdadero objeto: el precio de la gasolina. Los mismos fariseos que celebraron la guerra en las redes sociales se quejaron, semanas después, de que llenar el tanque costaba más. 120 niños muertos para iniciar otra guerra innecesaria no les provocó ninguna emoción más que la justificación y el amor propio. Es la vieja lógica colonial actualizada al consumo: el dolor ajeno no es real porque no duele; unos centavos más por galón de combustible es una tragedia nacional.
La historia de los imperios está hecha de estos errores sistemáticos, de disculpas que nunca llegan, de medallas que premian el terror y el horror. El capitán del Vincennes nunca fue juzgado. Los oficiales que fijaron las coordenadas de Minab tampoco lo serán. Pensar en alguna forma de grandeza de algún país en una cloaca moral es una broma de mal gusto, pero funciona perfectamente en el circo electoral.